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José Gonzalez en el teatro colon. me muero.

May 20, 2007

silencios

lo vi sentado, solo, gris y abatido en un andén en el centro mirando su reflejo en un charco de agua. Me dijo que no podía soportar más el silencio al que estaba condenado. Un silencio, me dijo, causado por el hecho de que Henry Miller, Borges, Nietzche y los pocos más que podrían entender las verdades que él veía ahora, estaban todos muertos. Sus palabras cayeron en una oscura bolsa que no me permitió comprender realmente de qué hablaba, pero recordé a ese otro hombre. Tal vez si se hubieran conocido, nos podrían explicar un poco de qué se trata todo esto. Me alejé pensando que quizás sí lo comprendo, pues las verdades que yo veo ahora tampoco las puedo comunicar a nadie

sonida: un reloj.

en: relatos, soultripping — pin2 @ 11:36 pm
April 17, 2007

un gesto mínimo que implica miles de significados, referencias culturales en un pequeño movimiento de la mano.

ella, para comunicar quizás que compartía el sentimiento de ternura o dolor que él expresaba, llevaba su mano a la cara, y con el dedo hacía temblar levemente su párpado inferior, mientras el resto de su rostro y su cuerpo permanecían absolutamente estáticos. El plexo de significados que se abre papra el transeúnte desprevenido pero informado (en posesión de los códigos) que pudiera verla, es innimaginable. Así, ella remitía, con el temblor artificial de su párpado, quizás a los grandes y expresivos ojos de los personajes de animé. La vibración exagerada de los ojos, según esa sensibilidad afectada de tales personajes expresa, con ese gesto mínimo que ella imita, mucho más dolor de lo que ella pudiera decir con palabras. Y vemos aquí otro significado al que nos remite el gesto: la niña se expresa a través de una pequeña imagen cargada con un significado determinado pero que permite la confluencia de muchos otros significados. Para la niña, no es necesario usar palabras porque hay una imagen que ya las implica. Esto lo sabe la niña, pensamos, gracias a la imagen que usaría en una conversación por messenger. La niña realiza un gesto que, en su condición mínima e instantánea, se convierte en una pequeña imagen que sirve como signo, que reúne miles de singificados culturales a los que ella apela para comunicarle a él su simpatía. Ella se convierte, con su gesto, en un emoticón.

sonida: algo de air y telepopmusik.

en: outsiders, relatos — pin2 @ 6:02 pm
March 2, 2007

urbanlegend

un taxista recoge una pareja de jóvenes en chapinero, hacia las 3 de la mañana. se dirigen al norte -pero él se devuelve- dicen casi al unísono. Ella tiene los ojos rojos de llorar y se sienta en el centro del asiento, mirando hacia el frente, un poco hacia abajo. Él mira por la ventana, ninguno de los dos se mueve, niguno habla. El taxista hace algún comentario pero ninguno responde. La tensión se siente en el aire. Al llegar se bajan los dos, cruzan algunas palabras y el vuelve a subirse al taxi, con un suspiro, sigue mirando distraído por la ventana mientras ella entra en su casa. El taxi arranca y se devuelve al sitio de chapinero donde los recogió. A las 3.30 de la mañana, la séptima está sola, la mayoría de carros que hay son taxis, van muy rápido y no paran en ningún semáforo, sin embargo son tan pocos que casi no hay problemas. En algún momento, cuando pasan por la 72, el taxista mira hacia atrás y se da cuenta de que, aunque no ha parado en ninguna parte, el asiento trasero está vacío. El taxista, sorprendido, comenta por el radio, y entre la operadora y algunos compañeros noctámublos le cuentan sobre el accidente en el que un taxista se quedó dormido manejando y atropelló de lado a otro taxi, hacia las 4 de la mañana, en la 75 con 7.

sonida: One Evening, Feist

en: relatos — pin2 @ 9:37 pm
January 16, 2007

roadtrip

llevaban diez minutos manejando en silencio. Él llevaba los ojos fijos en la carretera y las dos manos en el timón, que apretaba fuertemente. Ella miraba distraída por la ventana haciendo flotar su mano en el viento, con las piernas dobladas sobre el asiento del carro. Ambos sentían su cabeza palpitar por la sangre que como un eco corria agitada por sus venas despues de la calurosa pelea, acerca de como controlar a los niños, gastar menos o algo asi. Él descargaba toda su rabia en el acelerador, y manejaba bastante rápido, aprovechando un tramo particularmente recto y despejado en la autopista. Estaba esperando una señal. Era un paisaje particularmente bonito, grandes arboles se encorvaban un poco sobre el asfalto en el lado derecho; en el izquierdo, pequenas flores amarillas pasaban como una sola mancha, y en el suelo un constante remolino de hojas secas seguia al carro de adelante. Ella sentía el horrible sabor del vomito en su boca. El sentía cómo su cabeza giraba, mientras iba y venia entre el recuerdo de la discusión y la imagen de ella corriendo entre el bosque. Intercambiaron algunas palabras acerca del lugar, sin dejar de pensar en sus propios asuntos. Él habia tomado una decision. Simplemente no podía permitir que sus días continuaran de esa manera, que su amor se desvaneciera en medio de peleas acerca de declaraciones de renta o problemas con los jefes. Habia hecho demasiados esfuerzos, invertido mucha energia y sobre todo, se habia enamorado de verdad. El hecho de que el mundo hiciera que las cosas se diluyeran en peleas le parecia inaceptable. Él sabía que tampoco era culpa de ella. Poco a poco empezaron a hablar un poco mas, comentando los detalles del viaje, lo bonito de ese tramo de la autopista, y los colores del cielo. Él seguía esperando la señal: una risa. apenas ella pusiera en el aire un pequeño gesto de felicidad, el lo inmortalizaría para siempre, salvaría su relación, sus espíritus se unirían y todas las peleas y conflictos tendrían que parar. no habría final. y la risa sucedio: en el iPod sono una cancion que los hacia reir inevitablemente, viejo recuerdo. “Zapatos” dijo ella, y soltó una pequeña carcajada como de pájaro. Él estaba atento a esa señal y reaccionó automáticamente, casi no tuvo tiempo de reir mientras giraba con fuerza el timón estrellando el carro contra el separador.

sonida: void.

en: relatos — pin2 @ 4:42 am
November 4, 2006

(sin título) (esta es una historia sobre la vida y la vida no tiene título)

un hombre contaba una historia. o varias (como yo. esto es un cuento) (pero es verdad). contaba varias historias, de su vida. solo tenía una vida (como todos) pero contaba varias historias sobre ella (como yo). se contaba la historia de su vida a si mismo, ésta es una historia. pero no podía contarle la misma historia a los demás. de hecho, para cada persona había una historia diferente, sobre la misma vida (no puedo evitarlo, yo hago lo mismo). entonces el hombre contaba varias historias, pero seguía siendo él mismo (bueno, eso es lo que creemos todos, en realidad). sin embargo, el hombre dentro de mi historia contaba una historia diferente a todas las historias de su vida que se contaba a sí mismo (porque depende del día la historia puede ser diferente) y que le contaba a los demás (innumerables historias, casi inútiles). el hombre contaba una historia especial, también de su vida, (todas lo son, todas) pero era diferente, era un cuento (la diferencia se me escapa ahora). la contaba una palabra a la vez, una por día. contaba un cuento, eterno, una palabra por día (a veces hay que repetir las cosas). las palabras simplemente salían, especiales, diferentes a las (pocas) que pronunciaba para seguir siendo parte del mundo. y es que, aunque no fuera la historia de su vida (no como las otras), su vida era para esa historia (de hecho lo es, para esa historia y para esta: el hombre no existe). cada uno de sus días estaba dedicado a dejar nacer esa palabra que continuaría la historia. él no inventaba la historia, solo la contaba. la historia se contaba a través de él, de su vida (la historia de su vida se cuenta a través de mi). las personas lo suficientemente cercanas y sensibles (es decir, nadie) podían reconocer la palabra que formaba la historia porque el hombre se tocaba la barbilla de una manera particular justo en esa palabra. podía ser en cualquier momento, mientras dictaba una clase sobre la voluntad de poder, o mientras tomaba café, incluso desnudo, mientras se bañaba. siempre se tocaba la barbilla de la misma manera, en un acto inconsciente. no me pueden preguntar si él sabía que estaba contando la historia (no lo conocí) pero en algún nivel tendría que saberlo. la historia se iba hilando, densa, compleja, cada día. si lo pensamos bien, era una historia corta (en tamaño, no en duración). era una historia real, era la verdad. por medio de este hombre se hacía la verdad. una vez al día. (no sé si se alcance a entender el nivel dramático de mi historia en este punto, voy a seguir). no estamos seguros (como hice notar antes) sobre su conocimiento de la historia, pero sí sabemos que nunca la escribió. ni una palabra (ni un dia). no podemos contar de nuevo su historia (ni la que él contaba sobre su vida, ni la que él contaba una palabra al día. sin embargo esta sí es una historia sobre su vida, (aunque su vida no existe (porque ésto es un cuento (pero es verdad)))) ni siquiera estamos seguros de haber podido entender el gesto particular de rascarse la barbilla (nunca lo vimos porque no existe (y entre un gesto y su descripción hay un mundo)). (ahora se hace más claro el drama de la historia). era un hombre bastante solitario, un profesor de filosofía, onanista y compositor retirado (estos datos son para dar a entender que no tenía mucha gente alrededor). como dije antes, la palabra nacía en su interior, (es difícil decidir ahora si la historia estaba escrita antes o si se iba transformando (de todas formas no hubiera sido lo mismo decir “ambivalencia” el 26 de julio de 1972 que el 22 de noviembre de 2011, por lo tanto es un error afirmar que estaba escrita con anterioridad (si pensamos que una historia escrita implica un significado determinado (por un momento y lugar), aunque cambie después))). es decir, la comprensión de la historia requería un seguimiento constante, más aún por lo complejo de su desarrollo. (¡por fin! se descubre el drama en su totalidad) la historia que contaba el hombre de mi historia (y tal vez mi historia también) era imposible (aunque la mía es verdad) (y la de él era la verdad) porque nadie podía seguirla, nadie estuvo cuando comenzó (acaso él mismo) y nadie podía estar a su alrededor todo el tiempo, pendiente de un gesto que nadie vió en realidad (porque las personas cercanas y sensibles, enfrentémoslo, no existen (y como dije antes, entre un gesto y su descripción hay un mundo, es decir, son dos entidades irreconciliables, al describir un gesto lo destruyo, por lo tanto la descripción de un gesto que alguien trate de hacer es realmente la descripción de un no-gesto, y la gente no puede hacer no-gestos, solo describirlos, así que lo único que yo (o cualquiera) podríamos ver en este hombre (si existiera) sería un no-gesto que realmente no haría). por lo tanto, su historia, aquella que lo determinaba, aquella que le dio la inmortalidad (en mi cuento) (aún sin existir), no podía ser escuchada por nadie, no fue registrada y nunca fue comprendida.

(la historia se acaba aquí, pero tiene un final feliz. el drama que consistía en que el proyecto de la vida de un hombre que decía la verdad se perdiera para siempre se solucionó, pues yo rescaté su historia).

(las acotaciones en paréntesis son mías y son para que la gente entienda mejor el cuento, y son verdad, por eso digo que mi cuento es verdad).

sonida: enwayu, pacho dávila y grupo zumo.

en: relatos — pin2 @ 12:19 am
December 30, 2005

aqui

una avenida se extiende desde mi casa hasta el café. Es recta y plana, o casi. No tan recta. Recorre la ciudad como la espina dorsal del cuerpo de un animal que se asienta en el estómago, siendo esta avenida el punto más alto. Recorro esta avenida varias veces. Sus lugares, repetición el uno del otro, con algunas variaciones. Algunos lugares interesantes. Su gente, repetición el uno del otro, con otras variaciones. Recorro la avenida y me cruzo con esta gente. Gente sin un papel. Me encuentro caras conocidas, saludo, me saludan, todo es igual. Compro un café, me siento a leer. Intento una llamada, no hay batería. Las horas pasan, la gente mira, grita, habla, las páginas pasan. Estoy enamorado de la Torre del Cable. Se apoya sobre robustas bases de cemento, y construída de palitos de madera se eleva, no tan alto, hacia el cielo vacío de Manizales. Su figura es algo extraña, no es lo suficientemente alta como para compensar lo ancha que es, luciendo entonces un poco chata. Un rectángulo chato, con una pirámide tampoco tan alta ni tan esbelta en la punta. Siempre se me ha figurado una versión manizaleña de la torre Eiffel. La asociación es fácil de hacer, pero se ignora por evidente el retrato tan maravilloso de la ciudad que constituye. Sin embargo estoy enamorado de ella. Enmarcada entre una sombrilla y una llama, cubierta por árboles que no logran esconderla, iluminada con luces de ambiente verdes y moradas, endémicas de aquí, sobresale en el cielo cubierto de luces y promete una imagen poética escondida solo al que se detenga a mirarla, y elimine de su cabeza todas las asociaciones. Es realmente bonita, el verde y el morado la llevan a otros lugares, tal vez lo que la hace tan banal e ignorada sea su mismo entorno. La gente cambia, mira, habla, grita. Ahora yo me voy. Una vez más la avenida, “no quiero ver gente sin un papel” dice Ludmila. Que no venga a Manizales. Estoy solo. No del todo, estoy con música diversa y Vila-Matas, suficiente compañía, más en esta ciudad. Este es un lugar para estar solo. Solo así se piensa. Solo estando solo se lee. Especialmente aquí. Un grupo en Manizales produce licor. En Manizales, si no se está solo, se bebe. Por eso todos beben, les da miedo estar solos. Es inconcebible el que bebe su soledad, solo conocía un caso de un solo bebedor, y hoy no estaba solo. El que está solo no bebe, en Manizales hay que tener muchos adentro para estar solo afuera. Los que no pueden estar solos se escudan en los grupos, y en el licor. Por eso salir solo, para no beber, para pensar, para escuchar y leer. En Manizales solo se puede estar solo, pero nadie está solo. Se dice de Manizales que es la tierra del nihilismo. Por alguna razón creo en esto, no soy Manizaleño. El que lo cree, se va. Los que están solos van a JSB. Los que creen van a JSB. Van a beber. Otros más van a JSB, pero no vuelven. La puerta de JSB es una ventana que da al mundo, los que creen en el mundo entran por esa puerta y salen por esa ventana, en JSB está la salida de Manizales, y está en la espina dorsal. Los nihilistas creen que es un bar gay. Eso los mantiene alejados. De nuevo la calle, la avenida. De repente, en este momento, con buena música, con mente despejada y alimentada, la avenida es un buen lugar. La gente simplemente pasa, los lugares se repiten uno a otro en una secuencia que se hace esquiva a los nihilistas y a los bebedores, porque ninguno concibe las secuencias. Se bebe, se grita, se repite. Los conozco, y me siento tan adentro que estoy afuera. No me repito, estoy alerta, y creo en el mundo y en la música y en los libros. Hasta en las conversaciones, en algunas. Hay días de beber, pero este es mejor.

lo que suena: Mothers, Albert Ayler & Don Cherry

en: (home), outsiders, relatos, soultripping — pin2 @ 1:45 am
October 3, 2005

flores y muerte (mi vaca)

Ayer se murió mi vaca. Cuando salí por la mañana después de tomar un baño y un jugo de naranja helado para despertarme completamente y quitarme de la cabeza el sueño terrible en el que mi perro se moría de un infarto al encontrar una cucaracha en su comida y yo lo encontraba tirado con una gota de sangre en el hocico en el mismo árbol bajo el cual caminaba en el momento en que recordé que no había llovido hace tres días y que tenía que revisar el agua del estanque porque el desagüe estaba tapado y que recordé también por el olor del pasto fresco que se mezclaba con el del agua estancada y rancia en la que flotaban ramas y plumas entre los grumos más espesos del popó de los patos que ya ni se atrevían a pasar al lado del inmundo charco que servía al mismo tiempo de baño y piscina para unos 10 olorosos animales entre los que contaba dos gansos blancos y violentos que atacaban de inmediato a cualquier desprevenido que se acercara más de lo recomendable como en ese momento me sucedía y que sólo capté cuando sentí la terrible pinza del pico del ganso en la pierna en el mismo punto en el que la honda cicatriz se cerraba sobre mi rodilla para recordarme aquella terrible y afilada cerca que no pude saltar cuando huía despavorido de los perros enloquecidos que me perseguían atraídos por el olor a carne y sangre que llevaba fuertemente adherido a mi ropa después de sacrificar la tercera ternera del mes con la cual cumplía la cuota que me exigía el patrón y que garantizaba mi salario y la prima para la reparación tan necesaria del casi inexistente techo del pequeño garaje en el que guardaba la moto que estaba arreglando y que recibía en ese momento los azotes del clima bajo un notecho y algunas mantas que tenía que secar y cambiar todos los días mientras no terminara dicha reparación. Caminaba entre el pasto alto y húmedo por el rocío de la mañana cuando recordé las mantas y la moto y comprobé con satisfacción que tenía el dinero en el bolsillo derecho del overol de trabajo con el que salía todas las mañanas a ordeñar las vacas y limpiar la boñiga de la entrada de la casa para que la camioneta del patrón no se ensuciara al subir pesadamente la empinada falda que llevaba desde el potrero hasta la meseta en la que se encontraba la antigua casa de piedra robusta y oscura madera desde donde se apreciaba todo el campo que se extendía desde el filo de la montaña en el que una cerca de gruesos maderos que yo mismo había cortado y sembrado marcaban el límite norte del terreno y que bajaba hasta encañonarse en el bosquecillo que crecía a los lados de la pequeña y helada quebrada que serpenteaba desde lo alto de la otra montaña para perderse más abajo en donde el bosque se hacía más espeso y definía el borde occidental cerca del cual se encontraban las vacas pastando tranquilamente en un claro que se formaba en la parte más baja del valle cuando las conté por una de esas costumbres involuntarias y que casi se hacen sin pensar en el resultado pues casi se asume que están completas con cuatro patas y una cola cada una y fue contando colas y no patas que descubrí que faltaba una. Una vaca. Mi vaca mía que había cuidado y bautizado Nestlé y que ordeñaba todos los días a esta misma hora y que ahora veía tendida a varios metros de las demás en una posición idéntica pero sin sangre a la del perro en mi sueño al que nunca pensé dar más importancia que eso mismo. Mi vaca en la que había montado a mis hijos mientras paseabamos por la finca y les enseñaba a cambiar la sal y sentir cuando la cerca estaba con corriente sin que se quedaran pegados recibiendo los fuertes golpes dirigidos a los imprudentes que la tomaban sin cuidado alguno o a los animales que sin comprender que era trataban de sobrepasarla hasta que aprendían a no tratar de pasar ese lugar aunque yo después quitara las cercas. Mi vaca era inteligente y no se dejaba engañar por trucos o corriente y siempre encontraba la manera de salvar la cerca y hacerme correr tras ella hasta que decidía simplemente devolverse con las demás y dejarme a mi antónito y agotado pero impresionado por su astucia y sentido del humor que yo apreciaba más que el de ciertas personas de la vereda que pretendían hacerse las graciosas sólo tomando cerveza y jugando tejo hasta caerse al piso. Bajé lentamente la empinada montaña entre el pasto que cedía y crujía bajo mis botas de caucho talla 41 color azulpantano que usaba todos todos los días en esa época. Mi vaca estaba acostada a la sombra de un árbol del lindero del bosque y reposaba la cabeza sobre una pata en una posición que de no haberla visto en el sueño hubiera considerado de sueño y me hubiera dispuesto a ordeñar las demás vacas con el frio balde de metal mientras les conversaba sobre el cielo y las nubes que venían del mar que yo nunca había visto y que ellas tampoco pero que todos imaginábamos como una sábana llena de pequeñas velas blancas y espuma que se extendía hasta perderse como lo hacía el valle que se veía desde la ventana del lado sur de la casa. Mi vaca no se movía cuando la tocaba ni su pecho se expandía rítmicamente como lo hace el de todas las demás criaturas que comen y se mueren. Mi vaca simplemente yacía con esa expresión dulce y fría en la cara y con las manchas formando el eterno dibujo que conocía de memoria y con el que había adornado cuadernos y cuadros y mantas y todo cuanto usaba en el día solo para recordarla cuando no estaba con ella. Comprendí que había muerto pero no me sentí afligido en lo absoluto y trataba de imaginar la causa porque estaba seguro de que no era la edad ni el ataque de ningún animal pues su suave piel estaba intacta y reluciente sin ninguna señal de golpes o dientes y apenas tenía 5 años que había pasado al lado mio bajo mi cuidado y yo bajo el suyo alimentándome de su leche como si fuera su propio hijo y dándole las mejores partes del potrero para que disfrutara del más fino y verde pasto mientras las demás tenían que pelearse los más amarillentos. Corté algunos troncos y con una cuerda que siempre cargaba construí una carreta fuerte y robusta que até a uno de los animales más grandes y en la que monté el cuerpo sin vida pero aún hermoso y glorioso de mi vaca. No sin esfuerzo llevé el cuerpo hasta la casa para prepararlo y amortajarlo limpiando una vez más su blanca piel para que el dibujo en el que unas veces había visto mapas de tierras lejanas o siluetas de nubes impresas por la luz en su piel pero que casi siempre interpretaba como la absoluta certeza de nuestro futuro juntos se viera claro y reluciente y que su hocico estuviera limpio y húmedo igual que sus patas tersas y delgadas pero fuertes y veloces. Mi vaca yacía ahora sobre una cama de ramas entrelazadas adornadas con flores y espigas de los colores más brillantes y las formas más inspiradoras que contrastaban con los colores firmes e indudables de su piel aterciopelada y la luz jugaba con las sombras que producía el techo del altar hecho de troncos hábilmente pulidos por mi hijo el mayor que había hecho según mis diseños inspirados en el maravilloso dibujo de la piel de mi vaca. La veía reposar tranquilamente en el altar construído expresamente para la ocasión y donde permanecería toda la noche mientras la velaba con mi familia y algunos animales que humildemente se acercaban creo yo atraídos por el olor de las flores y la muerte. No sentía ninguna pena por la muerte de mi vaca y todo lo que hacía para su funeral lo hacía de una manera automática y desinteresada siguiendo la costumbre y con el amor y respeto que se exigen en tales situaciones pero sin pensar nunca en que nunca iba a volver a acariciar su suave piel y sentir la cálida respiración en mi cara cuando me acercaba para observar cada centímetro de su cara maravillado por la perfección del diseño en su frente. Durante la noche terminé de tallar el dibujo en la lápida que pondría en el lugar de su entierro y simplemente permanecí observándola mientras los de mi familia se lamentaban de lo poco que la conocieron y recordaban divertidos entre lágrimas las torpezas de los primeros pasos que trataba de dar el día que nació pero yo simplemente la miraba pensando en la ausencia de sentimientos como los de ellos en mi pecho y creo que me dormí. Veía luego a mis hijos y a mi mujer llorar y lamentarse tristemente durante el entierro y recibí las sinceras condolencias de todos los campesinos que acudieron solemnemente a la procesión y entierro de mi vaca. Varios pronunciaron discursos alabando torpemente la suave espuma de su leche y la curva de sus cuernos y la perfección del dibujo que yo estoy seguro no alcanzaban a comprender. A cada torpe palabra de aquellos ignorantes campesinos aumentaba mi sensación de rabia por los que pretenden sentir algo por mi vaca un animal que veían una vez al año en las reuniones y que no sabrían distinguir entre otras dos vacas parecidas nunca iguales y que no oían sus mugidos por la noche y pensaban en las dulces palabras con las que trataba de decirme cuánto me quería y que no le hiciera tan duro cuando la ordeñaba y que el balde estaba muy frío y que así no se podía. Cómo puede alguien querer un animal que sólo da leche igual a todas las demás y que se la pasa recorriendo el potrero de arriba abajo (yo comprendo su recorrido y entiendo las consideraciones que la llevan a rodear el abrevadero por la derecha y luego girar alrededor del montículo de la izquierda para emprender la subida hasta la parte alta del potrero por el camino tan claro pero que ni las otras vacas ni las otras personas pueden siquiera intuír). Ese camino que de extenderse más allá del bosque como muchas veces presentí llegaría a mostrarnos la verdadera realidad de la relación de mi vaca con las demás vacas y conmigo y con mi familia y con el mundo y con el mar. La tierra golpea secamente el ataúd de mi vaca y lo va cubriendo con pesada oscuridad y de la misma manera golpea en mi secamente la presencia de esas personas lejanas e ignorantes y diferentes que dicen extrañar a una vaca y que le arrojan flores para que la acompañen en la eternidad y nosequé. Pesada oscuridad se cierne sobre todos esos hipócritas y me separa de ellos y me ata más a mi vaca que muerta pero siempre ahí y siempre mía y siempre nosotros caminando en el potrero mientras el sol se pone a nuestras espaldas y con su aliento me calienta la nuca cuando se da cuenta de que me suenan los dientes del frío y yo le muestro cómo las estrellas reproducen perfectamente el dibujo en su piel y cómo su mirada penetra las demás vacas y las domina y es por eso que mi vaca.

lo que suena: uno los dos, Miranda.

en: esquiZO, relatos — pin2 @ 1:27 am
April 24, 2005

alcachofas

Comer alcachofas es un acto completamente erótico, no puedo pensar en otra clase de comida que se le parezca.
Empiezo preparándola con un baño caliente y hago la vinagreta, que va a estar presente durante el resto del encuentro. Saco mi alcachofa del baño y la llevo a la mesa, le voy quitando las hojitas, la voy desvistiendo… ya sé que lo más rico es el corazón, pero me como cada hojita, la baño en vinagreta y muerdo la carne, a veces suave y a veces duro y la disfruto, una por una. La sigo desvistiendo y veo cómo cambia el color, la textura y el sabor de cada hojita y sigo pensando en el corazón, pero no me apuro, me detengo en cada una, a mirar cómo es diferente de las otras, a mirar que forma toma la alcachofa a medida que se desnuda en mis manos. Las primeras hojas eran más duras, rudas, de un verde más oscuro y más grandes también. A medida que me adentro en ella, es más clarita, más suave y tierna, las hojas tienen otra forma, ropa interior.
Por fin quito las últimas hojas que ya son pequeñas y queda todo el corazón desnudo, ya no hay casi vinagreta, apenas la necesaria. Tiene un sabor amargo, especial, es tierno pero firme, lo muerdo igual que las hojas, sin afán, saboreando la textura, comparando las partes. Es el momento más íntimo con mi alcachofa, podría comerlo todo de un mordisco y terminar, pero lo prolongo, le pongo un poco más de vinagreta y lo observo, queda sólo un bocado, en este momento me doy cuenta que realmente lo mejor es el camino, el último trozo no es diferente del primero y cuando me lo coma será el fin. No hay que esperar más, un poco de vinagreta y listo. Llevo las hojas mordidas a la basura, recuerdos del encuentro y me voy por el resto del almuerzo, que es sólo comida.

lo que suena: love for sale, Dexter Gordon

en: relatos — pin2 @ 1:47 am
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