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__(), originalmente cargada por .postbop.
El problema es siempre el mismo. No hay un problema, hay problemas.Y la escritura tras todo eso. Hypomnemata. El mundo como colección de lo que necesito para comprender el mundo. [...]
la explosividad contenida y siempre devastadora de las mañanas. El tiempo inexorable (que es ya no decir nada); choques de temperatura y el mundo que arremete por la ventana. Todo lo que aún resuena de ayer, todo lo que queda inconcluso, todo lo que hoy-tiene-que-ser. Todo eso, increíble, no cabe en una sola taza de café, lo has aprendido a la fuerza. Debes olvidar tus certezas con un poco de música, mirar el reloj, escribir unas palabras que retumbarán de nuevo en tu cabeza, aunque sea para callar esas otras palabras de anoche que aún se agitan. Leer el cielo. Leer los minutos y sentir el tiempo, en cada trago de café. No podrías retratarlo todo aunque quisieras, una obra total de la mañana, completa con flautas que imitan los pajaritos (transcripción cortesía de Messiaen); la mañana sólo existe como unidad en lo que se perfila, nunca en lo que puedas llegar a poseer realmente. No hay otra cosa. Todo marcha, muchas dimensiones, distribución espacial de la experiencia; el sonido se expande por el cuarto, te mueves en sincronía, de forma calmada y coordinada. Piezas cortas, con forma de pera quizás, intentos sencillos que intentan atrapar al mundo de un solo movimiento, como los 9 minutos de la sinfonía de Webern, una totalidad diferente, un espectro, una superficie deslumbradoramente cristalina que se empaña cuando te acercas, en la mañana, con tu taza de café.
sonida: sinfonía op. 21, Anton Webern.
es algo entre los amigos. Fotos, o saberlos tan olvidadizos y arrojados como tú. El perdón al que estás obligado porque sabes que hubieras hecho lo mismo. O el perdón que les das ahora, aún sabiendo que nunca lo leerán aquí, o tu pena inmensa por haber arruinado esa noche. Llegas a escribir, después de haberlo olvidado. ¡Olvidaste escribir! Bueno, todo depende de eso, todo reposa sobre las letras, esas mismas que te repulsan, a las que tratas de acercarte siempre por los lados, siempre en la transversalidad indetectable, tal vez para que te acepten una vez estés adentro, tal vez para hacerla volar en mil pedazos (y a ti mismo con ella, porque no eres más que letras). Como el olor a espárragos que ahora está en todo tu apartamento, como la ventana al frente, como el escritorio amplio y despejado, los libros al frente, el café caliente, la noche fría y la cara un poco quemada por el sol de la tarde. Sí, ha sido un buen día. Un domingo. Un buen domingo. Un buen domingo significa: hice cosas agradables, tranquilas, divertidas y especiales durante el día, suficientes para que ahora, a las 8:00, no tengo remordimientos y puedo sentarme en mi escritorio ordenado, en mi cuarto limpio, en mi apartamento agradable, a escribir unas notas, trabajar e irme a dormir. Veo la noche nueva con mis nuevas gafas, veo otras cosas. El domingo pasa desapercibido, el sol ayuda, el sol que nunca es idéntico a sí mismo, el sol que te dirige, el sol que coordinas. O que te controla. En realidad, todo es idéntico a sí mismo menos tú, sólo tú eres el que hace y percibe cambios en un mundo que es el mismo siempre. Tú eres devenir. Ya casi es marzo, la primavera. Aquí siempre es otoño, tu chaqueta nueva, tu bufanda, botas y sombrilla lo atestiguan. Los domingos de sol, vino y lectura en el jardín sólo significan que nada está bajo tu control, que pase lo que pase, estarás arrojado a los días. Vamos por una ontología, una teleología, que nunca es la que esperabas. Vamos por lo mismo, sujetos, causas y fines, sustancias y accidentes, la potencia de lo virtual, symbebekos e hypokeimenon, (vov), y todo lo demás. Todo para entender algo. Sin figuras retóricas, pura escritura, pura realidad. [Y las palabras, que nunca se controlan, que escapan de tu boca, la coprolalia, vergüenza pura, arrojado]
sonida: L’apologie, Benjamin Biolay & Chiara Mastroiani.
la lectura y el silencio. La distancia, los paseos y el olvido. La espera. O perder el tiempo. O hablar, toda la tarde, buscando el silencio, buscando la forma de decir el silencio. Y luego el silencio ahí, al frente tuyo, mirándote con ojos tan poderosos que no puedes callar. O conoces el silencio o lo padeces. Hay algo ahí, después del último aforismo del tractatus, eso que se esconde detrás de cada párrafo de las investigaciones, ¿por qué L.W fue el que más se acercó a eso, si ni siquiera lo buscaba? ¿fue por su “genialidad”, contraída durante la guerra, o expandida, diseminada en barcos y largas caminatas en Noruega? Ya quisiera yo ser un genio y poder ir de vacaciones a Noruega, luego a la guerra, y volver con un libro que pusiera fin a la filosofía. Yo sólo quiero poder mirarla a los ojos y soportar el silencio y habitar el silencio y sabernos ahí y Cage y Feldman y Donald Judd y Blanchot y esas cosas.
sonida: (Silence goes a little something like:
this). Andrés Gualdrón
[encontrado en mi carpeta de documentos, con fecha del 26 de septiembre de 2008. No me acuerdo bien de ese día, pero sí de la idea.] {update: completado por @Rainoverlima de filmX}
la máquina de hacer capucchino que hay en JSB nunca deja de hacer vapor. En una noche de fin de semana se usa poco–aquí, como en todas partes, el ron y la cerveza fluyen más por la noche que el café–pero siempre está ahí, respirando. El silbido átono, regular, imperturbable, domina el ambiente y se mezcla, como puede, con la música que suena. Desde el jazz que empieza a sonar temprano en la tarde, ya sea que desemboque en una noche tranquila con bossa nova o en una descarga imparable de latin jazz–siempre según la gente que esté en las mesas esa noche–o que esté todo tan pesado que lo único por hacer sea deslizarse por la escala blues, dejar de pensar, ser un desconocido entre desconocido, ese silbido, como un drone, satura de tal modo la música que, nueva o conocida, es única en JSB. El apéndice por donde sale ese vapor eterno, pese a eso, siempre está cubierto con una placa blanca, años y años de uso, que los baristas expertos rechazarían sin pensarlo; esta máquina, que lleva aquí más tiempo que las paredes, que los discos y fotos que las cubren, que los personajes, quienes también hacen parte del inventario, que comentan sin descanso los discos y las fotos que cubren las paredes, esta máquina única y eterna impone sus propias reglas, y su café le da la autoridad que luego pueda necesitar. Improbable es la única palabra que recoge el sentido de lo que ocurre cada noche, cuando esa atmósfera húmeda y anisada de la ciudad adquiere consistencia suficiente; cambios de presión imperceptibles, intrazables, hacen que, ahí adentro, quizás activado por el flujo de vapor que sale del sucio apéndice en la parte de atrás de la barra, se condense una atmósfera
…donde las discusiones se llevan sensaciones como ese sonido del saxofón cruzado con la acerada mirada del músico. Una franja entre la blanca placa y lo que marca el ritmo. Una franja de tiempo y nebulosa. Todo es música, el silbido de la máquina, los pasos nerviosos de las muchachas que sonríen entre el humo y las miradas de sus acompañantes.
El músico espera.
sonida: I’m so tired, The Beatles.
la pregunta nunca ha sido formulada. Pocas veces he pasado siquiera de enunciar uno o dos componentes. Me pierdo. A veces, al leer descubro que esa pregunta no es mía, aunque me concierte enteramente. Pero así como comparto mi pregunta, olvido mi inquietud. Se desdibuja en formulaciones más eruditas, que incluyen sistemas, etapas y esencias (nada desechable pero ahora imposibles de conservar) y desaparezco. Tanto se desplaza la pregunta que extraño el pensamiento.
Hoy la pregunta no se refiere a mí, pero pasa por mí. Por los otros. ¿Qué hay de mí en otros, cuando preguntan mi nombre, cuando soy alguien, cuando terminan de escribir y al enviar yo soy el destinatario, resumido, reunido, planteado y esperado. O cuando, muy temprano, golpean en mi puerta? ¿Quién soy yo cuando me odian? Después de ser yo, por completo, en uno o dos instantes, es imposible reconocerme en otro. Después de una o dos palabras, es imposible reconocerme como yo. Una palmada en la espalda, que resignifica en un instante el mundo, dos o tres giros en un centro único, vuelve a ser mía tras una mirada atrás, desplazamiento infinitesimal. Y de nuevo, se diluye, en palabras que intentaban demarcar el territorio. ¿Son mis enemigas? La pregunta, cruda: ¿quién soy para los que están a mi alrededor?
sonida: dancing behind my eyelids, Múm.
No entiendo el tiempo. No entiendo las palabras. No entiendo el pensamiento, ni lo que (se) trae, ni las palabras o cualquier tipo de manifestación de actividad cerebral/espiritual. No entiendo el arte, no entiendo la música, no entiendo los libros y s unidad y su diversidad o su permanencia o su desintegración permanente. No entiendo la utilidad y no entiendo la explosión sistemática del placer, o el deseo, o la voluntad, o cualquiera de las formas de hablar acerca de la substancia. No entiendo la comida. Sobra decir que no entiendo la substancia, ni la filosofía, ni lo que (se) trae la dialéctica, con su método, preciso, infalible, de clasificarlo todo. No entiendo a Hegel ni a Kant ni a Sócrates. (A ellos no los entiendo en el sentido de ¿qué se traen?) Bueno, tampoco entiendo a Spinoza o a Nietzsche o a los estoicos. No entiendo las palabras no entiendo las palabras no entiendo las palabras no entiendo las palabras.

No entiendo cómo lo hacen. No entiendo el sonido, no entiendo de qué está hecho y por qué hace lo que hace. ¿Qué hace? Rompe el silencio. (Sobra decir que tampoco entiendo el silencio.) No sé a cual de las dos incomprensiones estoy más atado, al silencio o al sonido, o al ruido. No entiendo, y quizás esta es la incomprensión más grande y prolífica que padezco, la diferencia entre el ruido y el sonido. Creo que esa incomprensión la comparten algunos compositores, porque se empeñan en hacer obras con esos objetos extraños que son las triadas, a organizarlas en progresiones y a hablar de ellas en términos de funciones. (No, no entiendo la tonalidad.)
¿Desconfío de lo que no entiendo? Claro que no. Me regocijo en ello. Lo disfruto como un chancho disfruta en su charco de porquería. Me olvido del mundo, de lo que sí entiendo (política, amor, envidia, problemas ambientales, guerra, odio, historia), me olvido de las grandes tareas que me han encomendado, me olvido de mi responsabilidad, de mi lugar en el mundo; me olvido de todo lo que se espera de mí para decir -es que no entiendo-. No entiendo el arte, dije, y por eso intento pensar en ella. Pero tampoco entiendo el pensamiento y por eso intento pensar en él. Pienso el arte como pienso el pensamiento, es decir, igual a como pienso la música y el tiempo. Como algo que no entiendo; parte por parte, siguiendo cada cable y atento a cada descarga eléctrica que recibo por mi operación imprudente, desarmo eso que me presentan a cada día como parte del mundo y de lo que puedo decir -no entiendo.
Ojalá pudiera hacer una etimología de «entender»: en-tender, tender enfrente, disponer. Para realizar ese disponer, que siempre es el disponer algo por parte de alguien (a la mejor manera de la reina metafísica), para realizar ese disponer, decía, es necesario un poseer. Un poseer que depende de la proximidad con la cosa. Lo que no entendemos es porque no lo poseemos. (Y poseer es siempre y como parte constitutiva un ser). Entender es ser (ser como estar) en la posesión de la cosa que se tiende ahí-delante, un tender que se refiere siempre a quien entiende. Se entiende eso que se posee de tal manera que se hace constitutivo. Consecuencia: bien comprendido esto, propiamente no se entiende nada.
Por eso el arte, la música, el tiempo y todas esas cosas que no entendemos. Se nos enfrentan como algo que nunca podemos poseer, cuya diferencia con nosotros es total e inaprehensible; de alguna manera, lo que no entendemos nos entiende a nosotros, porque al disponerse al frente nuestro, nos tiende como eso que es diferente de lo que ya es. (Sin llegar a afirmar que algo meramente “es”.) La aperturidad de la obra de arte, o del tiempo, consiste en que nos absorbe cada vez, nos hace parte constitutiva de lo que son, y nos extiende (entiende) como lo enteramente diferente. Somos lo que la obra entiende.
Doble escolio: El doble en de entender: no puede sino significar esa doble apropiación de lo que significa el entender, como la absorción de lo que es diferente para hacerse constitutivo (el primer en) y la posterior disposición de eso absorbido en el tender (segundo en). Si esto no es claro, atiéndase a la expresión en el tender, como la separación efectiva de los dos momentos. Escolio al escolio: el er final en entender no responde simplemente a la forma del infinitivo del verbo, porque llegado este punto es difícil incluso asegurar de que se trate de un verbo sin más. Ese er consiste en la forma incompleta de un nuevo en que siempre está en realización, que ocurre cada vez que el entender se hace efectivo como entienden: Esa es en realidad la única forma posible de conjugar (a falta de una palabra mejor) el entender. En el entienden, lo que absorbe y dispone es así mismo absorbido y dispuesto en el último en para convertirse en una unidad, ternaria en su interior, pero siempre expresiva de algo indivisible. El entender, terminado en un en incompleto, se convierte a través del entienden en lo que los antiguos ya habían denominado ENTENDIMIENTO. Pero yo no entiendo el entendimiento.
imágenes tomadas del Flickr de EYEBEAM para la exposición Unthetered: a sculpture garden of readymades:
sonida: fork tattering.
neusa.
de lagos en lugares, lagos interiores, de lugares nuevos que se sienten familiares, de lugares que ahora, bajo el techo de una casa de verdad, en soledad, extrañas. lugares que te llaman, no como voluntades, sino como puntos de atracción, puntos de mapa que trazan mapas con nuestros propios puntos, mapas de mapas en lugares desconocidos, habitados, perseguidos, iluminados por las luciérnagas, por la luna en sus pequeños intervalos de luz, algunas estrellas, recorridos. hacer mapas, como memoria, como búsqueda de eso encontrado, dejado atrás en el camino, entre moras silvestres, entre la lluvia. lugares de lagos con su propia música, con líneas ondulantes, con el rastro de un pato que vuela rasante, con el aleteo de un pájaro que pasa cerca de nosotros justo en ese momento, o la lluvia sobre la carpa, o música lejana (y la indignación correspondiente), música propia tan adecuada a cada momento; silencios, miradas cercanas más adecuadas aún. jugeteo de texturas entre los dedos, fango brillante en los pies, tras un helado chapuzón, la sensación de tener todas las posibilidades, teniendo techo en tu espalda, fuego en el bolsillo, música y libros disponibles y una mano para sostener. ¿cómo recordaremos el viaje? ¿en dónde quedan las marcas?
sonida: Hommage a Rameau, Claude Debussy
y llega esta hora de la noche , cuando me siento a escribir, y todo desaparece. El dolor de cabeza, el cansancio y la apatía surgen de nuevo; pesados, grises e inevitables giros que parecen ser cada vez más de base que todo lo demás. Así, todo ocurre entre los breves momentos de lucidez, cuando la bruma se despeja y es posible atrapar algo de tantas ideas que se ven pasar allá, a lo lejos. Es fácil romperse. Es fácil, también, encontrar algo que valga la pena, pero es más fácil olvidarlo. Todo es cuestión de saber en qué punto ubicar el “yo” y qué tanto alejarse de ese punto, rodearlo y actuar a su alrededor. Egoismo tangencial.
sonida: past in present, Feist.
Olvidé la frase que había pensado para escribir esto, y era lo único que tenía claro desde el principio, iba a dejar que el resto me encontrara. Así surge la mayoría de cosas que escribo aquí, con una frase que me lleva y me descubre las cosas que antes había pensado en la parte de atrás del cerebro. Hice, después de escribir la frase anterior, el mapa del cerebro que abre esta entrada, en un intento por comprender su oscura forma de operar. El proceso es complejo, pero de alguna manera hay relaciones a altísimas velocidades en la parte trasera del cerebro, es decir, la central de procesamiento complejo y la producción de mundos que operan material captado por el faro y transformado para el trabajo cerebral por el catalizador. El cerebro no es una máquina perfecta ni mucho menos, está lleno de áreas que, vistas desde una perspectiva funcionalista, entorpecen el funcionamiento normal del mismo. No faltan los literarios pensadores que salgan aquí a defender las grandes ventajas del diseño intrincado del área de decantación, en donde continuamente desaparece material únicamente para volver a surgir en un lado completamente diferente del cerebro o de la extrema fertilidad que producen las pútridas aguas del pantano de los temores o de la inconmensurable biodiversidad del pozo del olvido, plagado de criaturas que se alimentan de los desechos cerebrales, produciendo espesas corrientes que se mezclan con los flujos así llamados normales. Todos los procesos ocurren sin que el departamento de relaciones exteriores o el área de verbalización se enteren, es más, estas áreas permanecen casi en estado de reposo, o realizando procesos de inoperatividad para evitar su oxidación. Mientras la parte trasera del cerebro es recorrida por los flujos, miles de operaciones se llevan a cabo transformándolos incesantemente, ideas que surgen y se desvanecen en instantes, recuerdos analizados, transformados y desechados tras la interacción de sus elementos con los diferentes tipos de material que permanecen en circulación constante dentro del cerebro. Imposible compararla con una máquina fordiana y sus líneas de producción perfectamente optimizadas, en el cerebro los flujos carecen de origen o destino, apenas tienen direcciones vectorizadas que responden a variables intrazables. Hay zonas que se asemejan más al laboratorio de un científico, donde se realizan mezclas de sustancias desconocidas con propósitos aún más desconocidos, que los más tienden a llamar locos . Otras, rescatando el espíritu de los primeros alquimistas, se dedican a conjurar sobre algunos materiales sagrados el poder antiguo de los planetas, a la vez que ilustran tomos y tomos con complejos procedimientos para que sus discípulos puedan comprender más adelante los lenguajes ocultos. Estos tomos, sin embargo, se almacenan tan cerca del pozo del pantano de los temores que sus páginas se humedecen a los pocos días, toda la información que se guarda en ellos se transforma inevitablemente a los pocos días de ser almacenada, pero la velocidad a la que opera el cerebro hace imposible cualquier proceso de chequeo o correción, así que es en realidad una fuente de ideas de la que se aprovechan muy bien atrás en la central de procesamiento complejo. Esa área trasera, por cierto, se encuentra en unas condiciones de oscuridad extrema, las operaciones que allí se realizan, además de desconocidas e incomprendidas por los científicos, ocurren en un plano alinguístico que únicamente es comprensible por el pensamiento normal tras varios procesos de transducción, transcodificación y traducción operados por el departamento de relaciones exteriores y el verbalizador; así, aunque todo lo que ocurre en nosotros es producto de esos procesos, no los conocemos en lo más mínimo. El mundo comienza y termina varias veces ahí. Pero lejos de ser como un edificio burocrático lleno de departamentos organizados aunque incomprensibles, el cerebro es en realidad lo que podría denominarse una multiplicidad de dimensiones en infinitos planos ontológicos. Aunque se influencian entre sí y comparten material, son tantos los niveles y sus interacciones que trazar recorridos, procesos o protocolos definidos es simplemente imposible. Sólo podemos captar los flujos que, casi por azar, alcanzan a ser verbalizados y por lo tanto perceptibles para lo que llamamos conciencia, tanto es el material que se queda en los inconmensurables universos del cerebro.
sonida: night majestic, Au Revoir Simone.
es el peso de la historia lo que no me deja levantar. O la incertidumbre. Puede ser la inseguridad frente al presente, ¿lo has considerado? Que si lo he considerado… Aparece en mí con la misma frecuencia que los latidos de mi corazón, sus armónicos exagerados entrando en consonancia con las pulsaciones electromagnéticas de mi cerebro casi anulan todo pensamiento, mis entrañas vibran con una simpatía imposible; esa duda se produce en mí antes de que yo mismo exista. Sí, es dificil pensar en la posibilidad de uno o dos pasos, cuando el abismo es tan grande. Y sobre todo con esa manera de llover ¡es que mira! Sí, casi que produce otro mundo ahí afuera y nos reduce a nosotros a pequeños especímenes en recipientes de vidrio; la ciudad nos mira y se burla de nosotros, la ropa mojada y los hombros temblando, un nuevo medio acuoso exterior que nos repele y nos hacina en lugares como este, donde no somos nadie, donde nada permanece. La escritura lo nombra, pero ese mundo nos preexiste, todos venimos del mar, a fin de cuentas. Pero lo repelemos, mira como se encogen tus pies dentro de los zapatos mojados, ¿crees que quieren protegerse, o será más bien que intentan convertirse en aletas? Ese es un devenir interesante, y tenemos varias pruebas. Pero igual, ¿qué harías con aletas en la ciudad? Es que decir que es acuosa no es decir que sea el mar, es una ciudad acuosa, lluviosa, y sólo eso. No hay forma de adecuarte a ella, te repele, sólo la habitan los edificios que miran silenciosos, las luces que intentan iluminar cada una de las gotas que caen para confundirse con ellas, los charcos que reflejan esos edificios y cada una de sus gotas en un esfuerzo incomprensible por unir los dos mundos, límite interesante son los charcos. No más límite que tú mismo: cuerpo y alma, carne y electromagnetismo, cogitatio y extensio, hardware y software, acción y pasión, deseo y deber, eres un límite entre todos, eres el “y” asignificante que reúne estas sustancias inexistentes en las narraciones incoherentes de los dictadores que te narran a diario y te asignan tu lugar cada vez, negando toda posibilidad de movimiento, de devenir, de ek-sistencia. Oscurece, sabes que podrías llenar páginas y páginas de tu bitácora electrónica antes de que algo saliera mal en el sistema, la falla eres tú. En cualquier momento, por cualquier descuido, los grandes ventanales que te mantienen a salvo de ese exterior agresivo que tanto admiras podrían explotar, producto de tu inseguridad. Por eso, es el peso de la historia, ya te lo había dicho. Es como la mirada de esa pequeña niña, no tienes forma de comprender lo que significa, no puedes recibir su mensaje de salvación más que abdicando de lo que llamas conciencia y perdiendo la forma, tu forma. ¿Primero era un “y” asignificante y ahora tengo forma? Tienes que escoger un discurso, no eres claro. Eres lo que quieras ser, el plano de consistencia es un corte transversal del caos, en ese caos están todas las posiblidades, el plano lo escoges tú, o escoges padecer el que escojan otros por tí, el criterio y los efectos son los mismos. Tú escoges tu propia oscuridad. Quisiera ser la ciudad, quisiera ser la luz que describías arriba, quisiera ser parte del charco, o quizás un cable de luz, imagína cómo debe sentirse en la lluvia, casi inmune, con toda esa electricidad pasando a través de él, ahí hay más posibilidades que en todo un edificio. Eso es la electricidad, nunca la comprenderemos, a lo más que podemos aspirar es a ser baterías en un sembrado como en the matrix. Ah, si quieres coger imágenes de la mitología, también puedes recordar a Johnny Mnemónico, su cabeza a punto de explotar por cargar 120Gb, ¿qué será la energía, a estas alturas? Tengo una respuesta rápida para ti: es eso que ya no tienes, y que te impide seguir escribiendo.
sonida: la lluvia, esa extraña entidad inclasificable.