Esto de luchar todos los días con los días, para que empiecen o terminen, para que adquieran eso que intentas llamar su consistencia, para que cada vez se conviertan en algo, para que, de un momento a otro, se transformen. Esa espera que es su comienzo, esa mirada vacía que recibe la pantalla de la computer, ese avance lento que se cuenta en emails y tweets, en las páginas del periódico, en jarras de café. Y es que has construido tu vida en torno a las mañanas. Mañanas lentas y de productividad variable, mañanas que resumen y consumen tu soledad –que también ellas producen, nadie vendrá–. Esas mañanas, esa taza de café que promete solucionarlo todo, ese olor que define cada hora, ese pasar de páginas, ese silencio, ese silencio. Esta es la hora en la que no buscas desesperado, esta es la hora en la que no hay miradas, esta es la hora, en fin, en la que todo se expande, con la música, para llenar el cuarto que huele a café, para sincronizarse con la campana del horno que hace las tostadas. Esto de venir a escribir, por fin, tras varias semanas de silencio, de escapes, de giros en redondo. ¿Que habrá en las mañanas para que sean como monocromos? Una temperatura estable, puesto que el sol todavía no entra, un sabor estable, de café bien hecho. Pero no son sólo consideraciones formales, y hasta ahí llega la comparación. La consistencia de una mañana está dada por la aglomeración al infinito de promesas y posibilidades, la de un monocromo lo está por su reducción. Esa consistencia, esa densidad dada por las posibilidades infinitas, que parecen entrar por la ventana o hervir dentro de la cafetera, rompen cualquier parecido que las mañanas puedan tener con algo diferente. Nada posee esa potencialidad, nada está tan saturado de vacío –puesto que las promesas no son otra cosa que formas vacías–, nada se dirige tan inexorablemente hacia su final. Klangfarbenmelodie, mañanas que cambian sin cambiar, que avanzan y ocurren sin grandes cambios estructurales, su continuidad, su peso, su textura, dadas por variaciones infinitesimales entre la temperatura de dos tragos continuos de café. O tal vez una mañana no es más que su escucha, una sesión de escucha, que acoge al día, y no se compone de promesas sino de la escucha de esas promesas, para ponerlas en juego, para hacerlas cumplir lo que prometen, al menos para hacer-las promesas.
Más que un catálogo, una en específico, que estoy tratando de descubrir para mí mismo. (Desde aquí me toca dejar en claro que poco me agrada la palabra ‘escuchar’, tanto por el sonido de la ‘ch’, que se interpone cada vez en nuestro lenguaje, como por el uso popular; sin embargo, es la palabra que proviene de auscultare y se distingue claramente de oir, por lo tanto es insustituíble. Del último sentido sale esta reflexión). Escuchar, como en tensión, en actividad. Puedo decir que no fue –únicamente– la lectura de dos libros (Ecoute, de Szendy y A l’ecoute, de Nancy) lo que hizo que me arrojara a esa búsqueda de una forma diferente de escuchar. Quizás fue en el sótano del Knitting Factory, cuando descubrí que esa música que me hace trizas lleva el nombre –no sólo estilístico o genérico– de drone (que ahora resulta haber sido inventado por Robert Ashley). Ya estaba detrás del minimalismo, pero ese género inexistente tiene tantas formas de escucharse como de producirse, muchas asociadas a la escucha sistemática (el término es de Szendy) que se usa para la música europea tradicional. Se puede oir una pieza de Glass o Reich y buscar sus procesos, sus estructuras, su logos, como se oye una Sonata de Beethoven o la Misa de Bach, pero no se puede oir así a Feldman, Young, Palestine o Niblock. No es tampoco mística, a la manera de la Catedral de Rothko, o completamente casual, como el ambient de Eno. Tiene que ver más con un tipo de escucha atenta al detalle, a los matices innumerables que posee esa música estática que discutimos. La escucha que describe Ashley, sin embargo, tiene dos aspectos que no comparto y que me permiten precisar, por vía negativa, el tipo de escucha que persigo. La primera es la escucha mística o meditativa, que evoca estados de atemporalidad, autoconsciencia intensa etc. Segundo, dice que la música existe en un estado ‘objetivo’, independiente del escucha, quien se limita a observarla y apreciarla a voluntad. (El énfasis, por supuesto, es mío, y precisa el punto al que voy). Ya sea por el uso de metáforas muertas o por una sinestesia no diagnosticada en el lenguaje, la escucha no tiene un lenguaje ni una actitud (y aquí me debato entre escribir propia o no) que no esté explicada por algo diferente a ella misma. Me interesan tanto la escucha como acto, como el discurso sobre la escucha, sus metáforas, presuposiciones y disposiciones.
Corto, lento. No tan cercano. Inmenso. Lentamente, es decir, de tanto en tanto. Tres luces en fila, una superior definiendo la fachada del edificio, las inferiores ocultando más de lo que muestran. El cielo, nunca del mismo color, perfilando lo que falta del edificio. La ventana –quizás un laboratorio– que permanece con la luz encendida, incluso ahora, a la 1:07 a.m. Vive más que yo; cuando yo me vaya, seguirá ahí.
***
Siempre me ha costado comprender el papel que tienen los demás en mi vida, en mi pensamiento; los demás inmediatos, cercanos. Yo vivo, como alguien decía hoy del arte, de la decepción. Expectativas, planes perfectamente detallados que incluyen movimientos, focos de luz y una banda sonora que se comporta como alguien más, determinan a la perfección el recorrido de mis decepciones, acciones ligeras a mi alrededor que se empeñan en caer desordenadas por fuera de los límites que había previsto, con tal sevicia que imagino algún objetivo más importante que el de desilusionarme.
***
Y voy a tener que escribir un par de cosas más sólo para borrar el olor de lo anterior. ¿Qué, ahora? ¿Quizás escribir algo sobre cómo he dejado de comprender la música como algo que descansa en el tiempo para sentirla como una ocupación del espacio? –y sorprenderme por haber podido formular esto, finalmente–. Podría intentar perseguir esta idea por unas cuantas líneas. Giro espacial musical. (El minimalismo, por supuesto, está en casa aquí). Es prolífico, no hace muchas distinciones entre estilos, entre subjetividad y objetividad, percepción y posición. Incluso elimina la diferencia entre música grabada y música en vivo. La música ocupa el espacio, y depende del espacio, las vibraciones recorren los rincones y las reverberaciones, cada vez diferentes, realizan la música cada vez que se ejecuta una pieza. Armónicos, simpatía, distensión. También entendemos el espacio con sonidos –argumento deleuziano, también, o primero, ocurre en los animales–, y nos comportamos en el espacio según el sonido que lo sature. Bartók, densidades de saturación, ocupaciones. Y es que el tiempo es demasiado efímero, –muy metafísico– para soportar la música y soportar además una filosofía sobre la música. Ni siquiera soporta su propia filosofía. Vertical-horizontal, ascender-descender, el lenguaje descriptivo que usa el análisis tradicional está compuesto primero por metáforas hechas a la ligera, pero que responden a esa intuición inicial. Por supuesto, no son precisas: se refieren a la representación de los sonidos en el pentagrama, y el segundo par implica una idea de avance temporal. Representar, antes de oir. Un acorde no es vertical más que para quien lo deletrea, pero para todos los demás es –depende de cómo se toque–, una saturación uniforme del espacio, el sonido que se extiende uniforme en todas las direcciones, sin dejar agujeros. Una melodía, esta vez más cercano a su representación, es un movimiento dirigido. Las variaciones de ‘altura’ (y será necesario escribir esto en comillas para indicar que no corresponde a una referencia al espacio real sino al de su representación) hablan más de la densidad de ese movimiento que de su altura efectiva en el espacio. Así sería posible continuar describiendo cada comportamiento de la música y clasificar su espacialidad. Pero retornar al mapa será volver a introducir la representación. El mapa no equivale al territorio, la partitura no equivale a la ocupación que el sonido hace del espacio. Habría que inventar un metodo para medir la densidad del sonido en cada momento particular, calcular sus grados de libertad, especificar sus comportamientos. Por ahora esto es una intuición, y es mejor seguir escuchando.
sonida: Finale, Concierto para orquesta, Bela Bartók.
any number of persons sit in a circle facing the center. Illuminate the space with dim blue light. Begin by simply observing your own breathing. Always be an observer. Gradually allow your breathing to become audible. Then gradually introduce your voice. Allow your vocal cords to vibrate in any mode which occurs naturally. Allow the intensity of the vibrations to increase very slowly. Continue as long as possible, naturally, and until all others are quiet, always observing your own breath cycle. Variation: translate voice to an instrument.
¿cuál es el tiempo de escribir? Porque ahora, en la noche, en el silencio, deja de ser lo mismo ese instante de sentarse a digitar. Se interpone la cabeza, ese dolor, se traban un poco los dedos y se demoran, o quizás son sólo perezosos y exigen un poco de café para empezar a moverse de nuevo, saltando de una letra a otra antes saber qué idea viene a continuación [en la escritura, el pensamiento va primero]. Y cuando a veces parece que todo es saturación, cuando los párrafos espantan y empiezas a practicar esa lectura rápida, grosera, falsa que a veces logra que te salgas con la tuya, dejar un reguero. O esa otra lectura, ahora exigida, que lleva a cuestas su propia escritura, esa transposición de párrafos en los que te desintegras y desintegras al autor para componer esos textos de nadie, esas palabras eternas. Con esa escritura que a veces muestra la esquizofrenia, que se mueve y no se mueve, tan ligera, entre el discurso indirecto libre y la voz autoritaria del autor. Eres un comentarista, leyendo y releyendo a tus antepasados, para sumar unas cuantas páginas sin valor alguno al relato de vida. Yo creo en el advenimiento de los futuros.
Y no es a través de otros lugares, no es en la mesa de algún bistró sabanero donde encontrarás eso que se escapa, que te sacude y te guía entre libros, lo inefable, lo silenciosamente olvidado de la filosofía y que se mueve, quizás no lento pero a velocidades que no alcanzas a comprender, que surge cada vez entre los renglones y se escapa justo ahí cuando vas a transcribirlo, y por eso las páginas vacías de tu moleskine, y por eso las notas equivocadas y por eso las corcheas que se van quedando atrás, atrás, atrás hasta convertirse en la anterior, dispositivo típico de Reich, diseñado cómo no para superponer esas realidades, para plastificar el tiempo, porque dónde si no se muestra lo inefable sino en la música, o en el tiempo, sin llegar a idealizarla y volverla a perder, porque si es en la música no es en cualquier música, no es en tu Mozart o en una linda (*) sinfonía de Haydn o tras el poder demoledor de una explosión wagneriana, no es por supuesto y tristemente en cualquier preludio de Debussy en el que vas a intuir así de repente que el mundo se baila a la francesa, que nada como una fiesta decadente de la Belle Époque para encontrar al ser que poco a poco sale de entre los bosques como un fauno porque nada de eso hay en Debussy, sólo colores, sólo irrupciones cromáticas del tiempo en varias dimensiones, el emerger del sonido puro desde el océano oscuro de la tonalidad y todo lo que quieras decir, todo lo que dices y dices olvidando que lo que andabas buscando era nada más que lo inefable.
el espacio del silencio (tuh!, las onomatopeyas de la música), el espacio del sonido y el espacio del espacio. Cuando las metáforas se quedan cortas, cuando puedes hablar, fácilmente, de rotar un sonido y verlo desde diferentes ángulos: cuando penetras el espacio del minimalismo. Música espacial. El presentismo absoluto es presentismo del espacio, presencia del sonido, presente del tiempo, donde el absoluto sólo se refiere a la experiencia. ¿Pero estás dispuesto a desarrollar una teoría de la música donde lo importante sea la experiencia de la audición? Bueno, tendrías que sentarte a distinguir tus aliados y tus enemigos. ¿Dónde queda la improvisación? (La improvisación real, nada de jazz…). Todo lo que buscas es un intersticio. La discontinuidad permite el intersticio, pero su despliegue no es tan sencillo. Debes ser el pliegue que se inserta en el intersticio, no desplegar lo que con trabajo ya se ha plegado.
¿Y qué si hay que buscarlo en otro lugar? El silencio, en todas sus formas, es el silencio. Esa forma que sólo se puede mostrar. Esa forma de mostrar que es el silencio mismo. Ese silencio que abre el mundo, lo que es el caso. ¿Y qué si tienes que hacer un collage, mezclando todo con todo, comprendiendo una cosa a través de otra, en el semiological drift al que siempre estás abocado? No será posible detenerte. Pero el silencio es el silencio mismo. No es lo mismo, no es idéntico a sí mismo y desde luego no es dios (o eso es lo que tienes que demostrar), o tal vez lo que debes hacer es buscarle otro nombre. El primer paso ya está dado: el sonido es físico, no como onda sino como materialidad, como el espacio que puedes habitar o el objeto que puedes manipular. Y el grito de nuevo: en la música no hay colores. Semiological drift. Y ¿cómo escuchar? El enfrentamiento de nuevo con la experiencia del silencio, con el destello, con el intersticio. Lo que sea, pero comienzas, a la mejor manera de los filósofos, desde lo más cercano. Lo que no encuentres con tus audífonos en un cuarto cálido, seguramente no lo encontrarás en un monasterio zen. No hay desdoblamiento posible. Una vez más estás solo: es el temor de escribir, o una de sus caras más oscuras: debes inventarlo todo de nuevo: brand new ontology for the musically ill. El plano de inmanencia no está deshabitado, desde luego, hay haecceidades, autómatas espirituales, derrape semiológico y una composición terrestre que se deja formar. Tal vez es tu obstinación lo que te mantiene aislado, aunque ya no puedas encontrar ese lugar donde lo oiste por primera vez. Lo imaginaste, quizás. Del miedo no cabe duda, es el comienzo de todo, es lo que te mueve: reemplaza el hastío o el entusiasmo cuando ninguno de los dos te afecta.(Y todo te huele a Hume, de vez en cuando). Todavía no has encontrado la forma de hacer la pregunta, aún permanece ese espacio vacío:
¿ ?
Nunca podrás hacer una pregunta mejor que esa.
Un día, otro día, debes sentarte y completar todo de nuevo: cada uno de los puntos que escribiste es en realidad un párrafo más, recuérdalo.
sonida: why patterns?, Morton Feldman.
y esas palabras, ¿están en tu cabeza? Palabras raras, palabras nuevas, desconocidas, abstrusas. ¿En qué parte de la cabeza? Desconocidas, escondidas, al acecho. Entorpecen la escritura, se imponen ahora entre las ideas, cambian su sentido, invaden el pensamiento. Metafísica. Entran palabras/salen palabras. No hay más procesos, su organización es automática. Los medios, medios son. Los hombres. Las palabras contienen su propio orden lógico, premisas de organización predeterminadas, es su comportamiento, su despliegue. (Por eso no puedes evitar que se fuguen una o dos, que manchan de teleología tu escritura). Salen/entran, ¿intercambio?, ¿Permutación? ¿Cuál es la relación dentro de tal comercio? ¿Se repiten o se anulan? Y así el caminar lento, así las poses, o la mirada distraída, nunca al frente, así el olvido y mirar hacia ambos lados antes de cruzar. La insignificancia del sonido, la materialidad de las ondas, la emotividad de la dominante. El aspecto de las palabras, la combinatoriedad, el peso del enunciado. Supercolisionadores y toneladas de sonido aplastantes, o leves aumentos en la densidad del ambiente, se necesita una onda de 20k a más de 200dB para apagar un pequeño fuego. Se necesita un disco de The Clash y una configuración social lo bastante inflamable para incendiar Londres; a control remoto. Se necesita una noche fría y un plato de ravioli para salir de nuevo a oir otro mundo. Tal vez no haya compañía esta vez.
sonida: Ascension, Glenn Branca.
la explosividad contenida y siempre devastadora de las mañanas. El tiempo inexorable (que es ya no decir nada); choques de temperatura y el mundo que arremete por la ventana. Todo lo que aún resuena de ayer, todo lo que queda inconcluso, todo lo que hoy-tiene-que-ser. Todo eso, increíble, no cabe en una sola taza de café, lo has aprendido a la fuerza. Debes olvidar tus certezas con un poco de música, mirar el reloj, escribir unas palabras que retumbarán de nuevo en tu cabeza, aunque sea para callar esas otras palabras de anoche que aún se agitan. Leer el cielo. Leer los minutos y sentir el tiempo, en cada trago de café. No podrías retratarlo todo aunque quisieras, una obra total de la mañana, completa con flautas que imitan los pajaritos (transcripción cortesía de Messiaen); la mañana sólo existe como unidad en lo que se perfila, nunca en lo que puedas llegar a poseer realmente. No hay otra cosa. Todo marcha, muchas dimensiones, distribución espacial de la experiencia; el sonido se expande por el cuarto, te mueves en sincronía, de forma calmada y coordinada. Piezas cortas, con forma de pera quizás, intentos sencillos que intentan atrapar al mundo de un solo movimiento, como los 9 minutos de la sinfonía de Webern, una totalidad diferente, un espectro, una superficie deslumbradoramente cristalina que se empaña cuando te acercas, en la mañana, con tu taza de café.
sonida: sinfonía op. 21, Anton Webern.
finally we are no one. Finally we find it, it finds us, finally we get back and sink down, feel it coming through and get a glance of everything once again. We are watched by the same glance watching us as we watch ourselves, there in the couch, Mingus roaring his thunderblast nigro revolution, our minds lost and forgotten, causes and finality forever forgotten, our wishes and desperation forever forgotten, yet always active and pushing through. Finally we are no one, glitter and twang moving fast inside of us, molecules in movement, bodies, only bodies. It is just a matter of logic.
sonida: bonjour jeune fille, The Blow.
01. Jesus, Walk With Me
02. Whatever You Want
03. Football Kids
04. Hopes And Dreams
05. Everything Goes
06. Heaven
07. When I Come Around
08. Leave The North
09. In The Morning
10. Sometimes
11. Where Birds Don’t Fly
12. The Boy Who Couldn’t Stop Dreaming
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