December 10, 2009
on Bartók
Corto, lento. No tan cercano. Inmenso. Lentamente, es decir, de tanto en tanto. Tres luces en fila, una superior definiendo la fachada del edificio, las inferiores ocultando más de lo que muestran. El cielo, nunca del mismo color, perfilando lo que falta del edificio. La ventana –quizás un laboratorio– que permanece con la luz encendida, incluso ahora, a la 1:07 a.m. Vive más que yo; cuando yo me vaya, seguirá ahí.
***
Siempre me ha costado comprender el papel que tienen los demás en mi vida, en mi pensamiento; los demás inmediatos, cercanos. Yo vivo, como alguien decía hoy del arte, de la decepción. Expectativas, planes perfectamente detallados que incluyen movimientos, focos de luz y una banda sonora que se comporta como alguien más, determinan a la perfección el recorrido de mis decepciones, acciones ligeras a mi alrededor que se empeñan en caer desordenadas por fuera de los límites que había previsto, con tal sevicia que imagino algún objetivo más importante que el de desilusionarme.
***
Y voy a tener que escribir un par de cosas más sólo para borrar el olor de lo anterior. ¿Qué, ahora? ¿Quizás escribir algo sobre cómo he dejado de comprender la música como algo que descansa en el tiempo para sentirla como una ocupación del espacio? –y sorprenderme por haber podido formular esto, finalmente–. Podría intentar perseguir esta idea por unas cuantas líneas. Giro espacial musical. (El minimalismo, por supuesto, está en casa aquí). Es prolífico, no hace muchas distinciones entre estilos, entre subjetividad y objetividad, percepción y posición. Incluso elimina la diferencia entre música grabada y música en vivo. La música ocupa el espacio, y depende del espacio, las vibraciones recorren los rincones y las reverberaciones, cada vez diferentes, realizan la música cada vez que se ejecuta una pieza. Armónicos, simpatía, distensión. También entendemos el espacio con sonidos –argumento deleuziano, también, o primero, ocurre en los animales–, y nos comportamos en el espacio según el sonido que lo sature. Bartók, densidades de saturación, ocupaciones. Y es que el tiempo es demasiado efímero, –muy metafísico– para soportar la música y soportar además una filosofía sobre la música. Ni siquiera soporta su propia filosofía. Vertical-horizontal, ascender-descender, el lenguaje descriptivo que usa el análisis tradicional está compuesto primero por metáforas hechas a la ligera, pero que responden a esa intuición inicial. Por supuesto, no son precisas: se refieren a la representación de los sonidos en el pentagrama, y el segundo par implica una idea de avance temporal. Representar, antes de oir. Un acorde no es vertical más que para quien lo deletrea, pero para todos los demás es –depende de cómo se toque–, una saturación uniforme del espacio, el sonido que se extiende uniforme en todas las direcciones, sin dejar agujeros. Una melodía, esta vez más cercano a su representación, es un movimiento dirigido. Las variaciones de ‘altura’ (y será necesario escribir esto en comillas para indicar que no corresponde a una referencia al espacio real sino al de su representación) hablan más de la densidad de ese movimiento que de su altura efectiva en el espacio. Así sería posible continuar describiendo cada comportamiento de la música y clasificar su espacialidad. Pero retornar al mapa será volver a introducir la representación. El mapa no equivale al territorio, la partitura no equivale a la ocupación que el sonido hace del espacio. Habría que inventar un metodo para medir la densidad del sonido en cada momento particular, calcular sus grados de libertad, especificar sus comportamientos. Por ahora esto es una intuición, y es mejor seguir escuchando.
sonida: Finale, Concierto para orquesta, Bela Bartók.
December 5, 2009
flange
para que algo se detenga, tiene que existir un pasado, que resulte otro ahora. Para que yo pueda volver a escribir tengo que olvidar que me había olvidado de hacerlo. Tengo que pensar que no es lo mismo escribir que escribir. Tengo que dejarlo de lado, y escribir. No es cuestión de arrepentirse, la culpa es para los cristianos, sólo tengo que abrir una ventana nueva y tipear. Mi pantalón tiene manchas de aceite del pavo de hace una semana, aunque ya lo metí a la lavadora. El café está frío. Leo a DeLanda como si fuera un amigo, luego como si yo fuera otro y pudiera entenderlo, y luego me alegro de no creer en Deleuze, aunque no pueda pensar de otra forma. Tiendo mi cama, porque nadie me va a enseñar de qué se trata el drama, pero siempre lo he hecho. Y hoy es sábado y me despierto y leo en la cama los diarios de Anaïs Nin y luego hago lo que hay que hacer después de leerla y luego me siento a escribir, como si fuera normal, como si fuera lo de siempre. Como si mi cabeza estuviera despejada y todos los desórdenes de los que soy consciente a diario pudieran quedar de lado. Tengo hambre, pero eso también lo puedo solucionar esta mañana de sábado. Leer, como siempre lo he hecho, pero como si fuera nuevo. Poner cada disco, limpiarlo como si fuera la primera vez, oir cada nota y de repente hay que darle la vuelta y no me di cuenta cuándo pasó todo. Mi temporalidad se reduce a lapsos de tres minutos o menos, imposible concentrarme durante espacios más prolongados. Esos tres minutos duran, los habito y puedo discernir cada variación que hay en su interior. Cuando miro el reloj, no ha ocurrido nada. Como para el Perseguidor, no puedo creer que todo eso quepa sólo en tres minutos, de una estación a otra, de mirar el reloj a volverlo a mirar y ya he pasado cuatro páginas. Pero, tras dos horas, sólo he leído ocho. Porque no soy un místico, ni un sabio. Voy a tientas en el tiempo, dando tumbos y tropezando contra mis propias paredes. Tengo un reloj binario que utilizo para olvidarme de la idea de que el tiempo es un número o una manecilla que gira sobre un plano de una geometría que no comprendo. El reloj binario funciona con luces cuya combinación entre encendidas y apagadas expresan un instante que es particular. Tiempo discreto, de luces verdes. Quien me oyera tan deleuziano. He vuelto a escribir, y no he escrito nada todavía. Sólo es cuestión de abrir una nueva ventana.
sonida: Porcelina of the vast oceans, Smashing Pumpkins.
November 19, 2009
Big Ideas: Don’t get any – Radiohead cover by James Houston
November 18, 2009
arena (palabras)
“el hombre es un modo de ser tal que en él se funda esta dimensión siempre abierta, jamás delimitada de una vez por todas, sino indefinidamente recorrida, que va desde una parte de sí mismo que no reflexiona en un cogito al acto de pensar por medio del cual la recobra; y que, a la inversa, va de esta pura aprehensión a la obstrucción empírica, al amontonamiento desordenado de los contenidos, al desplome de las experiencias que escapan a ellas mismas, a todo el horizonte silencioso de lo que se da en la extensión arenosa de lo no pensado. (…) Cómo puede ser [el hombre] el sujeto de un lenguaje que desde hace millares de años se ha formado sin él, cuyo sistema se el escapa, cuyo sentido duerme un sueño casi invencible en las palabras que hace centellear un instante por su discurso y en el interior del cual está constreñido, desde el principio del juego, a alojar su palabra y su pensamiento, como si éstos no hicieran más que animar por algún tiempo un segmento sobre esta trama de posibilidades innumerables? (314)
Las palabras y las cosas. Michel Foucault.
sonida: canción, autor.
November 9, 2009
[tan efímero que no alcanza a soportar el peso de un título]
estas son las cosas que te obligan a escribir. Nada fuera de lo común, nada que sacuda tan radicalmente el espacio de tranquilidad en el que te escondes, pues ya no podrías decir nada –y no hay que especular sobre la posibilidad de que ocurra lo contrario, dado el agujero oscuro del que has salido hace no tanto como para mirarlo desde lejos–, nada que puedas simplemente describir y señalar, nada que no quede reducido a la tristeza de su insignificancia en cualquier intento leve, en cualquier frase breve, en cualquier acumulación sucesiva de palabras que se olvidan y se olvidan, porque sólo es necesario que haya un momento en el que todo esté moviéndose en todas direcciones y que tú –o algo en tí, alguien ahí, que escribe–, detengas todo un instante, que rompas ese tejido uniforme con un corte preciso –preciso como móvil, como distendido, como siempre en la posibilidad de ser otro o de nunca haber estado ahí en primer lugar–, un corte que puede hacerse entender en la pobreza del instante en el que, tras haberte esforzado por recolectar tantas letras, por componer con ellas una oración, organizando cada palabra de manera que la siguiente esté prefigurada y sin embargo su aparición nunca sea redundante, de tal manera que siempre haya espacio para una más, y obtener de todo eso una frase en la que esa tristeza alcanza a quedar insinuada, expresada, quizás no más que por la vía negativa de eso que nunca podrás decir del todo no porque no haya palabras sino porque puedes seguirlas encadenando una tras otra y así más y más perder lo que había al principio que era quizás más una mirada o un apretón en el hombro o el gesto rompemundos-congelainstantes de bajar la cabeza para evitar una palabra que pasa volando por tu lado se estrelle con to boca que está así mismo ocupada en construir y lanzar otras palabras, quizás con una densidad diferentes, que no harían daño si se estrellaran, si encontraran algo –alguien– en donde estrellarse, pero claro, eso es lo que falta, eso es lo que te movió a escribir en primer lugar. Ah.
sonida: ara, The sound of Lucrecia.
October 8, 2009
Speaking Piano
October 3, 2009
Egg geography
he pasado la tarde fascinado con la fragilidad con la que la historia de The Great Gatsby reposa sobre la geografía en la que se desarrolla, según unas condiciones precisas en las que cualquier variación de espacio o tiempo romperían su realidad. Todo se centra en este fragmento, al final del libro:
And as I sat there, brooding on the old unknown world, I thought of Gatsby’s wonder when he first picked out the green light at the end of Daisy’s dock. He had come a long way to this blue lawn and his dream must have seemed so close that he could hardly fail to grasp it. He did not know that it was already behind him, somewhere back in that vast obscurity beyond the city, where the dark fields of the republic rolled under the night.
Una geografía que sustituye el nombre de dos lugares que efectivamente existen, dos extrañas penínsulas que deben ser una fuente de confusión perpetua para las gaviotas que las sobrevuelan. Huevos, una bahía en medio, que condensa ese instante en el que los sueños, a punto de ser atrapados, desaparecen en la oscuridad. Huevos cuyas realidades se extienden en direcciones contrarias, movidas por la fuerza de dineros por siempre diferentes, de deseos que nunca se podrán identificar. Una luz desde siempre fuera de su alcance.

Justo en ese punto en el que el Northern Boulevard gira hacia el este, el mundo se impone como lo que siempre ha sido y expresa su negativa a dejarse transformar por el deseo. El mundo y los hombres no siguen el mismo curso. Pero lo que me fascina no es sólo una disposición particular de tierra, sino los efectos que sobre ella tienen los nombres ficticios que les da Fitzgerald. Porque la historia de Gatsby ocurre en ese lugar efectivo, en el Long Island Sound (formación geológica cuya definición también me sorprende, acompañado del hecho de que no puedo encontrar una traducción precisa para Sound. De Wikipedia:
In geography a sound or seaway is a large sea or ocean inlet larger than a bay, deeper than a bight, wider than a fjord.
La capa que recubre este lugar, con el nombre de East y West Egg, crea el plano de consistencia que da a la historia su frágil intemporalidad. Toda la realidad permanece bajo esa capa, que conserva para cada lugar todas las connotaciones que sirven de base a la novela, la historia de la tierra, del dinero que la recubre, tierra y nobleza americana. Y todavía esa tierra permanece como entonces, quizás más enriquecida, aislada, envuelta en el aroma de su whiskey añejo, historia de su historia. Pero la historia de Gatsby ya no está ahí, ya no ocurre; el mismo lugar ya no es el mismo. No es el tiempo lo que ha cambiado, es el nombre. Porque todos los lugares de la historia permanecen: el puente de Queensboro todavía le da al visitante la mirada de la ciudad vista por primera vez, la primera promesa loca de todo el misterio y la belleza del mundo; Central Park todavía puede ser recorrido, a pie o en carruajes, pero ningún Tom se aparecerá por ahí con su peculiar manera de caminar (y por eso su culpa y su libertad permanecerán unidas para siempre). Los nombres de East y West Egg, sin embargo, nunca han existido más que como un recubrimiento, el disfraz que las palabras usan para preservar la identidad de los implicados, que los libra de una vergüenza temporal para exponerlos a la ignominia eterna de su pura exterioridad. La historia de Jay Gatsby no es universal, no ocurre nunca más que en ese preciso momento y en ese preciso lugar, aunque exponga al modelo americano del self-made man en su desnudez y su inutilidad efectiva, aunque su palacio y su jardín, donde la champaña es navegable, permanezcan en cada uno de los Estates de Kings Point y, aunque ahora haya una calle llamada Gatsby Ln. Y al final, el guía que nos ha llevado por cada uno de estos lugares sin memoria nos entrega un archivo más, que confirma cada palabra que hemos escrito:
Published: March 7, 2008
Homicide detectives are investigating the death of the owner of a fabled Gatsby-era estate on Long Island’s Gold Coast that has been the center of a decades-long family feud, the Nassau County police said on Thursday.
The owner, F. John Handler, 57, was found unresponsive on the grounds by his home in Kings Point on Wednesday night, the police said. He was taken to North Shore University Hospital in Manhasset, where he was pronounced dead.
Though Mr. Handler’s body showed visible injuries, investigators said, there was no immediate determination of whether they were a factor in the death, or whether they were accidental or intentional. They would not elaborate on the type of injuries. The Nassau medical examiner plans an autopsy. Mr. Handler had suffered health problems, including cancer and a nearly fatal episode of toxic sepsis last year.
His home is one of nine houses on the cliff-top estate called the Point, at the tip of Great Neck. The estate, thought by some to be an inspiration for the fictional home of “The Great Gatsby,” commands a panoramic vista of Long Island Sound and the distant New York City skyline.
For years, Mr. Handler and his relatives have fought over control of the 21-acre property. It was purchased in 1950 by a high-powered labor arbitrator named Herman Brickman, who organized it into a family cooperative with a greenhouse, formal gardens, a vineyard, stables, a tennis court, farm animals and a dock.
The squabbling began in the 1980s, after Mr. Brickman died. At first, his daughter, Marjorie Brickman Kern, sided with Mr. Handler, her son by a previous marriage. They won control of the Point over her two brothers and another son from the previous marriage, Russell H. Handler, 58.
But last year, Mrs. Kern had a falling out with John. She and Russell filed legal papers accusing John of tricking her out of her share of the property, worth millions of dollars. She complained that he had left her in the deteriorating mansion without funds.
John Handler adamantly denied the complaints from his mother and brother. In a telephone interview from his mother’s house on the estate on Thursday, Russell Handler said the litigation was still pending.
Russell Handler, who visits often from Maine to look after his 81-year-old mother, said he learned of his brother’s death when the police knocked on the door around midnight. Though Russell remains bitter about his brother’s actions, he said of the death: “It’s a terrible thing. I can’t imagine what happened.”
On Thursday, the compound, on a private road off Gatsby Lane, was filled with emergency vehicles, floodlights and police dogs, while police and news helicopters flew overhead. A visitor said the property resembled an armed camp.
sonida: Physical fascination, Roxette.
August 19, 2009
Consolación a Marcia – Lucio Anneo Séneca (AMR)
XI. Y en último caso, ¿por qué olvidas tanto tu condición como la general? Nacida mortal, has concebido mortales: ser corruptible y perecedero, sujeto a tantos accidentes y enfermedades, ¿esperabas que tu frágil materia engendrase la fuerza y la inmortalidad? Tu hijo ha muerto, es decir, ha llegado al término a que caminan todas las cosas, en tu opinión más dichosas que el fruto de tus entrañas. Allí se encamina con paso igual toda esa multitud que ves pleitear en el foro, sentarse en los teatros y orar en los templos. Y los que adoras y los que desprecias, no serán más que una misma ceniza. Este manda aquella voz que se atribuye al oráculo pythiano: Conócete. ¿Qué es el hombre? Vaso quebrantado, cosa frágil. No se necesita terrible tempestad, una ola basta para destruirlo; al primer choque quedará deshecho. ¿Qué es el hombre? Un cuerpo endeble, débil, desnudo, sin defensa natural, que mendiga el auxilio ajeno, blanco de todos los ultrajes de la naturaleza; que, a pesar de los esfuerzos de sus brazos, es pasto de la primera fiera, es víctima de cualquier enemigo; formado de materia blanda y fluida, que solamente tiene brillantez en el exterior; indefenso contra el frío, el calor, la fatiga, y en quien la inercia engendra la corrupción; temiendo a sus alimentos, cuya falta o exceso le matan; de ansiosa y aflictiva conservación, aliento precario, que no puede resistir, que se ahoga por repentino pavor o por inesperado ruido que hiere sus oídos; en fin, que para alimentarse, se destruye, se devora a sí mismo. ¿Podrá extrañarnos la muerte de un hombre cuando todos necesariamente han de morir? ¿Acaso se necesita mucho para destruirlo? Un olor, un sabor, el cansancio, la vigilia, los humores, la comida, todo lo que necesita para vivir, le es mortal. Cualquier movimiento le revela en seguida su debilidad: no puede soportar todos los climas; un cambio de aguas, un soplo desacostumbrado del aire, la cosa más pequeña basta para que enferme; ser de barro y corrupción, entra llorando en la vida, y sin embargo, ¿cuánto tumulto promueve este despreciable animal? ¿a cuántos ambiciosos pensamientos no le impulsa el olvido de su condición? Lo inmortal e infinito ocupan su mente, ordena el porvenir de sus nietos y biznietos, y en medio de sus proyectos para la eternidad, le hiere la muerte, siendo carrera de muy pocos años lo que se llama vejez.
sonida: misa en B, Johann Sebastian Bach.
when the robots win we’ll have to listen to techno (or Autechre)