Subtítulos en una película de porristas gringa:
Shit happens=las cosas malas suceden inevitablementela película no sé como se llama pero la traducen Triunfos Robados
quién hace esas cosas.
lo que suena: esa película.
nada más que máquinas. Nada más que agotamiento, pérdida de productividad, insectos entre los engranajes. Tan máquina que el mundo sigue su curso. Tan automático que te descompones mientras todo lo demás continúa. Quizás alguna pieza se rompa por tu causa y así comiences o te introduzcas en una cadena, nada más que efectos mecánicos regulados, nada más que realidad. La escritura y el café, tus mecanismos. Maquinismos de microbios, minucias, maldiciones. Máquina sonora, de propagación de frecuencias, de organizaciones aleatorias y de pensamientos difusos, desordenados, sin meta, sin fin. Argumentaciones circulares, tipo vórtex, que abren nuevas dimensiones de pensamiento y luego van a la basura, bolas de papel. Ningún metalenguaje que supere tu propia reflexividad, tu propio embotamiento físico, observaciones absurdas sobre el presente, notas difusas en un cuadernillo que se olvida, que te olvida, que pierdes, que te disfraza en tu propia monotonía, recogiendo palabras, fragmentos de partes de ideas que pasan al vuelo, procesos maquínicos: a la caza del pensamiento. Pimienta. Gengibre. Café.
¿Y por qué todo eso? Tal vez olvidas salir, como de costumbre, a cazar colores. Tal vez pasas mucho tiempo con los ojos abiertos. O por alguna razón, siempre olvidadizo, confundes esa luz misteriosa del domingo a las 5 con el fin de tu vida y decides dejarlo todo, final final no va más, y luego te despiertas el lunes con resaca de pensamiento, la cruda, colgado: amaneces muerto. Cazar colores no es lo mismo que perseguir palabras. No. Eres diferente cada vez, eres nuevo cada vez, nombras las palabras cada vez: los colores siempre son los mismos. Cazar colores está más del lado de la permanencia, del orden del mundo, aunque siempre vayas por los mismos colores. O quizás por eso mismo. Y en el hastío que sientes luego, el mismo color, el mismo color, en esa saturación rígida de existencia comprimida, te descubres. Los colores no se aplican. Nada como un accidente o una idea de segundo grado o lo que afecta a lo que subyace, a lo idéntico a sí mismo. No, no son los colores ese otro, ese intento de devenir que pretenden pensar los aristotélicos. Si tu vas tras los colores es tras su permanencia, tras su primacía, como devenir, sí, pero en un nivel más originario. Tal vez los griegos todavía no veían a 64k. Así como Pedro y todos los nuevos nativos digitales, pronto aprenderás a referirte a los colores por su código hexadecimal, podrás componer procesos de desarrollo automatizados para tus colores y hacerlos variar en sincronía con tus procesos digestivos, tal vez. Y vuelves a ser máquina, sólo que conectado ahora con el resto del mundo, por los colores, y por lo que será tu gran descubrimiento, tu salto a la fama mundial, la codificación hexadecimal de los olores. Nunca más volverás a estar solo.
sonida: Mama lay softly on the riverbed, Morrissey.
no hay de qué preocuparse, no es como si todo dependiera de las palabras, no es como si vivieras bajo su dirección todo el tiempo. Sólo ignóralas, habla sin hablar, o calla, mirando al cielo, hasta que olvides lo que querías escribir. También puedes escribir listas, aunque las olvides, para mantener ocupado el lápiz que se te escapa. El copypaste es una opción, el internet está a tu disposición. Podrías vivir el resto de tu vida sin escribir más que tu nombre en los recibos y las combinaciones de usuario-contraseña de los miles de cuentas que tienes diseminadas en toda la red, o incluso puedes dejar que tu explorador favorito las llene por ti. Podrías deshacerte del teclado de tu laptop con una cocacola, sin dolor. Podrias hacer una pequeña fogata con los lápices, y pedir deseos en los pozos arrojando los lapiceros. Al fin y al cabo, quién necesita las palabras, como si ser mudo no fuera suficiente.
sonida: another pearl, Badly Drawn Boy.
take me home tonight. Oh take me, anywhere, I don’t care.
riding in your car, I never want to go home, because I haven’t got one.
La comida y el sol y la mañana. Las lecturas, la vida que se te viene encima. Sería tan fácil vivir si no pensaras, sería tan sencillo mirar por la ventana y arrojar bombas de agua, divertirse, no mirar atrás. Te enfrentas con otros demonios. Sería tan fácil escribir si no fueras tan insulso.
sonida: there is a light that never goes out, the smiths.
huyes de la escritura de la misma manera en que te acercas a ella. Te refugias, te pierdes y te niegas a permanecer en su interior, pero tampoco es el afuera lo que te da tranquilidad. Y es que lo has experimentado miles de veces. Te atrae, te seduce, siempre com promesas, con posibilidades, miles de libros que se escriben línea por línea en tu mente antes de siquiera acercarte a la luminosa pantalla a dejar un par de marcas. Solucionas todos los problemas, operas tu lógica infalible, invocas ideas y referencias, citas y nombres, cuidadosamente seleccionados y organizados more geometrico. Todo esto ocurre entre las sábanas, en la ducha, en un instante eterno entre dos sorbos de café, mientras caminas extasiado por el centro; momentos de sentido. La escritura ya ha comenzado, ya te ha atrapado, luego te darás cuenta de su fragilidad. Nada tan volátil como una buena idea, nada tan peligroso. En cada palabra que escribes te implicas, te impones, padeces su peso infinito. Buscapalabras, olvidainstantes; tú y la escritura, como zonas que se mezclan y se anulan cada vez, se pierden y se confunden, se olvidan de sí mismos, tú olvidas la escritura, la escritura hace que te olvides de tí mismo, del mundo. Despensamiento, y luego una búsqueda loca por las palabras, una persecución desaforada, psicótica, que te lleva más allá de tí mismo: un retorno tan brusco que te rompes, conoces la escritura. Desearías que fuera al contrario. Lo que se esconde, lo que escondes, y también lo que sólo aparece, te toma por sorpresa, efectúa una disolución brutal en tu cerebro, liquidificación. Huyes de tantas palabras, las esquivas con tropos que luego explotan en tu cara, trampas para tí mismo, pantallas y máscaras, más palabras que odias, palabras que son mundos que son personas que son destrucción que son agujeros negros en donde te pierdes, disolución total, materia intensiva, el pensamiento como partículas subatómicas en el acelerador que es tu pobre y destrozada hypomnemata, abandonada por tí y por tus lectores, y por los otros que la leen, que la usan, que la padecen. Aunque eso es desear mucho: no pasa de ser un lugar de olvido. Si algo se acelera aquí es la desaparición. Puedes quejarte aún más, todavía hay sangre que corre dentro de tí, todavía se confunden tus fluidos, todavía saboreas la bilis negra que ha manchado tu camisa. Porque te enfrentas a tu cuerpo. Sabes que tu máquina no es tan sofisticada todavía como para formular preguntas, así que repites las que caen sobre tí. Sólo las repites porque tampoco puedes resolverlas. Así, tu cuerpo sólo pesa. Pesa, huele y duele: en una palabra, estorba. Y luego te odias, ¿de cuándo acá eres cristiano neoplatónico? De Agustín debías tomar otra cosa, algo más, el pensamiento, la vida, no sus taras religiosas, no su odio. Just hang on, suffer well. No, hoy no vas a escribir sobre música, no podrías. Vuelve al cuerpo, entiende el cuerpo. Entiende agenciamientos, entiende la relación que mantienes con la pantalla luminosa, con el suave teclado que anticipa tus letras, que dispone todo tu pensamiento. El teclado es el mapa de tu mundo, es el código más claro y más indescifrable que puedas encontrar: gastarás toda tu vida en resolverlo. Cada palabra que escribas es un intento más por comprender lo que ese orden fantástico esconde, no sólo es Q W E R T Y y la O al lado de la P pero lejos de la R, que está justo encima de la F, no sólo la Z X C juntas con la S encima, no sólo la O y la L tan cerca, no encontrarás palabras así, pero las reconocerás, las verás brillar también, iluminarse desde adentro, en resonancia con el mundo, comprendes el pensamiento. Navegarás en el Hudson algún día, permanecerás en el ala del avión mientras se hunde, como si caminaras sobre el agua, tus huesos se congelarán, tus heridas se convertirán en un pozo violeta y púrpura, black and blue, con toda la porquería de NY asentándose dentro de tí. If god has a masterplan that only he understands I hope it’s your eyes he sees through. Recuerda ahora esa terraza, cualquiera de ellas, pero todas con ella. Recuerda ahora, quizás estás viviendo los mejores años de tu vida. Recuérdalo. Esta tarde vas a tomar café, esta tarde vas a leer, y vas a olvidar, y quizás todo lo que escribiste va a volver esta noche (porque el olvido no es selectivo, ay Loriga). Quizás puedas escribir algo más.
sonida: Tokyo ya no nos quiere, Lori Meyers.
el pensamiento. El frio y el tedio. La ventana, el abismo. La escritura desaparece, cuando el espacio, invadido por lo otro, se convierte en algo. Es la nada y el vacío, que no tienen nada que ver entre sí. Dennis Hopper, con un sombrero y una gabardina, recorriendo lo que debe ser New York. O no. Sábanas rojas y aparatos de radio, la imposibilidad de la tecnología, abrazo cálido de radiación, imagen tras imagen. Una película, una videoconferencia, escritura. Una grabadora de cassette, donde Hopper canta, tecnología de hoy. Ese instante que no se puede aprehender con cámaras, blogs, escritura inmediata, abocados a la velocidad, el trineo de Schopenhauer, como esa novela. Hasta el suicidio es veloz, una caida de 6 pisos, no te deja tiempo para pensar. Quizás treinta pisos sean demasiado, quizás te arrepientas. La velocidad implica dormir con la luz apagada, nada de trenes de juguete que te acompañen. Y la cámara sigue transmitiéndolo todo, contenido sin contenido. Todo se trata de apreheneder la realidad. Lo intentaste con mundos virtuales, con libros, con música de todas las tendencias, vanguardia desbocada, cantos medievales con Dios presente en cada quinta. I know rock musicians, art dealers, attorneys. This is crazy. Es algo con el arte, pero no entenderás qué es mientras sigas tratando de usar palabras. Pero luego lo olvidas y, ¿cómo regresar? Es sólo un juguete, un portarretratos que hace muecas cuando lo mueves. Hay tanto contenido sólo ahí, sólo en el instante de pasar de una mueca a la otra, que todo el mundo te pasa de lado. Azul y amarillo. Música incidental que anuncia todo lo que va a ocurrir, sin que ninguno de los personajes lo sepa, sin que se pueda definir, acercar, intuir. La música no intuye, sabe, pero sabe de una forma tan lejana y tan cerrada que es simplemente insignificante. (para tí y para mí.) Escaleras eléctricas: azules. Todo tiene sentido cuando usas un marco, cuando lo refieres todo a ese centro, punto de fuga, el orificio de donde salió el agua del diluvio. ¿Cuándo podrás llegar a entender siquiera algo de la historia? El cerebro todavía funciona con imágeenes estáticas, no conocemos el movimiento más que como la diferencia entre dos quietudes, nada es móvil en nosotros, pero en el mundo nada está quieto. Cuerpos en movimiento y en reposo.
Axioma I Todo cuerpo, o se mueve, o está en reposo.
Axioma II Cada cuerpo se mueve, ya más lentamente, ya más rápidamente.
Lema I Los cuerpos se distinguen entre sí en razón del movimiento y el reposo, de la rapidez y la lentitud, y no en razón de la substancia.
Qué será ese movimiento, o cómo, es lo que más desconocemos de la realidad. El peso de Aristurtle, la tortuga inmóvil, aún nos impide pensar. Papel de oro, más sutil que el alma, se amolda perfectamente a tu mano. Cuando coges el teléfono ya es parte tuya, aunque tu interlocutor no te deje decir nada, aunque esté en Paris, aunque pudieras cambiar toda tu existencia por ese color, por esas combinaciones, el verde del túnel del metro, el azul-morado del atardecer, de nuevo 14 pisos por encima de la relaidad, de esa bola de fuego que arde allá lejos y te recuerda tantos otros. Un atardecer es todos los atardeceres; si no nos agotan es porque reconocemos de inmediato que son tantos más que nosotros, que dejamos de luchar contra ellos. Es zen contemplar el atardecer, pero nunca lo entenderás. Satori no es para nosotros. El rayo de luz emana, lo humedece todo, y tú lo contemplas impotente, ni siquiera ellos a tu lado pueden verlo—como tú—. Todo lo absorbe, se implanta en tu retina, imposible mirarlo y luego escribir. La película sigue ahí, al frente tuyo, colores seductores y gestos indescifrables, la mujer en la ducha, el pequeño niño rubio. No es New York. Nunca fue New York. ¿Qué tan lejos estás tú de ser quien camina? ¿Qué significa estar en La Défense, cubriendo tu cabeza, listo a disparar? Coreografía de sillas, desmaterialización, haecceidad de las 5:49. (Llevas una hora escribiendo, no comprendes el tiempo.) Escaleras eléctricas: cafés. No corras después de disparar. Siempre habrá cámaras, y esa realidad que intentas capturar por medio de todos los dispositivos que posees será tu propia condena. CCTV, están ahí primero. Todo lo que no pudiste capturar ahora está tras de tí. La Dolce Vita, Cielo (Desserto) Rosso. He aquí tu dinero. Merci. (Es por la curación no por los millones de dólares que ahora te harán desaparecer.) ¿Qué tanto te tardaría hacer un diccionario de todo lo que disfrutas? Cada color, cada haecceidad, cada grado de temperatura,
-what’s wrong with you. -I’m confused.
-A bit older, a little more confused.
No hay nada más que puedas hacer, para coleccionarlo todo. Tienes que aprender a vivir, ser capaz de percibir, de atraparlo todo, speak a little louder. La realidad es todo eso que no puedes capturar con tus dispositivos, es la velocidad del viento, diferente encima y debajo del ala del avión, –está bella la vista. –como llovió, el aire está mucho más puro. Al final todo termina con un abrazo familiar, todo eso que nunca puede pasar. (No porque no lo creas, sólo porque tu marco no es suficiente, aunque lo atravieses con tu cabeza y luego lo rompas en pedazos. Siempre estará tras de tí. Ese sombrero, ese vacío. Everything’s got a good feel to it. Tienes que volverlo a hacer todo de nuevo, guarda ahora, el mundo, tus ideas, porque mañana las olvidarás. Y todo esto, el silencio, la mirada, la fascinación, la aprendiste de ella. Es su forma de estar en tu vida, de ser tu vida. Aunque nada te crea. De nuevo la música lo sabe todo y ves el gran stereo antiguo, de cinta magnética en grandes carretes girando en el fondo, el medio explicitado, su omniscencia disfrazada como escenografía para hacerte perder la pista. El sombrero. ¿Qué puedes distinguir? ¿Qué es diferente ahí adentro—el tacto, el viento, el miedo, la tragedia—qué hay que tu no hayas padecido cada vez? Cada vez. El ser se dice de todas las maneras a la vez. Eso es la escritura. Rojo, verde y gris, es una clave que puedes seguir, aunque para muchos es insignificante. Tú mismo no tendrías mucho más qué decir al respecto, más que apuntar tu dedo. It doesn’t make any sense. And it won’t work. It’s much more dangerous in a train. Y sólo es como un complicado juguete, un mecanismo de polea que tira torpemente de un cable amarrado a tu juguete, lo que está dentro de tu marco, todo el significado de la realidad. El otro juguete, el de las filminas minúsculas, no significan nada. Mira el cielo otra vez, mira esa sopa amarilla que se hace pasar por nubes, tan pesada que puedes olerla, que pesa sobre tí. Y en todo esto no hay nada que quisieras cambiar. El pasado que pesa, el futuro que temes, el presente que desaparece (quizás porque nunca ha existido, y oriente y occidente se enfrentan: unos dicen no saber nada y lo saben todo, otros dicen saberlo todo y no saben nada; tú no sabes a quién creer. Nadie cree.) Munchen. Un espejo que lo duplica todo, un arma, la música. El final no es el final, y todo es demasiado intenso como para escribirlo, ya ha pasado. Ahora hay que convertir. Todo termina en un tren. La música feliz ya no dice nada, porque la realidad es otra. (Eso lo confirma la transformación, aunque en el fondo esa guitarra sigue sonando.) Hay una especie de recorrido común, todos referidos al mítico final de La Strada. ¿Te ahorcarías tú mismo? No escribir: ahora todo es muy obvio. Pronto saldrás al frío, encontrarte con ella, compartir más silencio, no puedes decir que estés preocupado, menos ahora que todo es inminente. Inminente quiere decir que ya no lo esperas, que de alguna forma ya ocurrió, como los muertos de las películas: muertes preparadas y anunciadas por todos los medios, muertes que no importan, aunque sobre ellas repose la película. Mira cómo todo se desmorona, ya no importa. La música es ahora ridícula en su impaciencia, todo pasó, ya no temes, ya no esperas nada. Cuando lo inminente ocurre el desenlace es inútil. Quizás se rompa la trama, la unidad de acción, quizás lo único significativo sea el vacío que queda luego del climax, ese que la música se esfuerza por llenar, ahora que su omniscencia ya no importa. Todo es tan ridículo y silencioso que nadie puede soportarlo.
1. Un tren de alta velocidad (AVE) viaja durante media hora con una velocidad constante de 252 Km/h. A continuación reduce su veloci-dad hasta pararse en 14 s.
a) Describe el movimiento del AVE.
b) Calcula la aceleración en los dos intervalos de tiempo considera-dos. (Sol. 0 y -5 m/s2)
c) Representa el movimiento descrito en una gráfica de velocidad frente a tiempo.
d) ¿Cúanto tardará el hombre en morir, si tiras de su garganta sólo con la fuerza de tu historia?
An american friend from postbop on Vimeo.
Este silencio es mentira, este silencio no es cierto. Esa pausa, en la película, no está en la realidad. Las películas no tienen breaks. Ni siquiera las suyas. Es más fácil ponerle pausa a la vida, pero los efectos son más inútiles, todo es inútil. ¿Qué tal la parsimonia? Todo está hecho para que la pausa sea efectiva, para que puedas capturarlo y entenderlo, pensar. Haces símbolos, notas mentales, para meditarlo después. Pero siempre vas tras los símbolos, porque la realidad tampoco tiene pausa. Escribes como si te observaran, sin saber si te observan, y cambia tu forma de pensar, de escribir. La reflexividad de la conciencia, e ai. modernidad. La conciencia que se hace objeto de sí, conciencia para sí. ¿Cuánto no quisieras detener la clase, justo en ese momento y decir ese es el problema, las conceptualizaciones pueden hacerse después, pero si se puede completar ese problema, valdrá la pena. El problema sólo es: pienso que pienso. ¿Lo que debe seguir aquí es una disertación? ¿Una meditación? ¿Hay algo qué decir sobre esto? Podrías dejar de escribir, no habría diferencia. Imagínese que alguien aquí estuviera filmándonos. ¿Y la traducción?
Ahora es ese momento. Aunque nunca pudiste definirlo, aprehenderlo, siempre supiste que estaba ahí, que existía aunque no pudieras decir nada sobre él. Ahora lo conoces porque desapareció. Todo está disperso, como un reguero de leche que se expande ante tí, desafiante. Ya no lo puedes recuperar. Deja de escribir.
sonida: o pato, Joao Gilberto e Caetano Veloso.
Claramente habría que poner todo el capítulo para que lo significativo de ese fragmento pudiera servir de algo aquí; y ese, creo yo, es el problema de la filosofía. Es el problema de lo intrazable, de lo inaprehensible. De todo lo que se queda por fuera cuando se escribe sobre algo. Ese problema, ciertamente no de longitud, es el que condena a la revista a la mentira, cuando pretende presentar a manera de artículo algo de la fascinación del escritor. Todo se escapa y el artículo se decide por datos, el resultado palpable de una investigación, y eso es la academia. Luego negarse a ser académico equivale a volver a la soledad, buscar de nuevo ese contacto inmóvil con el problema que produjo la fascinación en primer lugar, aun a costa de no decir nada.
De la soledad al anónimo colectivo se gana, para el escritor, un campo infinito. Cuando el escrito deja el escritorio, los problemas ya no son del que escribe, son de nadie. Eso no los hace más fáciles de localizar, pero sí los dispersa, de modo que alguien más pueda ir tras ellos. Eso en caso de que sean problemas filosóficos, esto es, que conciernan a la vida (y según eso es quizás en la academia donde se separan). No se trata de una “actitud” o una forma de ser, se trata sólo de ese momento inesperado cuando todo se detiene, cuando de repente una idea logra ganar consistencia y se instala ahí delante: ya no se puede leer o hacer nada más, todo se refiere a ese problema, inexpresado (inexpresable), que siempre nos deja con esa necesidad de ir por un par de palabras y encadenarlas de alguna manera, aunque sea para no olvidarlo.
sonida: Sunday, Jimmy Eat World.
¿Qué tan lento puede llegar a moverse todo? ¿Qué significa la desesperación? ¿Y el peso? Te recuerda a algo como ese caldo azul en el que temes despertarte algún día. El silencio tampoco es diferente, en ese color. Es decir, cuando miras por la ventana y descubres que olvidaste mirar, que perdiste el sombrero. El silencio te recuerda todo lo que está por venir, (y aquí tienes que evitar saturar el texto con referencias filosóficas de claros, protensiones, y similares. ¿Por qué? porque perderás la idea. La filosofía, con respecto a este tipo de sensaciones, prefiere callar, por temor a hacerlas desaparecer antes de tiempo. Déjala callar). Con esfuerzo buscas una posición cómoda desde la que puedas escribir, permitir los flujos. (Hay varios tipos de flujos, todos corporales, la diferencia consiste en su olor y estado de descomposición. Por eso hay que escribir rápido.) Te miras desde afuera. En el reflejo, o en los comentarios de los demás (“Existir es ser percibido”). (Déjala callar, te digo.) ¿Qué tanto puedes llegar a pensar antes de que las ideas terminen por destrozar lo que queda de la noche? Con seguridad ya no podrás leer más. A ese Heliogábalo, hijo de nadie, no lo podrás conocer.
Rainoverlima @postbop la desesperación puede ser un animal dentro del cuerpo. no sé. un pavor de distinto color en cada ser. algo q se va al final.
Y esa llamada, insistente, se esfuerza por entrar. Ese es otro silencio. Ignoras el otro lado, no por voluntad sino por finitud. Con gusto la eliminarías, harías que estuviera aquí, contigo, otro silencio. Justificas, todo en un bloque, ordenado. El vino está abajo esperando. Tu esperas otro intento de la llamada, quizás el definitivo, un par de palabras que harán del mundo otra cosa, que te harán comprender, en ese rayo, en esas tres líneas que buscaste todo el día, algo de la vida. Dejar salir el animal, o mezclarte con él, confundirte, dejar de ser tú, por lo menos. Siempre aprendes algo de la aforística de la lluvia del sur. Y permaneces en silencio, ingrato, insensato. Cualquier día lo perderás todo. Ya puedes ir por el vino, puede que ya no tenga mal sabor. Al fin y al cabo, se trata de pasarla bien.
sonida: algo, pero más que todo la séptima, catorce pisos abajo.
esa es link por dentro. Y eso es París.
sonida: who is Ishmael, Steve Reich.
vuelvo a la escritura intempestiva. Vuelvo a dejarme absorber, a perderme en el café, a olvidar el mundo. Una vez más intento abandonarlo todo, perder el mundo, perder el presente, y con ellos perder el desencanto, el tedio, el vacío total que se derrama a mi alrededor cada vez que intento fijar la mirada en algo. Estoy erguido en mi lugar, sólo mis manos se mueven, intento ser cada una de las personas que están a mi alrededor, intento apropiarme de sus odios y sus placeres, excitarme sin vergüenza con cada párrafo que leen, con cada sorbo del café horrible que venden en la universidad. Me hago sus mismas preguntas, no las mías, sino las que los mantienen en vilo, a cada uno, incluso aunque no lo sepan, aunque vivan la vida tonta y descerebrada del universitario promedio, saturada de chismes, desgarrada en su vacío, pero ciega al mundo; habito con ellos ese mundo, lo hago mío, me convierto en un narcisista más. Y todo es pura emoción. Transversalidad de sentimientos, ¿cómo más podría sentir algo si ya no soy yo mismo? Casi no soporto el volumen de la música en los audífonos, me ciega, inseparable de los estímulos visuales, relaciono por completo cada sonido con cada imagen, aunque en principio no tengan ninguna relación. Los colores, la música, el ruido, el café. La gente que se sienta en mi mesa, están tan cerca, estoy entre ellos, pero de alguna manera no estoy ahí, me he disuelto por completo en cada uno he perdido toda materialidad, toda permanencia. Y no soy yo mismo quien lo comprueba (¿cómo podría?) sino la indiferencia de los demás ante el espacio que debería ocupar. Es curioso que lo que más conserve ahora sea el lenguaje, con sintaxis completa, con frases que, al menos en su construcción, tienen sentido. Muchas conclusiones cartesianas se desprenderían. Lo niego todo, sin embargo, todo lo que quieran achacarme. Escribo con una furia que Descartes no conoce, con un desprecio que asustaría a Bergson, (pues incluso es desprecio por él mismo), desprecio por una, dos, tres, cuatro mujeres y un hombre que se han sentado en mi mesa, que me miran de vez en cuando, como si hubiera sido yo quien hubiera invadido su espacio. Yo, que no existo.
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Naked City, free nowave punk, música inefable. No es suficiente con decir que efectivamente rompen la temporalidad sin recurrir a artefactos más complejos que el sonido puro, que el espacio se satura cada vez más con distorsiones y feedback, un beat inexacto, inconsecuente, que sólo define el comienzo cada vez nuevo de cada parte cada vez nueva, de cada acorde. Si aumenta la intensidad, si cada vez el espacio se reduce más a lo que la distorsión permite, es únicamente porque ese mismo espacio se dilata, porque el único espacio que existe es el de esa distorsion expansiva: multiplicación fractal de las ondas sonoras, amplificación de cada una de las ondas hasta que se convierte cada una en un universo independiente. Así, cuando aparecen los gritos, desgarrados y brutales, no hay qué preguntar quién grita, por quién doblan las campanas, porque no doblan por tí o por mí, no doblan por nadie, son puras consecuencias, resonancia de la resonancia, amplificación desmedida de décadas y décadas de silencio contenido. Quien grita es la voz, esa que ha sido tantas veces transformada, entrenada, adiestrada para alcanzar registros, efectos y giros que sean agradables al oido de la policía musical. Grita la música contenida, como puro efecto de su resonancia sobre sí misma, como burla frente a las ambiciones infantiles de los dispositivos de catarsis en la ópera. Es sonido.
sonida: Leng Tch’e, Naked City.
rompí todas mis expectativas, acabé con mis sueños, negué mis planes. Me rehusé sistemáticamente a establecer cualquier tipo de proyección, de pensar en términos de deseos y objetivos que enfocaran mis acciones hacia un fin idealizado, desarticulé paso por paso cualquier clase de plan a futuro, five-year plan, que pudiera plantearse y que me involucrara, por encima de mí mismo. Todo esto por medio de reflexión intensa, de racionalismo punto por punto, contemplando cada encadenamiento lógico y rompiéndolo con su negación aun más lógica; negué mi pasado, mi futuro, mis proyecciones, incluso me negué a consumir cualquier tipo de contenido en donde se privilegiara esta forma teleológica de pensamiento. Mi vida, es ahora, decía, y no lo que yo idealice de ella, no es ese plan inexistente que organiza toda mi experiencia actual como medios para un fin que no es más que una fantasía; no voy a gastar mis esfuerzos y energía en un relato del que no tengo la más mínima certeza y que puede convertirse en mi condena. Desde la tonalidad hasta la narración, desde la lógica formal hasta el materialismo histórico, rechacé todo lo que estableciera un recorrido predeterminado para mi vida, fuera yo el centro o no. Tanto me daba si tal o tal filosofía situaba mis desiciones por encima del mundo, organizando la historia desde mi perspectiva, como si negaba por completo mi capacidad de acción sumiéndome dentro de un proceso histórico en el que yo sólo sería producto, cualquier alusión a un encadenamiento lógico-causal en los acontecimientos de mi vida se me hacía repugnante y lo leía con desprecio, para refutarlo punto por punto, con indefectible furia, defendiendo el ahora, el acontecimiento puro, la aparición de la verdad, el ser. El deseo, afirmaba, no es de algo que carezco, es lo que me mueve y lo que me produce cada vez, es lo que hago en cada momento, no se trata de apropiación sino de producción, soy el deseo, deseo de deseo.
Ahora estoy aburrido. Estoy, podría decirse, alienado, en un mundo organizado exclusivamente con todos los sistemas que yo negué, sin posibilidad de comprender mi situación, mis recorridos y mis posibilidades. De mí se espera en el mundo que actúe según todo eso que he refutado, que tenga un plan, un ideal, deseos, sueños. Ahora no tengo nada de eso, me enfrento a cada situación con la expectativa de el instante, despreciando cualquier resultado o proyecto. Y todo está vacío. El mundo no funciona en presente, la realidad desnuda no tiene esa riqueza que esperaba descubrir al negar mis expectativas, cada lugar tiene menos realidad, cada vez menos significado, a medida que yo niego eso que comprendo como proyecciones. Ya puedo leer libros sin pensar en el final, pero entonces nada me sorprende, todo viene dado, el impacto de la sorpresa, de la causalidad, de la necesidad de los acontecimientos o de los argumentos que los autores se han esforzado por construir (de esa forma artificial y engañosa, diría antes), se me hace insignificante, pero descubro que no se han esforzado por llenar esos libros de la realidad que busco, y que de hecho no la han visto porque quizás no existe. El mundo es aburrido, los libros son aburridos, las imágenes, a menos que logre disociarlas por completo de mí mismo y perderme en ellas sin ningún pensamiento, son aburridas, pobres, sosas. Y es que me da lo mismo si gano o pierdo, si tengo o no tengo, si me llaman o no, si mencionan mi nombre. Todo es inmediatez, nada tiene efectos sobre el futuro y nada responde a ningún esfuerzo, luego no necesito hacer nada, el mundo no depende de mí, estoy disociado de él por completo. Del mundo no queda nada si yo decido no actuar sobre él, y lo decido porque sé que aunque actúe no habrá diferencia. Miro ahora la ventana a mi lado. La caída no es muy larga, pero si llevo hasta el extremo mis razonamientos, no hay relación entre la altura y una muerte posible, tanto da si me tiro o no. Y tanto da, si muero, quedo cuadrapléjico, o si salgo volando por la ventana, me elevo por encima de los edificios y recorro la ciudad desde el cielo, desde ese lugar privilegiado, donde todo es bello. Acercarse y alejarse, encontrar las diferencias, lo que se pierde en el acercamiento, lo que se pierde en la distancia, lo que se pierde al mirar y al dejar de hacerlo, todo lo significante es lo ausente, lo que me interesa es exclusivamente lo que se pierde, pero como se pierde no puedo tenerlo, no puedo verlo, no puedo disfrutarlo; me aburro.
sonida: canción, autor.