January 29, 2010
(función cuaderno de notas)
Copio esto bajo el encanto del lector que por fin lee algo que ha querido escribir siempre.
Ese humilde monosílabo let [supongamos que] que precede a las conjeturas y demostraciones en la matemática pura, en la lógica formal, representa la licencia arbitraria y la ilimitación del pensamiento, del pensamiento que manipula los símbolos como el lenguaje manipula las palabras y la sintaxis.
Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento.
George Steiner
January 22, 2010
com-posibilidad (olvido)
Get weak all the time, may just pass the time,
Me in my own world, yeah you there beside,
The gaps are enormous, we stare from each side,
We were strangers for way too long.
Hoy perdí 20 minutos. Por ahí. Eso no solía ocurrir. He olvidado cómo detenerme, he olvidado cómo pensar y cómo escribir. No puedo olvidar que siempre lo recordaba, pero no puedo recordarlo ahora. Ahora busco universales, razones suficientes y formas lógicas; determino el mundo desde mi centro. Había palabras que, de inmediato, se encadenaban y me llevaban a lugares más lejanos de lo que había imaginado. Al regresar, aún conservaba su sabor en la boca, recordaba. Sabía escribir, sabía dejarme llevar por una idea. ¡Vaya! si hasta tenía ideas sobre las ideas y sabía separarlas de mis propias ideas, que por básicas y sencillas quedaban de lado durante la escritura. He olvidado esa práctica, esa dedicación funcional del organismo para desgajarme sobre el teclado, descomponerme en cientos de partículas que se recomponían en la escritura (mi espacio de composibilidad). Ha sido un olvido activo, no decidido pero sé que ha ocurrido como efecto de otras prácticas, de la búsqueda de espacios diferentes, de conversaciones extendidas, de gestos que me han sido arrancados. Posibilidades suplantadas por posibilidades diferentes que no me llevan a otros lugares, que me han engañado. No por eso me he detenido. No por eso perdido el camino correcto, puesto que nunca lo conocí. No podría decir que lo encontraré, pero tampoco que no existe. No podría cambiar nada de lo que tengo por algo mejor, pero lo haría dada la oportunidad. Tampoco es seguro que pudiera reconocer esa oportunidad. No conozco tampoco el arrepentimiento sincero, no podría ignorar lo que tengo, ni podría preferirlo a lo que he perdido –puesto que he olvidado lo que tenía–. En cualquier caso, no soy tan diferente ahora. Estoy tan perdido como antes, quizás con ratas diferentes de producción/consumo, quizás ahora me atraviesan palabras a las que les tengo menos aprecio que antes y no me dejo arrastrar tan fácilmente. Quizás estoy viejo. De pronto se ha reemplazado en mi el arrojamiento por una lentitud anterior, quizás estoy aprendiendo todo de nuevo. Me sigo observando, desde el exterior, con ojos celosos, críticos e implacables. Siempre soy mi propia víctima. Sigo atravesándome en el camino de otros –que han cambiado–, sigo olvidándome de mi por otros –eso no ha cambiado–. Sí, sigo errando, y todo lo que he escrito al respecto no me ha ayudado –ni lo hará, lo sé– a encontrar esa otra ruta, al menos mientras la pretenda única, vertical, completamente diferenciada del resto. He perdido, he olvidado, he errado, no he hecho nada más que vivir. But most of all, I did it my way.
sonida: I remember nothing, Joy Division.
December 10, 2009
on Bartók
Corto, lento. No tan cercano. Inmenso. Lentamente, es decir, de tanto en tanto. Tres luces en fila, una superior definiendo la fachada del edificio, las inferiores ocultando más de lo que muestran. El cielo, nunca del mismo color, perfilando lo que falta del edificio. La ventana –quizás un laboratorio– que permanece con la luz encendida, incluso ahora, a la 1:07 a.m. Vive más que yo; cuando yo me vaya, seguirá ahí.
***
Siempre me ha costado comprender el papel que tienen los demás en mi vida, en mi pensamiento; los demás inmediatos, cercanos. Yo vivo, como alguien decía hoy del arte, de la decepción. Expectativas, planes perfectamente detallados que incluyen movimientos, focos de luz y una banda sonora que se comporta como alguien más, determinan a la perfección el recorrido de mis decepciones, acciones ligeras a mi alrededor que se empeñan en caer desordenadas por fuera de los límites que había previsto, con tal sevicia que imagino algún objetivo más importante que el de desilusionarme.
***
Y voy a tener que escribir un par de cosas más sólo para borrar el olor de lo anterior. ¿Qué, ahora? ¿Quizás escribir algo sobre cómo he dejado de comprender la música como algo que descansa en el tiempo para sentirla como una ocupación del espacio? –y sorprenderme por haber podido formular esto, finalmente–. Podría intentar perseguir esta idea por unas cuantas líneas. Giro espacial musical. (El minimalismo, por supuesto, está en casa aquí). Es prolífico, no hace muchas distinciones entre estilos, entre subjetividad y objetividad, percepción y posición. Incluso elimina la diferencia entre música grabada y música en vivo. La música ocupa el espacio, y depende del espacio, las vibraciones recorren los rincones y las reverberaciones, cada vez diferentes, realizan la música cada vez que se ejecuta una pieza. Armónicos, simpatía, distensión. También entendemos el espacio con sonidos –argumento deleuziano, también, o primero, ocurre en los animales–, y nos comportamos en el espacio según el sonido que lo sature. Bartók, densidades de saturación, ocupaciones. Y es que el tiempo es demasiado efímero, –muy metafísico– para soportar la música y soportar además una filosofía sobre la música. Ni siquiera soporta su propia filosofía. Vertical-horizontal, ascender-descender, el lenguaje descriptivo que usa el análisis tradicional está compuesto primero por metáforas hechas a la ligera, pero que responden a esa intuición inicial. Por supuesto, no son precisas: se refieren a la representación de los sonidos en el pentagrama, y el segundo par implica una idea de avance temporal. Representar, antes de oir. Un acorde no es vertical más que para quien lo deletrea, pero para todos los demás es –depende de cómo se toque–, una saturación uniforme del espacio, el sonido que se extiende uniforme en todas las direcciones, sin dejar agujeros. Una melodía, esta vez más cercano a su representación, es un movimiento dirigido. Las variaciones de ‘altura’ (y será necesario escribir esto en comillas para indicar que no corresponde a una referencia al espacio real sino al de su representación) hablan más de la densidad de ese movimiento que de su altura efectiva en el espacio. Así sería posible continuar describiendo cada comportamiento de la música y clasificar su espacialidad. Pero retornar al mapa será volver a introducir la representación. El mapa no equivale al territorio, la partitura no equivale a la ocupación que el sonido hace del espacio. Habría que inventar un metodo para medir la densidad del sonido en cada momento particular, calcular sus grados de libertad, especificar sus comportamientos. Por ahora esto es una intuición, y es mejor seguir escuchando.
sonida: Finale, Concierto para orquesta, Bela Bartók.
October 3, 2009
Egg geography
he pasado la tarde fascinado con la fragilidad con la que la historia de The Great Gatsby reposa sobre la geografía en la que se desarrolla, según unas condiciones precisas en las que cualquier variación de espacio o tiempo romperían su realidad. Todo se centra en este fragmento, al final del libro:
And as I sat there, brooding on the old unknown world, I thought of Gatsby’s wonder when he first picked out the green light at the end of Daisy’s dock. He had come a long way to this blue lawn and his dream must have seemed so close that he could hardly fail to grasp it. He did not know that it was already behind him, somewhere back in that vast obscurity beyond the city, where the dark fields of the republic rolled under the night.
Una geografía que sustituye el nombre de dos lugares que efectivamente existen, dos extrañas penínsulas que deben ser una fuente de confusión perpetua para las gaviotas que las sobrevuelan. Huevos, una bahía en medio, que condensa ese instante en el que los sueños, a punto de ser atrapados, desaparecen en la oscuridad. Huevos cuyas realidades se extienden en direcciones contrarias, movidas por la fuerza de dineros por siempre diferentes, de deseos que nunca se podrán identificar. Una luz desde siempre fuera de su alcance.

Justo en ese punto en el que el Northern Boulevard gira hacia el este, el mundo se impone como lo que siempre ha sido y expresa su negativa a dejarse transformar por el deseo. El mundo y los hombres no siguen el mismo curso. Pero lo que me fascina no es sólo una disposición particular de tierra, sino los efectos que sobre ella tienen los nombres ficticios que les da Fitzgerald. Porque la historia de Gatsby ocurre en ese lugar efectivo, en el Long Island Sound (formación geológica cuya definición también me sorprende, acompañado del hecho de que no puedo encontrar una traducción precisa para Sound. De Wikipedia:
In geography a sound or seaway is a large sea or ocean inlet larger than a bay, deeper than a bight, wider than a fjord.
La capa que recubre este lugar, con el nombre de East y West Egg, crea el plano de consistencia que da a la historia su frágil intemporalidad. Toda la realidad permanece bajo esa capa, que conserva para cada lugar todas las connotaciones que sirven de base a la novela, la historia de la tierra, del dinero que la recubre, tierra y nobleza americana. Y todavía esa tierra permanece como entonces, quizás más enriquecida, aislada, envuelta en el aroma de su whiskey añejo, historia de su historia. Pero la historia de Gatsby ya no está ahí, ya no ocurre; el mismo lugar ya no es el mismo. No es el tiempo lo que ha cambiado, es el nombre. Porque todos los lugares de la historia permanecen: el puente de Queensboro todavía le da al visitante la mirada de la ciudad vista por primera vez, la primera promesa loca de todo el misterio y la belleza del mundo; Central Park todavía puede ser recorrido, a pie o en carruajes, pero ningún Tom se aparecerá por ahí con su peculiar manera de caminar (y por eso su culpa y su libertad permanecerán unidas para siempre). Los nombres de East y West Egg, sin embargo, nunca han existido más que como un recubrimiento, el disfraz que las palabras usan para preservar la identidad de los implicados, que los libra de una vergüenza temporal para exponerlos a la ignominia eterna de su pura exterioridad. La historia de Jay Gatsby no es universal, no ocurre nunca más que en ese preciso momento y en ese preciso lugar, aunque exponga al modelo americano del self-made man en su desnudez y su inutilidad efectiva, aunque su palacio y su jardín, donde la champaña es navegable, permanezcan en cada uno de los Estates de Kings Point y, aunque ahora haya una calle llamada Gatsby Ln. Y al final, el guía que nos ha llevado por cada uno de estos lugares sin memoria nos entrega un archivo más, que confirma cada palabra que hemos escrito:
Published: March 7, 2008
Homicide detectives are investigating the death of the owner of a fabled Gatsby-era estate on Long Island’s Gold Coast that has been the center of a decades-long family feud, the Nassau County police said on Thursday.
The owner, F. John Handler, 57, was found unresponsive on the grounds by his home in Kings Point on Wednesday night, the police said. He was taken to North Shore University Hospital in Manhasset, where he was pronounced dead.
Though Mr. Handler’s body showed visible injuries, investigators said, there was no immediate determination of whether they were a factor in the death, or whether they were accidental or intentional. They would not elaborate on the type of injuries. The Nassau medical examiner plans an autopsy. Mr. Handler had suffered health problems, including cancer and a nearly fatal episode of toxic sepsis last year.
His home is one of nine houses on the cliff-top estate called the Point, at the tip of Great Neck. The estate, thought by some to be an inspiration for the fictional home of “The Great Gatsby,” commands a panoramic vista of Long Island Sound and the distant New York City skyline.
For years, Mr. Handler and his relatives have fought over control of the 21-acre property. It was purchased in 1950 by a high-powered labor arbitrator named Herman Brickman, who organized it into a family cooperative with a greenhouse, formal gardens, a vineyard, stables, a tennis court, farm animals and a dock.
The squabbling began in the 1980s, after Mr. Brickman died. At first, his daughter, Marjorie Brickman Kern, sided with Mr. Handler, her son by a previous marriage. They won control of the Point over her two brothers and another son from the previous marriage, Russell H. Handler, 58.
But last year, Mrs. Kern had a falling out with John. She and Russell filed legal papers accusing John of tricking her out of her share of the property, worth millions of dollars. She complained that he had left her in the deteriorating mansion without funds.
John Handler adamantly denied the complaints from his mother and brother. In a telephone interview from his mother’s house on the estate on Thursday, Russell Handler said the litigation was still pending.
Russell Handler, who visits often from Maine to look after his 81-year-old mother, said he learned of his brother’s death when the police knocked on the door around midnight. Though Russell remains bitter about his brother’s actions, he said of the death: “It’s a terrible thing. I can’t imagine what happened.”
On Thursday, the compound, on a private road off Gatsby Lane, was filled with emergency vehicles, floodlights and police dogs, while police and news helicopters flew overhead. A visitor said the property resembled an armed camp.
sonida: Physical fascination, Roxette.
March 2, 2009
De las redes del pensamiento, la dispersión y el olvido. Acerca de Horacio Potel y su presencia.
de la diseminación a la dispersión a la pérdida del pensamiento. Lo que a veces determina y demuestra su inmanencia a veces retorna desconocido y lo hace huir. La inmanencia es tan válida como activa, mientras su espacio entre lo visible sea siempre productivo, mientras se escape a la metafísica o a la reclusión, sea académica o capitalista. La inmanencia es la forma más activa de estar-ahí, si por eso se entiende responder cada vez inmediatamente a las condiciones, de cualquier tipo, que la determinan. Y así el espacio llamado virtual, que lo es en tanto real, pero también en tanto efectúa una apertura de las posibilidades infinitas de su propio espacio. A parte de eso, es completamente actual, activo y sujeto también a todas las fuerzas que actúan sobre él. Es un campo de fuerzas, también, pero el tipo de combates que se libran ahí es mucho más desigual, a velocidades intrazables y que atraviesan estratificaciones que aún no están mapeadas. Los textos, el pensamiento, recorren el espacio, imparables, diseminación como nunca antes se ha visto. Se trata de la disponibilidad, de la aperturidad y el acceso, se trata del mundo, del comportamiento de la palabra, de sus huídas, del olvido. El olvido del olvido, como en Blanchot, que no depende de que todo esté ahí sino que permanezca como lo que se olvida, que no se olvide aunque se olvide, que nunca se olvide de ser olvidado. No se trata de una comunidad creativa en la que todo vale y todo sirve, se trata del pensamiento, únicamente el pensamiento, que brota, que se oculta, que viaja y se transporta, en textos, en cuerpos, en .pdf, con etapas de actividad y etapas de receso, de calma, de silencio. No es, por lo tanto, una apología a los derechos infinitos y a una comunidad imposible; sólo respeto ante la palabra, ante su silencio, y ante lo que puede, cuando no está atada por reglas que pertenecen a otros juegos.
Una especie de solidaridad con la palabra, con el pensamiento, y con un profesor que ha tenido el mismo compromiso, y que, sin conocerlo, me ha acompañado desde hace años. Tres textos que tenía guardados antes de la caída de las páginas de Heidegger y Derrida en español. Parásitos del capitalismo, pensamiento transversal y pensamiento, sólo pensamiento.
El Ser Escrito – Jacques Derrida
http://www.megaupload.com/?d=FEE1OPAP
Introducción a qué es la metafísica – Martin Heidegger
http://www.megaupload.com/?d=UPRRF136
La época de la imagen del mundo – Martin Heidegger
http://www.megaupload.com/?d=ARHCGLD0
sonida: not a robot but a ghost, Andrew Bird.
February 16, 2009
#FF00F0
nada más que máquinas. Nada más que agotamiento, pérdida de productividad, insectos entre los engranajes. Tan máquina que el mundo sigue su curso. Tan automático que te descompones mientras todo lo demás continúa. Quizás alguna pieza se rompa por tu causa y así comiences o te introduzcas en una cadena, nada más que efectos mecánicos regulados, nada más que realidad. La escritura y el café, tus mecanismos. Maquinismos de microbios, minucias, maldiciones. Máquina sonora, de propagación de frecuencias, de organizaciones aleatorias y de pensamientos difusos, desordenados, sin meta, sin fin. Argumentaciones circulares, tipo vórtex, que abren nuevas dimensiones de pensamiento y luego van a la basura, bolas de papel. Ningún metalenguaje que supere tu propia reflexividad, tu propio embotamiento físico, observaciones absurdas sobre el presente, notas difusas en un cuadernillo que se olvida, que te olvida, que pierdes, que te disfraza en tu propia monotonía, recogiendo palabras, fragmentos de partes de ideas que pasan al vuelo, procesos maquínicos: a la caza del pensamiento. Pimienta. Gengibre. Café.
¿Y por qué todo eso? Tal vez olvidas salir, como de costumbre, a cazar colores. Tal vez pasas mucho tiempo con los ojos abiertos. O por alguna razón, siempre olvidadizo, confundes esa luz misteriosa del domingo a las 5 con el fin de tu vida y decides dejarlo todo, final final no va más, y luego te despiertas el lunes con resaca de pensamiento, la cruda, colgado: amaneces muerto. Cazar colores no es lo mismo que perseguir palabras. No. Eres diferente cada vez, eres nuevo cada vez, nombras las palabras cada vez: los colores siempre son los mismos. Cazar colores está más del lado de la permanencia, del orden del mundo, aunque siempre vayas por los mismos colores. O quizás por eso mismo. Y en el hastío que sientes luego, el mismo color, el mismo color, en esa saturación rígida de existencia comprimida, te descubres. Los colores no se aplican. Nada como un accidente o una idea de segundo grado o lo que afecta a lo que subyace, a lo idéntico a sí mismo. No, no son los colores ese otro, ese intento de devenir que pretenden pensar los aristotélicos. Si tu vas tras los colores es tras su permanencia, tras su primacía, como devenir, sí, pero en un nivel más originario. Tal vez los griegos todavía no veían a 64k. Así como Pedro y todos los nuevos nativos digitales, pronto aprenderás a referirte a los colores por su código hexadecimal, podrás componer procesos de desarrollo automatizados para tus colores y hacerlos variar en sincronía con tus procesos digestivos, tal vez. Y vuelves a ser máquina, sólo que conectado ahora con el resto del mundo, por los colores, y por lo que será tu gran descubrimiento, tu salto a la fama mundial, la codificación hexadecimal de los olores. Nunca más volverás a estar solo.
sonida: Mama lay softly on the riverbed, Morrissey.
January 27, 2009
después del quiebre
no hay de qué preocuparse, no es como si todo dependiera de las palabras, no es como si vivieras bajo su dirección todo el tiempo. Sólo ignóralas, habla sin hablar, o calla, mirando al cielo, hasta que olvides lo que querías escribir. También puedes escribir listas, aunque las olvides, para mantener ocupado el lápiz que se te escapa. El copypaste es una opción, el internet está a tu disposición. Podrías vivir el resto de tu vida sin escribir más que tu nombre en los recibos y las combinaciones de usuario-contraseña de los miles de cuentas que tienes diseminadas en toda la red, o incluso puedes dejar que tu explorador favorito las llene por ti. Podrías deshacerte del teclado de tu laptop con una cocacola, sin dolor. Podrias hacer una pequeña fogata con los lápices, y pedir deseos en los pozos arrojando los lapiceros. Al fin y al cabo, quién necesita las palabras, como si ser mudo no fuera suficiente.
sonida: another pearl, Badly Drawn Boy.
July 29, 2008
[nar cie]
porque la escritura es así, porque nunca es nuestra, nos enfrentamos a ese momento de pánico en el que las palabras simplemente se niegan a un orden, y menos a uno que nosotros decidamos, y menos aún a uno que alguien más decida que debemos decidir. Las palabras no son así, y no son para eso. Con la conciencia de este hecho podrían cerrar cientos de periódicos y editoriales, pero ciertamente podríamos leer y respirar más. Cuando la concienca es sobre el propio acto de impotencia, podríamos perder el trabajo. Esa extraña devoción por las palabras, escribir 12.000 en una mañana, como Hemingway, es únicamente una plegaria de fertilidad y compañía para evitar caer en un hiato en el momento inadecuado. No es el lugar común de la página en blanco, siempre se pueden llenar cientos y cientos de páginas, es simplemente que el orden no se da. Como ese primer paso que nos lleva de estar en el muelle para estar en el barco, que nunca es seguro, que se da con los ojos cerrados, con la única seguridad de saber que, la última vez que lo dimos, el barco era real. Porque es fácil confiar en la tierra, pesada y recorrida, pero un barco es tan literario, tan dado al viento y al movimiento, tan propio de si mismo, que estamos seguros de que lo abordamos sólo porque él lo permite. Cuando se planta, con esa calma de los caballos briosos cuando deben parar, tratando por todos los medios de tumbar a su jinete (en unos días, se supone, podré hablar con propiedad sobre la perspectiva hegeliana del amo y el esclavo), no podemos más que convertirnos muy literariamente en marinos hijos del mar y dar un paso, con la propiedad del capitán, y cerrar los ojos en el último instante, imaginando cada una de las junturas de cada uno de los maderos que hacen el barco para darle existencia material y no caer del muelle al agua negruzca sobre la que yacía nuestro espejismo. Escribir es igual pero claro, por más que se imaginen todas las palabras, todas sus combinaciones, todas las lenguas y todas las formas de celos, todos los órdenes, todos los comienzos y las formas de terminar un párrafo, nunca podremos dar un paso si las palabras no se prestan primero completas a nosotros. De todas formas, toda escritura es ilusión.
sonida: wake up, Arcade Fire.