pequeños paisajes. Julián Urbano, fotografía: Felipe Villegas
Esto de luchar todos los días con los días, para que empiecen o terminen, para que adquieran eso que intentas llamar su consistencia, para que cada vez se conviertan en algo, para que, de un momento a otro, se transformen. Esa espera que es su comienzo, esa mirada vacía que recibe la pantalla de la computer, ese avance lento que se cuenta en emails y tweets, en las páginas del periódico, en jarras de café. Y es que has construido tu vida en torno a las mañanas. Mañanas lentas y de productividad variable, mañanas que resumen y consumen tu soledad –que también ellas producen, nadie vendrá–. Esas mañanas, esa taza de café que promete solucionarlo todo, ese olor que define cada hora, ese pasar de páginas, ese silencio, ese silencio. Esta es la hora en la que no buscas desesperado, esta es la hora en la que no hay miradas, esta es la hora, en fin, en la que todo se expande, con la música, para llenar el cuarto que huele a café, para sincronizarse con la campana del horno que hace las tostadas. Esto de venir a escribir, por fin, tras varias semanas de silencio, de escapes, de giros en redondo. ¿Que habrá en las mañanas para que sean como monocromos? Una temperatura estable, puesto que el sol todavía no entra, un sabor estable, de café bien hecho. Pero no son sólo consideraciones formales, y hasta ahí llega la comparación. La consistencia de una mañana está dada por la aglomeración al infinito de promesas y posibilidades, la de un monocromo lo está por su reducción. Esa consistencia, esa densidad dada por las posibilidades infinitas, que parecen entrar por la ventana o hervir dentro de la cafetera, rompen cualquier parecido que las mañanas puedan tener con algo diferente. Nada posee esa potencialidad, nada está tan saturado de vacío –puesto que las promesas no son otra cosa que formas vacías–, nada se dirige tan inexorablemente hacia su final. Klangfarbenmelodie, mañanas que cambian sin cambiar, que avanzan y ocurren sin grandes cambios estructurales, su continuidad, su peso, su textura, dadas por variaciones infinitesimales entre la temperatura de dos tragos continuos de café. O tal vez una mañana no es más que su escucha, una sesión de escucha, que acoge al día, y no se compone de promesas sino de la escucha de esas promesas, para ponerlas en juego, para hacerlas cumplir lo que prometen, al menos para hacer-las promesas.
En casa, la noche. La escritura te espera. El disco, que sólo gira, conoce mil formas más de estar ahí, de no moverse y avanzar, de recorrer mil mundos. En casa mueles café mientras hierve el agua, preparas una taza más. Todas esas presencias que te hacen compañía en la noche, la música que ocupa el espacio, las sombras que definen cada sonido, y el olor del café al romper la taza, un instante de comunicación como el que no lograrás con nadie más. Accesorios que terminan por convertirse –para tormento de los profesores de filosofía del lenguaje– en sustantivos, en entes determinados idénticos a sí mismos, que ordenan las últimas horas del día, las horas inútiles, las horas certeras. Sólo tienen por función disuadir el tiempo, hacerlo invisible, inútil. No es sólo un problema de percepción, nada se intensifica, es una duración diferente, que comparte las inexistencias particulares de eso que te guía, olores, sonidos, sombras. Saturado el espacio con su presencia, tú no puedes más que romperte en mil pedazos con ellas, tras ellas, tal que, en todo caso, al final de la noche sea posible una recomposición que incluya la mayor parte de tí, aunque sea para irte a dormir sin frío. Qué ocurre durante esas horas, cómo te desenvuelves, qué es lo que permanece invariable y lo que se modifica sin cesar entre esos dos instantes –enmarcados por el acto preciso de prender y apagar la luz de la sala–, es algo que tal vez nadie, y mucho menos tú mismo, podrán comprender. Más certera es la matemática, su división infinita del tiempo y la simultánea desaparición y creación del mundo que esos procedimientos implican, según Bergson, más precisa para decir que no, que en tu cabeza no ha ocurrido nada. Ni siquiera has envejecido.
Una vez más, la escritura que desplaza la escritura. El gesto peligroso, temido, de comenzar a escribir, con la certeza de que eso que está siendo empujado hasta el fondo puede aparecer entre las líneas y transformar el texto. No hay inocencia, no hay una escritura simple y desinteresada cuando sabes que eso sigue ahí atrás, esperando. Ese es el secreto de la escritura, un desplazamiento, una deferencia que trae de nuevo eso que quería esconder. Selfwatcherfromtheoutside, vigía, crítico, destructor, aquí no te escapas de nadie, eres tú mismo quien escribe, quien lee y quien descubre. ¿Acaso tienes tanto que esconder? ¿Acaso no hay nada que puedas decir de frente?
que se me escapa. No es una idea, es apenas un intento mínimo de escribir, de dejar ese rastro. Es rastro de algo, de algo que ya ha ocurrido, pero cuyo contenido, más allá de esa misma ocurrencia, ya no existe. Por eso, cuando intento escribirlo, caigo en cada lugar común, recorriendo con la torpeza de un principiante las agrupaciones más básicas de ideas y palabras, prediseñadas, de uso común, y no escribo nada. Puedo, al menos, detenerme a tiempo, puedo reconocer el barrizal que he creado y suprimirlo sin vergüenza. Vuelvo a empezar. No he escrito más de tres hojas en los últimos dos meses, un hecho que sólo para no avergonzarme de mí mismo justifico creyendo que es por las fiestas. Tiempo de ocio e incapacidad mental. Recuerdo, sin embargo, que precisamente en ésta época inmóvil comenzaba a escapar del tiempo encerrándome en un cuarto de la finca a escribir en la agenda que tuviera en ese momento. Recuerdo una negra, otra café. Nunca escribí más de 10 páginas de ninguna; me escondía. Un día, al entrar al Starbucks de Union Square, comprendí que escapo de la escritura como de mí mismo, que dispongo todos los obstáculos con premeditación para prolongar ese estado de ignorancia ante mí mismo, sabiendo que, una afuera, en la escritura, todo lo que no escriba serán mentiras para mí. Esta reflexión, por ejemplo, me ha acechado desde entonces. Uf, hay algo ahí. La escritura. Vuelve. Una vez más, no puedes esquivarla. Así escribía ese día. Ahora releo esa libreta negra, –que no se llena, que me evita–, y recibo de nuevo, desde esa tarde frente a un white chocolate mokaccino, un sentimiento pesado, sereno pero irrefrenable, que comenzaba a decir adiós. No dejé fechas ese día, fue la última semana, después de la tormenta y del puente, que permanecen ahí, que marcaron el libro de Serres. Fechas inútiles. Importa más el tono, esa segunda persona que sacaste quién sabe de dónde y que en la relectura cobra una fuerza insospechada, un peso terrible que se aprovecha de conocer esos lugares íntimos, toda una disposición que escapa de la escritura, que se constituye en ese escape, que fracasa, apresado, vacío, convertido en una trampa que explotará después. No releo con cuidado cuando escribo porque siempre creo que esta relectura posterior, tres o cuatro meses después, es más significativa [update: acabo de releer esta frase y encontré un error justo aquí. ¿qué puedo decir?]. En especial en esta clase de textos inútiles de autodescubrimiento. No puedo decir lo mismo que Anaïs, no me ha poseído suficiente la escritura como para vivir en virtud del diario. (No he sido tan sabio, quiero decir, de admitirlo; nunca un enfrentamiento tan directo).
Esto no es una idea nueva, pero ciertas reglas de ortografía y gramática me obligan a insertar un salto. La frase anterior me hizo detener –aunque la escritura no alcanza a trazar esos hiatos apropiadamente–, y ahora lucho por terminar esta entrada para que sea digna de publicarse. O no. Nunca ha habido criterios editoriales aquí, sólo exploraciones. Que todavía siga escribiendo –y evitando escribir–, significa que todo ha sido provechoso y al mismo tiempo infructuoso. Ya hice el primer cambio.
sonida: Seymour Stein, Belle & Sebastian
sonida: [sonó] alguno de los conciertos de Brandemburgo y tal vez la misa en F, Johann Sebastian Bach.
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para que algo se detenga, tiene que existir un pasado, que resulte otro ahora. Para que yo pueda volver a escribir tengo que olvidar que me había olvidado de hacerlo. Tengo que pensar que no es lo mismo escribir que escribir. Tengo que dejarlo de lado, y escribir. No es cuestión de arrepentirse, la culpa es para los cristianos, sólo tengo que abrir una ventana nueva y tipear. Mi pantalón tiene manchas de aceite del pavo de hace una semana, aunque ya lo metí a la lavadora. El café está frío. Leo a DeLanda como si fuera un amigo, luego como si yo fuera otro y pudiera entenderlo, y luego me alegro de no creer en Deleuze, aunque no pueda pensar de otra forma. Tiendo mi cama, porque nadie me va a enseñar de qué se trata el drama, pero siempre lo he hecho. Y hoy es sábado y me despierto y leo en la cama los diarios de Anaïs Nin y luego hago lo que hay que hacer después de leerla y luego me siento a escribir, como si fuera normal, como si fuera lo de siempre. Como si mi cabeza estuviera despejada y todos los desórdenes de los que soy consciente a diario pudieran quedar de lado. Tengo hambre, pero eso también lo puedo solucionar esta mañana de sábado. Leer, como siempre lo he hecho, pero como si fuera nuevo. Poner cada disco, limpiarlo como si fuera la primera vez, oir cada nota y de repente hay que darle la vuelta y no me di cuenta cuándo pasó todo. Mi temporalidad se reduce a lapsos de tres minutos o menos, imposible concentrarme durante espacios más prolongados. Esos tres minutos duran, los habito y puedo discernir cada variación que hay en su interior. Cuando miro el reloj, no ha ocurrido nada. Como para el Perseguidor, no puedo creer que todo eso quepa sólo en tres minutos, de una estación a otra, de mirar el reloj a volverlo a mirar y ya he pasado cuatro páginas. Pero, tras dos horas, sólo he leído ocho. Porque no soy un místico, ni un sabio. Voy a tientas en el tiempo, dando tumbos y tropezando contra mis propias paredes. Tengo un reloj binario que utilizo para olvidarme de la idea de que el tiempo es un número o una manecilla que gira sobre un plano de una geometría que no comprendo. El reloj binario funciona con luces cuya combinación entre encendidas y apagadas expresan un instante que es particular. Tiempo discreto, de luces verdes. Quien me oyera tan deleuziano. He vuelto a escribir, y no he escrito nada todavía. Sólo es cuestión de abrir una nueva ventana.
sonida: Porcelina of the vast oceans, Smashing Pumpkins.
estas son las cosas que te obligan a escribir. Nada fuera de lo común, nada que sacuda tan radicalmente el espacio de tranquilidad en el que te escondes, pues ya no podrías decir nada –y no hay que especular sobre la posibilidad de que ocurra lo contrario, dado el agujero oscuro del que has salido hace no tanto como para mirarlo desde lejos–, nada que puedas simplemente describir y señalar, nada que no quede reducido a la tristeza de su insignificancia en cualquier intento leve, en cualquier frase breve, en cualquier acumulación sucesiva de palabras que se olvidan y se olvidan, porque sólo es necesario que haya un momento en el que todo esté moviéndose en todas direcciones y que tú –o algo en tí, alguien ahí, que escribe–, detengas todo un instante, que rompas ese tejido uniforme con un corte preciso –preciso como móvil, como distendido, como siempre en la posibilidad de ser otro o de nunca haber estado ahí en primer lugar–, un corte que puede hacerse entender en la pobreza del instante en el que, tras haberte esforzado por recolectar tantas letras, por componer con ellas una oración, organizando cada palabra de manera que la siguiente esté prefigurada y sin embargo su aparición nunca sea redundante, de tal manera que siempre haya espacio para una más, y obtener de todo eso una frase en la que esa tristeza alcanza a quedar insinuada, expresada, quizás no más que por la vía negativa de eso que nunca podrás decir del todo no porque no haya palabras sino porque puedes seguirlas encadenando una tras otra y así más y más perder lo que había al principio que era quizás más una mirada o un apretón en el hombro o el gesto rompemundos-congelainstantes de bajar la cabeza para evitar una palabra que pasa volando por tu lado se estrelle con to boca que está así mismo ocupada en construir y lanzar otras palabras, quizás con una densidad diferentes, que no harían daño si se estrellaran, si encontraran algo –alguien– en donde estrellarse, pero claro, eso es lo que falta, eso es lo que te movió a escribir en primer lugar. Ah.
sonida: ara, The sound of Lucrecia.
División en edades (julio de 2003):- Tasa de crecimiento de la población (2003): 1,01%
- Tasa de nacimientos (2002): 11,66 nacimientos/1000 habitantes
- Tasa de fallecimientos (2002): 6,76 fallecimientos/1000 habitantes
- Tasa de migración neta: 4,93 migrantes/1000 habitantes
- Proporción de sexos (julio de 2003):
- Al nacer: 1,26 hombres/mujer
- Por debajo de 15 años: 1,04 hombres/mujer
- 15-64 años: 1,00 hombre/mujer
- 65 años o más: 0,68 hombres/mujer
- Total de la población: 0,97 hombres/mujer
- Tasa de mortalidad infantil: 4,92 muertes/1000 nacimientos con vida
- Esperanza de vida al nacer:
- Hombres: 75,47 años
- Mujeres: 82,47 años
- Total de la población: 79,1 años
- Tasa de fertilidad: 1,5 niños nacidos/mujer
- Grupos étnicos (julio de 2003): alemánicos 85,9%, italianos, turcos y otros 14,1%
- Religión: Católicos romanos 75,7%, Protestantes 6,9%, Islam 4,2%, otros 1,3%, no religioso 1,0%, desconocido 10,9%
- Idiomas: como idioma oficial, el alemán y un dialecto alemánico.
- Alfabetización:
- Total de la población: 100%
- Hombres: 100%
- Mujeres: 100%
El eclipse ahora ha terminado. Nadie parece haberlo notado aquí en SoHo, aunque no sabemos que ocurre en las pantallas. No es de extrañarse, no hay nada de especial en un eclipse solar que ocurre al otro lado del mundo. El noticiero continúa, la narración se mezcla con todas las conversaciones del lugar.
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sonida: someunknownrocknrollsong.
y es que las marcas que la ciudad no alcanza a realizar físicamente sobre tí, las debes hacer por tí mismo, al menos ser su herramienta. La ciudad te marca con tu propia mano. ¿Y cuál es esa escritura de la que escapas continuamente? Es la misma que persigues, por supuesto, la misma que no olvidas y no te deja olvidar. Es la que llena las páginas del moleskine en el subway, es la que marca tu piel, es la que deja tu nombre en los bouchers de las tiendas, de los restaurantes, del alcohol y la música que sirven de combustible para este viaje errático. Y eso lo sabes: aunque se trate diariamente de un nuevo concierto, de una nueva forma de producir sonidos desde la computer o de experimentar cada vez el desmembramiento que la música de Palestine produce, ahora a través de tus audífonos verdes, aunque te refieras a las cosas en términos de frecuencia y velocity, estás aquí para escribir. Quizás llegues a casa y lances ese EP que planeas, o que hagas un concierto, un drone interminable o lo que sea, tu viaje no estará completo a menos que de él resulten unas cuantas palabras bien alineadas, a menos que te dejes alcanzar por la escritura que te persigue, a menos que hagas marcas tú también. Por ahora no debes preocuparte, aunque ya lleves la mitad del tiempo aquí. Si lo piensas, es bastante. Y sin embargo, encuentras intersticios como éste. Estás solo, vas a estarlo durante todo el día, pero sólo hasta ahora puedes derramarte, perder la compostura. (Es decir, sentir cómo el espacio dentro de tu cabeza se hace tan grande como el cuarto que la contiene, sentir cómo el cuerpo ya no necesita de sus partes.) Atento a los sonidos, atento a los cambios de temperatura, con ese sacrificio que haces al apagar el ruidoso a/c para oir las teclas, para oir cómo cruje la casa al calentarse en el verano. Lo único que esperas es que el cuerpo se desintegre. Necesitas un grito, necesitas que tus gafas exploten (o que se pierdan en Central Park, en honor al Titán), necesitas alguna técnica para fotografiar tu cuerpo mientras pierde toda consistencia, cuadro por cuadro. Es como si pretendieras salir ileso de ese enfrentamiento con Bacon, con Giotto y con Caravaggio, con Rembrandt aunque escaso, con toda la pintura del Renacimiento, con Aquelao en forma de toro; es como si, después de haber mirado a Sócrates a los ojos (cuencas vacías para piedras preciosas robadas hace mucho tiempo), después de haber visto a Aristóteles con sombrero italiano y de haber atravesado los grandes salones de tantas galerías donde se despliega el imperio Romano, quisieras pronunciar de nuevo tu nombre y sentirlo ligero, sentir su posibilidad. Pero bueno, cuatro horas dentro del Knitting Factory y su drone eterno, sus bandas acumulando decibeles ya hicieron lo suyo para sacar todo lo que había dentro de tí y dejarte hecho una costra, de nuevo.
sonida: bookmusic, Will Redman.
y al final de todo, sólo se trata de tomar decisiones. No voy a clase, no termino la carrera. El mundo no es la continuidad sino sus rupturas, y el resultado de todo no va más allá de una tranquilidad extraña en el pecho y una mañana que ahora es más larga. Ya puedes poner el café, aunque ya se ha acabado. Y te enfrentas a nuevos compromisos, siempre hay nuevos compromisos y sólo cambias uno por otro. Porque el cristianismo se metió por donde no lo esperabas, ahora eres culpable. Y aunque vayas a la deriva, saltando de un significado a otro, de una conexión a otra, no habrá más que vacíos: ¿cuál es la seguridad que hay cuando vas de clave de lectura en clave de lectura, buscando siempre una nueva perspectiva sin apropiarte de ninguna? Tal vez la pregunta parte de una incomprensión mutua ante el problema: la seguridad está perdida desde la entrada, es una de las premisas. Y quisieras pasarte hyperviculando tu vida, siempre un click más. ¿Acaso esperas llegar a un lugar del que ya no quieras salir? ¿O eres un nómada de por vida? Por ahora, deja tus viajes de lado y concéntrate en la escritura, ese movimiento deleuziano que te lleva más lejos que nada.
sonida: Uh!, Juana Molina.