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sonida: Bailarinas, Volumen Cero

January 29, 2010

(función cuaderno de notas)

Copio esto bajo el encanto del lector que por fin lee algo que ha querido escribir siempre.

Ese humilde monosílabo let [supongamos que] que precede a las conjeturas y demostraciones en la matemática pura, en la lógica formal, representa la licencia arbitraria y la ilimitación del pensamiento, del pensamiento que manipula los símbolos como el lenguaje manipula las palabras y la sintaxis.

Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento.
George Steiner

en: infinito, m'skine, outsiders, palabras, piensa, recherche, sofa — pin2 @ 7:28 pm
January 22, 2010

com-posibilidad (olvido)

Get weak all the time, may just pass the time,
Me in my own world, yeah you there beside,
The gaps are enormous, we stare from each side,
We were strangers for way too long.

Hoy perdí 20 minutos. Por ahí. Eso no solía ocurrir. He olvidado cómo detenerme, he olvidado cómo pensar y cómo escribir. No puedo olvidar que siempre lo recordaba, pero no puedo recordarlo ahora. Ahora busco universales, razones suficientes y formas lógicas; determino el mundo desde mi centro. Había palabras que, de inmediato, se encadenaban y me llevaban a lugares más lejanos de lo que había imaginado. Al regresar, aún conservaba su sabor en la boca, recordaba. Sabía escribir, sabía dejarme llevar por una idea. ¡Vaya! si hasta tenía ideas sobre las ideas y sabía separarlas de mis propias ideas, que por básicas y sencillas quedaban de lado durante la escritura. He olvidado esa práctica, esa dedicación funcional del organismo para desgajarme sobre el teclado, descomponerme en cientos de partículas que se recomponían en la escritura (mi espacio de composibilidad). Ha sido un olvido activo, no decidido pero sé que ha ocurrido como efecto de otras prácticas, de la búsqueda de espacios diferentes, de conversaciones extendidas, de gestos que me han sido arrancados. Posibilidades suplantadas por posibilidades diferentes que no me llevan a otros lugares, que me han engañado. No por eso me he detenido. No por eso perdido el camino correcto, puesto que nunca lo conocí. No podría decir que lo encontraré, pero tampoco que no existe. No podría cambiar nada de lo que tengo por algo mejor, pero lo haría dada la oportunidad. Tampoco es seguro que pudiera reconocer esa oportunidad. No conozco tampoco el arrepentimiento sincero, no podría ignorar lo que tengo, ni podría preferirlo a lo que he perdido –puesto que he olvidado lo que tenía–. En cualquier caso, no soy tan diferente ahora. Estoy tan perdido como antes, quizás con ratas diferentes de producción/consumo, quizás ahora me atraviesan palabras a las que les tengo menos aprecio que antes y no me dejo arrastrar tan fácilmente. Quizás estoy viejo. De pronto se ha reemplazado en mi el arrojamiento por una lentitud anterior, quizás estoy aprendiendo todo de nuevo. Me sigo observando, desde el exterior, con ojos celosos, críticos e implacables. Siempre soy mi propia víctima. Sigo atravesándome en el camino de otros –que han cambiado–, sigo olvidándome de mi por otros –eso no ha cambiado–. Sí, sigo errando, y todo lo que he escrito al respecto no me ha ayudado –ni lo hará, lo sé– a encontrar esa otra ruta, al menos mientras la pretenda única, vertical, completamente diferenciada del resto. He perdido, he olvidado, he errado, no he hecho nada más que vivir. But most of all, I did it my way.

sonida: I remember nothing, Joy Division.

January 19, 2010

hay algo

que se me escapa. No es una idea, es apenas un intento mínimo de escribir, de dejar ese rastro. Es rastro de algo, de algo que ya ha ocurrido, pero cuyo contenido, más allá de esa misma ocurrencia, ya no existe. Por eso, cuando intento escribirlo, caigo en cada lugar común, recorriendo con la torpeza de un principiante las agrupaciones más básicas de ideas y palabras, prediseñadas, de uso común, y no escribo nada. Puedo, al menos, detenerme a tiempo, puedo reconocer el barrizal que he creado y suprimirlo sin vergüenza. Vuelvo a empezar. No he escrito más de tres hojas en los últimos dos meses, un hecho que sólo para no avergonzarme de mí mismo justifico creyendo que es por las fiestas. Tiempo de ocio e incapacidad mental. Recuerdo, sin embargo, que precisamente en ésta época inmóvil comenzaba a escapar del tiempo encerrándome en un cuarto de la finca a escribir en la agenda que tuviera en ese momento. Recuerdo una negra, otra café. Nunca escribí más de 10 páginas de ninguna; me escondía. Un día, al entrar al Starbucks de Union Square, comprendí que escapo de la escritura como de mí mismo, que dispongo todos los obstáculos con premeditación para prolongar ese estado de ignorancia ante mí mismo, sabiendo que, una afuera, en la escritura, todo lo que no escriba serán mentiras para mí. Esta reflexión, por ejemplo, me ha acechado desde entonces. Uf, hay algo ahí. La escritura. Vuelve. Una vez más, no puedes esquivarla. Así escribía ese día. Ahora releo esa libreta negra, –que no se llena, que me evita–, y recibo de nuevo, desde esa tarde frente a un white chocolate mokaccino, un sentimiento pesado, sereno pero irrefrenable, que comenzaba a decir adiós. No dejé fechas ese día, fue la última semana, después de la tormenta y del puente, que permanecen ahí, que marcaron el libro de Serres. Fechas inútiles. Importa más el tono, esa segunda persona que sacaste quién sabe de dónde y que en la relectura cobra una fuerza insospechada, un peso terrible que se aprovecha de conocer esos lugares íntimos, toda una disposición que escapa de la escritura, que se constituye en ese escape, que fracasa, apresado, vacío, convertido en una trampa que explotará después. No releo con cuidado cuando escribo porque siempre creo que esta relectura posterior, tres o cuatro meses después, es más significativa [update: acabo de releer esta frase y encontré un error justo aquí. ¿qué puedo decir?]. En especial en esta clase de textos inútiles de autodescubrimiento. No puedo decir lo mismo que Anaïs, no me ha poseído suficiente la escritura como para vivir en virtud del diario. (No he sido tan sabio, quiero decir, de admitirlo; nunca un enfrentamiento tan directo).

Esto no es una idea nueva, pero ciertas reglas de ortografía y gramática me obligan a insertar un salto. La frase anterior me hizo detener –aunque la escritura no alcanza a trazar esos hiatos apropiadamente–, y ahora lucho por terminar esta entrada para que sea digna de publicarse. O no. Nunca ha habido criterios editoriales aquí, sólo exploraciones. Que todavía siga escribiendo –y evitando escribir–, significa que todo ha sido provechoso y al mismo tiempo infructuoso. Ya hice el primer cambio.

sonida: Seymour Stein, Belle & Sebastian

December 24, 2009

bitácora

  1. no hay nostalgias, no hay distancia. No hay nada que como recuerdo se presente para representar algo que difiere del presente. No hay otro. No hay olvido, porque nada ha pasado, porque nada contiene una diferencia mínima que permita siquiera pensarlo como lo mismo. Hay una permanencia, indescriptible, indisoluble, que no cesa pero que tampoco puede ubicarse. Lo que empieza, en parte, es que ha sido analizada, desde todas las dimensiones que permiten sus variables, hasta expresar su insignificancia, la ausencia total de sentido que la activa.
  2. No hay hacia, no hay adelante, no hay nada que aún no sea y que se pueda definir, como idealizando, de manera tal que cada variable se conforme a una regla. No hay un espacio indefinido pero maleable, completo pero vacío, absolutamente femenino (si, la chora, o kora en “español”, deseo frustrado) que pueda absorber y dar forma a la realidad a partir de lo que ahora se proyecta.
  3. ¿Y entonces?
  4. Esta tarde encontré un libro que se llama Gödel, Escher, Bach. Todavía no logro comprender de qué se trata. Nunca lo voy a poder leer. [ahora en wikipedia veo que en inglés se llama Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid, tal parece que hay un problema con la traducción que no alcanza al título; uno de los capítulos que leí es sobre las traducciones del Jabberwocky]. Podría decir al respecto que:
  • Se me olvidó lo que le dijo Aquiles a la tortuga.
  • No me importa lo que le dijo Aquiles a la tortuga.
  • Es obvio que le dijo Aquiles a la tortuga es falso.
  • Si lo que le dijo Aquiles a la tortuga es falso, es obvio que nada es verdadero.
  • Si es obvio que nada es verdadero, lo que le dijo Aquiles a la tortuga es falso.
  • Me perdí.
Así, tras haber tomado dos martini y dos cervezas en JSB, escribo esto y me voy a dormir. Estos son los días de navidad de comienzos de siglo, extraños, sospechosamente felices, marcados por la ausencia

sonida: [sonó] alguno de los conciertos de Brandemburgo y tal vez la misa en F, Johann Sebastian Bach.

.

December 10, 2009

on Bartók

Corto, lento. No tan cercano. Inmenso. Lentamente, es decir, de tanto en tanto. Tres luces en fila, una superior definiendo la fachada del edificio, las inferiores ocultando más de lo que muestran. El cielo, nunca del mismo color, perfilando lo que falta del edificio. La ventana –quizás un laboratorio– que permanece con la luz encendida, incluso ahora, a la 1:07 a.m. Vive más que yo; cuando yo me vaya, seguirá ahí.

***

Siempre me ha costado comprender el papel que tienen los demás en mi vida, en mi pensamiento; los demás inmediatos, cercanos. Yo vivo, como alguien decía hoy del arte, de la decepción. Expectativas, planes perfectamente detallados que incluyen movimientos, focos de luz y una banda sonora que se comporta como alguien más, determinan a la perfección el recorrido de mis decepciones, acciones ligeras a mi alrededor que se empeñan en caer desordenadas por fuera de los límites que había previsto, con tal sevicia que imagino algún objetivo más importante que el de desilusionarme.

***

Y voy a tener que escribir un par de cosas más sólo para borrar el olor de lo anterior. ¿Qué, ahora? ¿Quizás escribir algo sobre cómo he dejado de comprender la música como algo que descansa en el tiempo para sentirla como una ocupación del espacio? –y sorprenderme por haber podido formular esto, finalmente–. Podría intentar perseguir esta idea por unas cuantas líneas. Giro espacial musical. (El minimalismo, por supuesto, está en casa aquí). Es prolífico, no hace muchas distinciones entre estilos, entre subjetividad y objetividad, percepción y posición. Incluso elimina la diferencia entre música grabada y música en vivo. La música ocupa el espacio, y depende del espacio, las vibraciones recorren los rincones y las reverberaciones, cada vez diferentes, realizan la música cada vez que se ejecuta una pieza. Armónicos, simpatía, distensión. También entendemos el espacio con sonidos –argumento deleuziano, también, o primero, ocurre en los animales–, y nos comportamos en el espacio según el sonido que lo sature. Bartók, densidades de saturación, ocupaciones. Y es que el tiempo es demasiado efímero, –muy metafísico– para soportar la música y soportar además una filosofía sobre la música. Ni siquiera soporta su propia filosofía. Vertical-horizontal, ascender-descender, el lenguaje descriptivo que usa el análisis tradicional está compuesto primero por metáforas hechas a la ligera, pero que responden a esa intuición inicial. Por supuesto, no son precisas: se refieren a la representación de los sonidos en el pentagrama, y el segundo par implica una idea de avance temporal. Representar, antes de oir. Un acorde no es vertical más que para quien lo deletrea, pero para todos los demás es –depende de cómo se toque–, una saturación uniforme del espacio, el sonido que se extiende uniforme en todas las direcciones, sin dejar agujeros. Una melodía, esta vez más cercano a su representación, es un movimiento dirigido. Las variaciones de ‘altura’ (y será necesario escribir esto en comillas para indicar que no corresponde a una referencia al espacio real sino al de su representación) hablan más de la densidad de ese movimiento que de su altura efectiva en el espacio. Así sería posible continuar describiendo cada comportamiento de la música y clasificar su espacialidad. Pero retornar al mapa será volver a introducir la representación. El mapa no equivale al territorio, la partitura no equivale a la ocupación que el sonido hace del espacio. Habría que inventar un metodo para medir la densidad del sonido en cada momento particular, calcular sus grados de libertad, especificar sus comportamientos. Por ahora esto es una intuición, y es mejor seguir escuchando.

sonida: Finale, Concierto para orquesta, Bela Bartók.


December 5, 2009

flange

para que algo se detenga, tiene que existir un pasado, que resulte otro ahora. Para que yo pueda volver a escribir tengo que olvidar que me había olvidado de hacerlo. Tengo que pensar que no es lo mismo escribir que escribir. Tengo que dejarlo de lado, y escribir. No es cuestión de arrepentirse, la culpa es para los cristianos, sólo tengo que abrir una ventana nueva y tipear. Mi pantalón tiene manchas de aceite del pavo de hace una semana, aunque ya lo metí a la lavadora. El café está frío. Leo a DeLanda como si fuera un amigo, luego como si yo fuera otro y pudiera entenderlo, y luego me alegro de no creer en Deleuze, aunque no pueda pensar de otra forma. Tiendo mi cama, porque nadie me va a enseñar de qué se trata el drama, pero siempre lo he hecho. Y hoy es sábado y me despierto y leo en la cama los diarios de Anaïs Nin y luego hago lo que hay que hacer después de leerla y luego me siento a escribir, como si fuera normal, como si fuera lo de siempre. Como si mi cabeza estuviera despejada y todos los desórdenes de los que soy consciente a diario pudieran quedar de lado. Tengo hambre, pero eso también lo puedo solucionar esta mañana de sábado. Leer, como siempre lo he hecho, pero como si fuera nuevo. Poner cada disco, limpiarlo como si fuera la primera vez, oir cada nota y de repente hay que darle la vuelta y no me di cuenta cuándo pasó todo. Mi temporalidad se reduce a lapsos de tres minutos o menos, imposible concentrarme durante espacios más prolongados. Esos tres minutos duran, los habito y puedo discernir cada variación que hay en su interior. Cuando miro el reloj, no ha ocurrido nada. Como para el Perseguidor, no puedo creer que todo eso quepa sólo en tres minutos, de una estación a otra, de mirar el reloj a volverlo a mirar y ya he pasado cuatro páginas. Pero, tras dos horas, sólo he leído ocho. Porque no soy un místico, ni un sabio. Voy a tientas en el tiempo, dando tumbos y tropezando contra mis propias paredes. Tengo un reloj binario que utilizo para olvidarme de la idea de que el tiempo es un número o una manecilla que gira sobre un plano de una geometría que no comprendo. El reloj binario funciona con luces cuya combinación entre encendidas y apagadas expresan un instante que es particular. Tiempo discreto, de luces verdes. Quien me oyera tan deleuziano. He vuelto a escribir, y no he escrito nada todavía. Sólo es cuestión de abrir una nueva ventana.

sonida: Porcelina of the vast oceans, Smashing Pumpkins.

November 18, 2009

arena (palabras)

“el hombre es un modo de ser tal que en él se funda esta dimensión siempre abierta, jamás delimitada de una vez por todas, sino indefinidamente recorrida, que va desde una parte de sí mismo que no reflexiona en un cogito al acto de pensar por medio del cual la recobra; y que, a la inversa, va de esta pura aprehensión a la obstrucción empírica, al amontonamiento desordenado de los contenidos, al desplome de las experiencias que escapan a ellas mismas, a todo el horizonte silencioso de lo que se da en la extensión arenosa de lo no pensado. (…) Cómo puede ser [el hombre] el sujeto de un lenguaje que desde hace millares de años se ha formado sin él, cuyo sistema se el escapa, cuyo sentido duerme un sueño casi invencible en las palabras que hace centellear un instante por su discurso y en el interior del cual está constreñido, desde el principio del juego, a alojar su palabra y su pensamiento, como si éstos no hicieran más que animar por algún tiempo un segmento sobre esta trama de posibilidades innumerables? (314)

Las palabras y las cosas. Michel Foucault.

sonida: canción, autor.

en: arena, despensa(miento), escritura, outsiders, recherche — pin2 @ 1:35 am
November 9, 2009

[tan efímero que no alcanza a soportar el peso de un título]

estas son las cosas que te obligan a escribir. Nada fuera de lo común, nada que sacuda tan radicalmente el espacio de tranquilidad en el que te escondes, pues ya no podrías decir nada –y no hay que especular sobre la posibilidad de que ocurra lo contrario, dado el agujero oscuro del que has salido hace no tanto como para mirarlo desde lejos–, nada que puedas simplemente describir y señalar, nada que no quede reducido a la tristeza de su insignificancia en cualquier intento leve, en cualquier frase breve, en cualquier acumulación sucesiva de palabras que se olvidan y se olvidan, porque sólo es necesario que haya un momento en el que todo esté moviéndose en todas direcciones y que tú –o algo en tí, alguien ahí, que escribe–, detengas todo un instante, que rompas ese tejido uniforme con un corte preciso –preciso como móvil, como distendido, como siempre en la posibilidad de ser otro o de nunca haber estado ahí en primer lugar–, un corte que puede hacerse entender en la pobreza del instante en el que, tras haberte esforzado por recolectar tantas letras, por componer con ellas una oración, organizando cada palabra de manera que la siguiente esté prefigurada y sin embargo su aparición nunca sea redundante, de tal manera que siempre haya espacio para una más, y obtener de todo eso una frase en la que esa tristeza alcanza a quedar insinuada, expresada, quizás no más que por la vía negativa de eso que nunca podrás decir del todo no porque no haya palabras sino porque puedes seguirlas encadenando una tras otra y así más y más perder lo que había al principio que era quizás más una mirada o un apretón en el hombro o el gesto rompemundos-congelainstantes de bajar la cabeza para evitar una palabra que pasa volando por tu lado se estrelle con to boca que está así mismo ocupada en construir y lanzar otras palabras, quizás con una densidad diferentes, que no harían daño si se estrellaran, si encontraran algo –alguien– en donde estrellarse, pero claro, eso es lo que falta, eso es lo que te movió a escribir en primer lugar. Ah.

sonida: ara, The sound of Lucrecia.

October 3, 2009

Egg geography

he pasado la tarde fascinado con la fragilidad con la que la historia de The Great Gatsby reposa sobre la geografía en la que se desarrolla, según unas condiciones precisas en las que cualquier variación de espacio o tiempo romperían su realidad. Todo se centra en este fragmento, al final del libro:

And as I sat there, brooding on the old unknown world, I thought of Gatsby’s wonder when he first picked out the green light at the end of Daisy’s dock. He had come a long way to this blue lawn and his dream must have seemed so close that he could hardly fail to grasp it. He did not know that it was already behind him, somewhere back in that vast obscurity beyond the city, where the dark fields of the republic rolled under the night.

Una geografía que sustituye el nombre de dos lugares que efectivamente existen, dos extrañas penínsulas que deben ser una fuente de confusión perpetua para las gaviotas que las sobrevuelan. Huevos, una bahía en medio, que condensa ese instante en el que los sueños, a punto de ser atrapados, desaparecen en la oscuridad. Huevos cuyas realidades se extienden en direcciones contrarias, movidas por la fuerza de dineros por siempre diferentes, de deseos que nunca se podrán identificar. Una luz desde siempre fuera de su alcance.

Justo en ese punto en el que el Northern Boulevard gira hacia el este, el mundo se impone como lo que siempre ha sido y expresa su negativa a dejarse transformar por el deseo. El mundo y los hombres no siguen el mismo curso. Pero lo que me fascina no es sólo una disposición particular de tierra, sino los efectos que sobre ella tienen los nombres ficticios que les da Fitzgerald. Porque la historia de Gatsby ocurre en ese lugar efectivo, en el Long Island Sound (formación geológica cuya definición también me sorprende, acompañado del hecho de que no puedo encontrar una traducción precisa para Sound. De Wikipedia:

In geography a sound or seaway is a large sea or ocean inlet larger than a bay, deeper than a bight, wider than a fjord.

La capa que recubre este lugar, con el nombre de East y West Egg, crea el plano de consistencia que da a la historia su frágil intemporalidad. Toda la realidad permanece bajo esa capa, que conserva para cada lugar todas las connotaciones que sirven de base a la novela, la historia de la tierra, del dinero que la recubre, tierra y nobleza americana. Y todavía esa tierra permanece como entonces, quizás más enriquecida, aislada, envuelta en el aroma de su whiskey añejo, historia de su historia. Pero la historia de Gatsby ya no está ahí, ya no ocurre; el mismo lugar ya no es el mismo. No es el tiempo lo que ha cambiado, es el nombre. Porque todos los lugares de la historia permanecen: el puente de Queensboro todavía le da al visitante la mirada de la ciudad vista por primera vez, la primera promesa loca de todo el misterio y la belleza del mundo; Central Park todavía puede ser recorrido, a pie o en carruajes, pero ningún Tom se aparecerá por ahí con su peculiar manera de caminar (y por eso su culpa y su libertad permanecerán unidas para siempre). Los nombres de East y West Egg, sin embargo, nunca han existido más que como un recubrimiento, el disfraz que las palabras usan para preservar la identidad de los implicados, que los libra de una vergüenza temporal para exponerlos a la ignominia eterna de su pura exterioridad. La historia de Jay Gatsby no es universal, no ocurre nunca más que en ese preciso momento y en ese preciso lugar, aunque exponga al modelo americano del self-made man en su desnudez y su inutilidad efectiva, aunque su palacio y su jardín, donde la champaña es navegable, permanezcan en cada uno de los Estates de Kings Point y, aunque ahora haya una calle llamada Gatsby Ln. Y al final, el guía que nos ha llevado por cada uno de estos lugares sin memoria nos entrega un archivo más, que confirma cada palabra que hemos escrito:


Investigation Into Death of Owner of L.I. Estate

By BRUCE LAMBERT
Published: March 7, 2008

Homicide detectives are investigating the death of the owner of a fabled Gatsby-era estate on Long Island’s Gold Coast that has been the center of a decades-long family feud, the Nassau County police said on Thursday.

The owner, F. John Handler, 57, was found unresponsive on the grounds by his home in Kings Point on Wednesday night, the police said. He was taken to North Shore University Hospital in Manhasset, where he was pronounced dead.

Though Mr. Handler’s body showed visible injuries, investigators said, there was no immediate determination of whether they were a factor in the death, or whether they were accidental or intentional. They would not elaborate on the type of injuries. The Nassau medical examiner plans an autopsy. Mr. Handler had suffered health problems, including cancer and a nearly fatal episode of toxic sepsis last year.

His home is one of nine houses on the cliff-top estate called the Point, at the tip of Great Neck. The estate, thought by some to be an inspiration for the fictional home of “The Great Gatsby,” commands a panoramic vista of Long Island Sound and the distant New York City skyline.

For years, Mr. Handler and his relatives have fought over control of the 21-acre property. It was purchased in 1950 by a high-powered labor arbitrator named Herman Brickman, who organized it into a family cooperative with a greenhouse, formal gardens, a vineyard, stables, a tennis court, farm animals and a dock.

The squabbling began in the 1980s, after Mr. Brickman died. At first, his daughter, Marjorie Brickman Kern, sided with Mr. Handler, her son by a previous marriage. They won control of the Point over her two brothers and another son from the previous marriage, Russell H. Handler, 58.

But last year, Mrs. Kern had a falling out with John. She and Russell filed legal papers accusing John of tricking her out of her share of the property, worth millions of dollars. She complained that he had left her in the deteriorating mansion without funds.

John Handler adamantly denied the complaints from his mother and brother. In a telephone interview from his mother’s house on the estate on Thursday, Russell Handler said the litigation was still pending.

Russell Handler, who visits often from Maine to look after his 81-year-old mother, said he learned of his brother’s death when the police knocked on the door around midnight. Though Russell remains bitter about his brother’s actions, he said of the death: “It’s a terrible thing. I can’t imagine what happened.”

On Thursday, the compound, on a private road off Gatsby Lane, was filled with emergency vehicles, floodlights and police dogs, while police and news helicopters flew overhead. A visitor said the property resembled an armed camp.

sonida: Physical fascination, Roxette.

July 21, 2009

plug and play

porque no puedes escapar de la escritura tanto tiempo, porque en algún momento te toca enfrentarlo, salir de tus palabras, volverte otro. Porque, y por más veces que lo repitas no se hace más débil, la ciudad es demasiado para soportarla tú solo. Te desborda. Y la autorreflexión no es otra cosa que un feedback incontrolable, el repliegue sobre tí mismo que se manifiesta en el cuerpo, el crujir de los dientes, el café, los comportamientos suicidas, las miradas furtivas y la fantasía. Y habitar un lugar como estos, donde todo se desborda a sí mismo, es ya ejercer una presión sobre el cuerpo que hay que saber enfrentar. Hay que escribir. Hay que hacerse otro, hay que observarse y hacer que el pliegue no sea introspección sino pliegue real, producción de dimensiones. Hay músicas, hay imágenes, que permiten que el yo se pliegue y a la vez produzca una nueva dimensión en la que ese pliegue es el pliegue originario, susceptible de nuevos pliegues, pero la escritura es la que los produce, la escritura es la que puede trazar el mapa de esos pliegues correctamente. O tan correctamente como puede hacerlo un mapa, se entiende. Ese es el movimiento imponente del monólogo interior, ese movimiento que crea pliegues a la vez que traza mapas, que produce dimensiones y que vacía al yo de su función egoista de contenedor de tristezas. El yo puede erradicarse fácilmente sentado en un café internet, con una copa de vino tinto y los audífonos conectados a su MacBook negro que ilumina levemente las gafas, sin permitir una lectura adecuada de su contenido. El hombre cerrará los ojos, sosteniendo su copa, y planeará por lugares que debido a nuestra posición nos resultan incognoscibles. Por más atención que pongamos a sus gestos, el mapa sólo lo puede trazar él. Nuestro mapa está en otra dimensión, en la que él no es más que un punto, un cruce de coordenadas. Ahora el hombre mira la pantalla con detenimiento, lee, y se ha quitado las gafas para hacerlo. Se frota los ojos en señal de cansancio (atentos a los signos, signos inútiles) pero sigue leyendo. El hombre a su lado, camiseta roja, MacBook de aluminio (quizás Air) bosteza, el vaso de cerveza casi vacío, su cara también está iluminada por el mismo brillo, del mismo color. El mismo que con seguridad me ilumina a mí, pero que sólo otros pueden ver, aura. Los días largos del verano producen estas situaciones de convivencia transitoria, estas vidas transversales que mezclan trabajo, descanso y funciones vitales en combinaciones infinitas de código y formas de preparación de café. Escribir esto no es relatarlo, es hacer parte de ese todo, es integrarse como observador y permitir formar parte de otros mapas, o ser invisible. Detener la escritura produce un hiato, una deriva que puede llevar, por ejemplo, a leer el artículo de Wikipedia sobre el Principado de Liechtenstein [link], un país minúsculo entre Suiza y Austria, con 34.022 habitantes a julio de 2003. Los datos de población, según el artículo de Wikipedia, son como sigue:

  • División en edades (julio de 2003):
    • 0-14 años: 18,0% (3.128 hombres y 3.004 mujeres)
    • 15-64 años: 71,2% (12.109 hombres y 12.112 mujeres)
    • 65 años o más: 10,8% (1.488 hombres y 2.181 mujeres)
  • Tasa de crecimiento de la población (2003): 1,01%
  • Tasa de nacimientos (2002): 11,66 nacimientos/1000 habitantes
  • Tasa de fallecimientos (2002): 6,76 fallecimientos/1000 habitantes
  • Tasa de migración neta: 4,93 migrantes/1000 habitantes
  • Proporción de sexos (julio de 2003):
    • Al nacer: 1,26 hombres/mujer
    • Por debajo de 15 años: 1,04 hombres/mujer
    • 15-64 años: 1,00 hombre/mujer
    • 65 años o más: 0,68 hombres/mujer
    • Total de la población: 0,97 hombres/mujer
  • Tasa de mortalidad infantil: 4,92 muertes/1000 nacimientos con vida
  • Esperanza de vida al nacer:
    • Hombres: 75,47 años
    • Mujeres: 82,47 años
    • Total de la población: 79,1 años
  • Tasa de fertilidad: 1,5 niños nacidos/mujer
  • Grupos étnicos (julio de 2003): alemánicos 85,9%, italianos, turcos y otros 14,1%
  • Religión: Católicos romanos 75,7%, Protestantes 6,9%, Islam 4,2%, otros 1,3%, no religioso 1,0%, desconocido 10,9%
  • Idiomas: como idioma oficial, el alemán y un dialecto alemánico.
  • Alfabetización:
    • Total de la población: 100%
    • Hombres: 100%
    • Mujeres: 100%
Datos que parecen irrelevantes en un post sobre un café internet de SoHo y sus habitantes, pero que causan un poco de conmoción al ser estudiados con detenimiento. No más comentarios al respecto. A las 8:32, la ventana que se alcanza a ver en el otro cuarto ya está oscura, pero el ambiente no ha cambiado. Solitarios y sus máquinas, parejas en todas las combinaciones posibles, dedicados a tareas diversas, ilegibles para el visitante ingenuo. Poco se ha transformado el público del lugar. Hasta ahora se va la última persona que estaba en esta sala cuando llegaste, pero hay varios que estaban desde antes, aunque las distancias que han recorrido en estas 3 horas están fuera de toda medida. El hombre del MacBook, con los ojos aún cerrados detrás de sus gafas de marco grueso se recuesta contra la pared, con las manos en la nuca. Indescifrable. Dos estudiantes, llegados hace unos 20 minutos, observaban con detenimiento la pantalla de un solo computador, y luego, apresurados, grabaron sus comentarios en pequeñas grabadoras, leyendo las notas de sus cuadernos. Incomprensible. Uno de ellos es asiático. El otro tiene pantalones de rayas azules que le llegan hasta la mitad de la pantorrilla y havaianas rojas. Las resonancias entre el website de Jonathan Safran Foer (flash, detalles inteligentes que relacionan el contenido del sitio con la ciudad y con el recorrido del visitante, varias secciones en construcción o incompletas, [link]) y tus propias inquietudes sobre la ciudad te invitan a comprar su nuevo libro, sobre todo ahora que lo viste a mitad de precio. Un pequeño detalle en el sitio, sin embargo, revela que no es que se encuentre en construcción. El sitio web está abandonado desde 2006. No hay óxido en la red, no hay desgaste. Mientras alguien siga pagando el costo anual del alojamiento y el dominio, un sitio web tiene pocas probabilidades de dejar de existir. Muchas más si está alojado en un servicio universitario o gratuito. ‘The sun has been completely eclipsed by the moon, and there is no light coming down to earth’ dice una voz en inglés con fuerte acento hindú, la pequeña pantalla en la esquina inferior de tu pantalla que transmite la señal de NDTV, que rastrea el eclipse que se produce en este momento en China e India. Darkness at Dawn es el titular de la noticia. ‘What you see is the corona of the sun. This is a one lifetime experience’ dice la voz del científico hindú. ‘Seeing the corona is an exhilarating experience’. Taregana es el lugar apropiado para presenciar ese evento, dicen los locutores en ese inglés que cada vez suena más cercano, más neoyorkino. Ahora estamos viendo the Diamond Ring como se ve en Varanasi. ‘A Diamond Ring is a ring that is forever’.

El eclipse ahora ha terminado. Nadie parece haberlo notado aquí en SoHo, aunque no sabemos que ocurre en las pantallas. No es de extrañarse, no hay nada de especial en un eclipse solar que ocurre al otro lado del mundo. El noticiero continúa, la narración se mezcla con todas las conversaciones del lugar.

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NS1.ERA404.ORG 67.225.162.223

NS2.ERA404.ORG 67.225.162.224


En esto consiste la información que whois provee acerca de jonathansafranfoer.com. Existe desde 2002, morirá en 2012, por ahora, está abandonado. A las 9:12, es hora de acercarse a la barra y pedir una Brooklyn Lager, la cerveza oficial del verano. De hecho no es la mejor hora, pues la happy hour, (en donde la cerveza vale $3) terminó a las 8, pero es necesario llevar un registro del tiempo, de otro modo la escritura en su pliegue, eliminará por completo las referencias temporales mediante las cuales el lector reconstruirá de nuevo esta experiencia. O no. Tampoco había Brooklyn Lager, sino una un poco más aguada, pero con suficientes tonos para saborearla mientras se agota la batería de la computer. Nadie más parece acusar la hora, continúan bebiendo café, agua y jugo de naranja. Los neoyorkinos no son fáciles de complacer. Una corta visita al website de era404, los que aparecen como diseñadores del sitio de Safran Foer (slogan: a new era in Design [link]) nos muestra una foto de un personaje que parece conocido: John Hodgman, (I’m a P.C). La deriva que intenta esquivar la escritura, como vemos, no tiene límites. En el artículo de Wikipedia sobre Hodgman (última modificación julio 17 de 2009 [link]) dice que es usuario de Mac desde 1984. No había muchos Mac en esa época. De repente el tráfico disminuye. Un leve aroma a pastel recorre el lugar mientras los últimos impulsos de deriva nos llevan a través del website de Hodgman (feo, en era404 no tienen un dearrollo muy contundente, por lo que se ve [link]. Quizás sea hora de publicar, cerrar la computer y dedicarse a la lectura del New Yorker (Julio 20, 2009).

sonida: someunknownrocknrollsong.

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