April 14, 2010
569 (post rescatado del olvido)
no piensas con categorías, no usas condicionales, no hay análisis. Hay pliegues, hay retornos, líneas y desplazamientos, memorias que resultan en memorias, acciones que resultan en retornos, afecciones anónimas. Y así, poco a poco se desintegra el tiempo. No sólo porque permanezcas siempre en ese estado de somnolencia (que se comprende a veces como simple desencanto del mundo), no sólo porque desaparezcan tus escrituras, porque tus notas sean ordenadamente incomprensibles (o inútiles), es porque pasa el tiempo: sucede el tiempo, tiempo tras tiempo, ocurre el tiempo, se instala y te atraviesa.
sonida: section 9,the polyphonic spree.
March 8, 2010
más mañanas
Esto de luchar todos los días con los días, para que empiecen o terminen, para que adquieran eso que intentas llamar su consistencia, para que cada vez se conviertan en algo, para que, de un momento a otro, se transformen. Esa espera que es su comienzo, esa mirada vacía que recibe la pantalla de la computer, ese avance lento que se cuenta en emails y tweets, en las páginas del periódico, en jarras de café. Y es que has construido tu vida en torno a las mañanas. Mañanas lentas y de productividad variable, mañanas que resumen y consumen tu soledad –que también ellas producen, nadie vendrá–. Esas mañanas, esa taza de café que promete solucionarlo todo, ese olor que define cada hora, ese pasar de páginas, ese silencio, ese silencio. Esta es la hora en la que no buscas desesperado, esta es la hora en la que no hay miradas, esta es la hora, en fin, en la que todo se expande, con la música, para llenar el cuarto que huele a café, para sincronizarse con la campana del horno que hace las tostadas. Esto de venir a escribir, por fin, tras varias semanas de silencio, de escapes, de giros en redondo. ¿Que habrá en las mañanas para que sean como monocromos? Una temperatura estable, puesto que el sol todavía no entra, un sabor estable, de café bien hecho. Pero no son sólo consideraciones formales, y hasta ahí llega la comparación. La consistencia de una mañana está dada por la aglomeración al infinito de promesas y posibilidades, la de un monocromo lo está por su reducción. Esa consistencia, esa densidad dada por las posibilidades infinitas, que parecen entrar por la ventana o hervir dentro de la cafetera, rompen cualquier parecido que las mañanas puedan tener con algo diferente. Nada posee esa potencialidad, nada está tan saturado de vacío –puesto que las promesas no son otra cosa que formas vacías–, nada se dirige tan inexorablemente hacia su final. Klangfarbenmelodie, mañanas que cambian sin cambiar, que avanzan y ocurren sin grandes cambios estructurales, su continuidad, su peso, su textura, dadas por variaciones infinitesimales entre la temperatura de dos tragos continuos de café. O tal vez una mañana no es más que su escucha, una sesión de escucha, que acoge al día, y no se compone de promesas sino de la escucha de esas promesas, para ponerlas en juego, para hacerlas cumplir lo que prometen, al menos para hacer-las promesas.
February 14, 2010
Formas de escuchar.
Más que un catálogo, una en específico, que estoy tratando de descubrir para mí mismo. (Desde aquí me toca dejar en claro que poco me agrada la palabra ‘escuchar’, tanto por el sonido de la ‘ch’, que se interpone cada vez en nuestro lenguaje, como por el uso popular; sin embargo, es la palabra que proviene de auscultare y se distingue claramente de oir, por lo tanto es insustituíble. Del último sentido sale esta reflexión). Escuchar, como en tensión, en actividad. Puedo decir que no fue –únicamente– la lectura de dos libros (Ecoute, de Szendy y A l’ecoute, de Nancy) lo que hizo que me arrojara a esa búsqueda de una forma diferente de escuchar. Quizás fue en el sótano del Knitting Factory, cuando descubrí que esa música que me hace trizas lleva el nombre –no sólo estilístico o genérico– de drone (que ahora resulta haber sido inventado por Robert Ashley). Ya estaba detrás del minimalismo, pero ese género inexistente tiene tantas formas de escucharse como de producirse, muchas asociadas a la escucha sistemática (el término es de Szendy) que se usa para la música europea tradicional. Se puede oir una pieza de Glass o Reich y buscar sus procesos, sus estructuras, su logos, como se oye una Sonata de Beethoven o la Misa de Bach, pero no se puede oir así a Feldman, Young, Palestine o Niblock. No es tampoco mística, a la manera de la Catedral de Rothko, o completamente casual, como el ambient de Eno. Tiene que ver más con un tipo de escucha atenta al detalle, a los matices innumerables que posee esa música estática que discutimos. La escucha que describe Ashley, sin embargo, tiene dos aspectos que no comparto y que me permiten precisar, por vía negativa, el tipo de escucha que persigo. La primera es la escucha mística o meditativa, que evoca estados de atemporalidad, autoconsciencia intensa etc. Segundo, dice que la música existe en un estado ‘objetivo’, independiente del escucha, quien se limita a observarla y apreciarla a voluntad. (El énfasis, por supuesto, es mío, y precisa el punto al que voy). Ya sea por el uso de metáforas muertas o por una sinestesia no diagnosticada en el lenguaje, la escucha no tiene un lenguaje ni una actitud (y aquí me debato entre escribir propia o no) que no esté explicada por algo diferente a ella misma. Me interesan tanto la escucha como acto, como el discurso sobre la escucha, sus metáforas, presuposiciones y disposiciones.
February 9, 2010
las horas certeras
En casa, la noche. La escritura te espera. El disco, que sólo gira, conoce mil formas más de estar ahí, de no moverse y avanzar, de recorrer mil mundos. En casa mueles café mientras hierve el agua, preparas una taza más. Todas esas presencias que te hacen compañía en la noche, la música que ocupa el espacio, las sombras que definen cada sonido, y el olor del café al romper la taza, un instante de comunicación como el que no lograrás con nadie más. Accesorios que terminan por convertirse –para tormento de los profesores de filosofía del lenguaje– en sustantivos, en entes determinados idénticos a sí mismos, que ordenan las últimas horas del día, las horas inútiles, las horas certeras. Sólo tienen por función disuadir el tiempo, hacerlo invisible, inútil. No es sólo un problema de percepción, nada se intensifica, es una duración diferente, que comparte las inexistencias particulares de eso que te guía, olores, sonidos, sombras. Saturado el espacio con su presencia, tú no puedes más que romperte en mil pedazos con ellas, tras ellas, tal que, en todo caso, al final de la noche sea posible una recomposición que incluya la mayor parte de tí, aunque sea para irte a dormir sin frío. Qué ocurre durante esas horas, cómo te desenvuelves, qué es lo que permanece invariable y lo que se modifica sin cesar entre esos dos instantes –enmarcados por el acto preciso de prender y apagar la luz de la sala–, es algo que tal vez nadie, y mucho menos tú mismo, podrán comprender. Más certera es la matemática, su división infinita del tiempo y la simultánea desaparición y creación del mundo que esos procedimientos implican, según Bergson, más precisa para decir que no, que en tu cabeza no ha ocurrido nada. Ni siquiera has envejecido.
January 22, 2010
com-posibilidad (olvido)
Get weak all the time, may just pass the time,
Me in my own world, yeah you there beside,
The gaps are enormous, we stare from each side,
We were strangers for way too long.
Hoy perdí 20 minutos. Por ahí. Eso no solía ocurrir. He olvidado cómo detenerme, he olvidado cómo pensar y cómo escribir. No puedo olvidar que siempre lo recordaba, pero no puedo recordarlo ahora. Ahora busco universales, razones suficientes y formas lógicas; determino el mundo desde mi centro. Había palabras que, de inmediato, se encadenaban y me llevaban a lugares más lejanos de lo que había imaginado. Al regresar, aún conservaba su sabor en la boca, recordaba. Sabía escribir, sabía dejarme llevar por una idea. ¡Vaya! si hasta tenía ideas sobre las ideas y sabía separarlas de mis propias ideas, que por básicas y sencillas quedaban de lado durante la escritura. He olvidado esa práctica, esa dedicación funcional del organismo para desgajarme sobre el teclado, descomponerme en cientos de partículas que se recomponían en la escritura (mi espacio de composibilidad). Ha sido un olvido activo, no decidido pero sé que ha ocurrido como efecto de otras prácticas, de la búsqueda de espacios diferentes, de conversaciones extendidas, de gestos que me han sido arrancados. Posibilidades suplantadas por posibilidades diferentes que no me llevan a otros lugares, que me han engañado. No por eso me he detenido. No por eso perdido el camino correcto, puesto que nunca lo conocí. No podría decir que lo encontraré, pero tampoco que no existe. No podría cambiar nada de lo que tengo por algo mejor, pero lo haría dada la oportunidad. Tampoco es seguro que pudiera reconocer esa oportunidad. No conozco tampoco el arrepentimiento sincero, no podría ignorar lo que tengo, ni podría preferirlo a lo que he perdido –puesto que he olvidado lo que tenía–. En cualquier caso, no soy tan diferente ahora. Estoy tan perdido como antes, quizás con ratas diferentes de producción/consumo, quizás ahora me atraviesan palabras a las que les tengo menos aprecio que antes y no me dejo arrastrar tan fácilmente. Quizás estoy viejo. De pronto se ha reemplazado en mi el arrojamiento por una lentitud anterior, quizás estoy aprendiendo todo de nuevo. Me sigo observando, desde el exterior, con ojos celosos, críticos e implacables. Siempre soy mi propia víctima. Sigo atravesándome en el camino de otros –que han cambiado–, sigo olvidándome de mi por otros –eso no ha cambiado–. Sí, sigo errando, y todo lo que he escrito al respecto no me ha ayudado –ni lo hará, lo sé– a encontrar esa otra ruta, al menos mientras la pretenda única, vertical, completamente diferenciada del resto. He perdido, he olvidado, he errado, no he hecho nada más que vivir. But most of all, I did it my way.
sonida: I remember nothing, Joy Division.
January 19, 2010
hay algo
que se me escapa. No es una idea, es apenas un intento mínimo de escribir, de dejar ese rastro. Es rastro de algo, de algo que ya ha ocurrido, pero cuyo contenido, más allá de esa misma ocurrencia, ya no existe. Por eso, cuando intento escribirlo, caigo en cada lugar común, recorriendo con la torpeza de un principiante las agrupaciones más básicas de ideas y palabras, prediseñadas, de uso común, y no escribo nada. Puedo, al menos, detenerme a tiempo, puedo reconocer el barrizal que he creado y suprimirlo sin vergüenza. Vuelvo a empezar. No he escrito más de tres hojas en los últimos dos meses, un hecho que sólo para no avergonzarme de mí mismo justifico creyendo que es por las fiestas. Tiempo de ocio e incapacidad mental. Recuerdo, sin embargo, que precisamente en ésta época inmóvil comenzaba a escapar del tiempo encerrándome en un cuarto de la finca a escribir en la agenda que tuviera en ese momento. Recuerdo una negra, otra café. Nunca escribí más de 10 páginas de ninguna; me escondía. Un día, al entrar al Starbucks de Union Square, comprendí que escapo de la escritura como de mí mismo, que dispongo todos los obstáculos con premeditación para prolongar ese estado de ignorancia ante mí mismo, sabiendo que, una afuera, en la escritura, todo lo que no escriba serán mentiras para mí. Esta reflexión, por ejemplo, me ha acechado desde entonces. Uf, hay algo ahí. La escritura. Vuelve. Una vez más, no puedes esquivarla. Así escribía ese día. Ahora releo esa libreta negra, –que no se llena, que me evita–, y recibo de nuevo, desde esa tarde frente a un white chocolate mokaccino, un sentimiento pesado, sereno pero irrefrenable, que comenzaba a decir adiós. No dejé fechas ese día, fue la última semana, después de la tormenta y del puente, que permanecen ahí, que marcaron el libro de Serres. Fechas inútiles. Importa más el tono, esa segunda persona que sacaste quién sabe de dónde y que en la relectura cobra una fuerza insospechada, un peso terrible que se aprovecha de conocer esos lugares íntimos, toda una disposición que escapa de la escritura, que se constituye en ese escape, que fracasa, apresado, vacío, convertido en una trampa que explotará después. No releo con cuidado cuando escribo porque siempre creo que esta relectura posterior, tres o cuatro meses después, es más significativa [update: acabo de releer esta frase y encontré un error justo aquí. ¿qué puedo decir?]. En especial en esta clase de textos inútiles de autodescubrimiento. No puedo decir lo mismo que Anaïs, no me ha poseído suficiente la escritura como para vivir en virtud del diario. (No he sido tan sabio, quiero decir, de admitirlo; nunca un enfrentamiento tan directo).
Esto no es una idea nueva, pero ciertas reglas de ortografía y gramática me obligan a insertar un salto. La frase anterior me hizo detener –aunque la escritura no alcanza a trazar esos hiatos apropiadamente–, y ahora lucho por terminar esta entrada para que sea digna de publicarse. O no. Nunca ha habido criterios editoriales aquí, sólo exploraciones. Que todavía siga escribiendo –y evitando escribir–, significa que todo ha sido provechoso y al mismo tiempo infructuoso. Ya hice el primer cambio.
sonida: Seymour Stein, Belle & Sebastian
December 24, 2009
bitácora
- no hay nostalgias, no hay distancia. No hay nada que como recuerdo se presente para representar algo que difiere del presente. No hay otro. No hay olvido, porque nada ha pasado, porque nada contiene una diferencia mínima que permita siquiera pensarlo como lo mismo. Hay una permanencia, indescriptible, indisoluble, que no cesa pero que tampoco puede ubicarse. Lo que empieza, en parte, es que ha sido analizada, desde todas las dimensiones que permiten sus variables, hasta expresar su insignificancia, la ausencia total de sentido que la activa.
- No hay hacia, no hay adelante, no hay nada que aún no sea y que se pueda definir, como idealizando, de manera tal que cada variable se conforme a una regla. No hay un espacio indefinido pero maleable, completo pero vacío, absolutamente femenino (si, la chora, o kora en “español”, deseo frustrado) que pueda absorber y dar forma a la realidad a partir de lo que ahora se proyecta.
- ¿Y entonces?
- Esta tarde encontré un libro que se llama Gödel, Escher, Bach. Todavía no logro comprender de qué se trata. Nunca lo voy a poder leer. [ahora en wikipedia veo que en inglés se llama Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid, tal parece que hay un problema con la traducción que no alcanza al título; uno de los capítulos que leí es sobre las traducciones del Jabberwocky]. Podría decir al respecto que:
- Se me olvidó lo que le dijo Aquiles a la tortuga.
- No me importa lo que le dijo Aquiles a la tortuga.
- Es obvio que le dijo Aquiles a la tortuga es falso.
- Si lo que le dijo Aquiles a la tortuga es falso, es obvio que nada es verdadero.
- Si es obvio que nada es verdadero, lo que le dijo Aquiles a la tortuga es falso.
- Me perdí.
Así, tras haber tomado dos martini y dos cervezas en JSB, escribo esto y me voy a dormir. Estos son los días de navidad de comienzos de siglo, extraños, sospechosamente felices, marcados por la ausencia
sonida: [sonó] alguno de los conciertos de Brandemburgo y tal vez la misa en F, Johann Sebastian Bach.
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December 5, 2009
flange
para que algo se detenga, tiene que existir un pasado, que resulte otro ahora. Para que yo pueda volver a escribir tengo que olvidar que me había olvidado de hacerlo. Tengo que pensar que no es lo mismo escribir que escribir. Tengo que dejarlo de lado, y escribir. No es cuestión de arrepentirse, la culpa es para los cristianos, sólo tengo que abrir una ventana nueva y tipear. Mi pantalón tiene manchas de aceite del pavo de hace una semana, aunque ya lo metí a la lavadora. El café está frío. Leo a DeLanda como si fuera un amigo, luego como si yo fuera otro y pudiera entenderlo, y luego me alegro de no creer en Deleuze, aunque no pueda pensar de otra forma. Tiendo mi cama, porque nadie me va a enseñar de qué se trata el drama, pero siempre lo he hecho. Y hoy es sábado y me despierto y leo en la cama los diarios de Anaïs Nin y luego hago lo que hay que hacer después de leerla y luego me siento a escribir, como si fuera normal, como si fuera lo de siempre. Como si mi cabeza estuviera despejada y todos los desórdenes de los que soy consciente a diario pudieran quedar de lado. Tengo hambre, pero eso también lo puedo solucionar esta mañana de sábado. Leer, como siempre lo he hecho, pero como si fuera nuevo. Poner cada disco, limpiarlo como si fuera la primera vez, oir cada nota y de repente hay que darle la vuelta y no me di cuenta cuándo pasó todo. Mi temporalidad se reduce a lapsos de tres minutos o menos, imposible concentrarme durante espacios más prolongados. Esos tres minutos duran, los habito y puedo discernir cada variación que hay en su interior. Cuando miro el reloj, no ha ocurrido nada. Como para el Perseguidor, no puedo creer que todo eso quepa sólo en tres minutos, de una estación a otra, de mirar el reloj a volverlo a mirar y ya he pasado cuatro páginas. Pero, tras dos horas, sólo he leído ocho. Porque no soy un místico, ni un sabio. Voy a tientas en el tiempo, dando tumbos y tropezando contra mis propias paredes. Tengo un reloj binario que utilizo para olvidarme de la idea de que el tiempo es un número o una manecilla que gira sobre un plano de una geometría que no comprendo. El reloj binario funciona con luces cuya combinación entre encendidas y apagadas expresan un instante que es particular. Tiempo discreto, de luces verdes. Quien me oyera tan deleuziano. He vuelto a escribir, y no he escrito nada todavía. Sólo es cuestión de abrir una nueva ventana.
sonida: Porcelina of the vast oceans, Smashing Pumpkins.
November 18, 2009
arena (palabras)
“el hombre es un modo de ser tal que en él se funda esta dimensión siempre abierta, jamás delimitada de una vez por todas, sino indefinidamente recorrida, que va desde una parte de sí mismo que no reflexiona en un cogito al acto de pensar por medio del cual la recobra; y que, a la inversa, va de esta pura aprehensión a la obstrucción empírica, al amontonamiento desordenado de los contenidos, al desplome de las experiencias que escapan a ellas mismas, a todo el horizonte silencioso de lo que se da en la extensión arenosa de lo no pensado. (…) Cómo puede ser [el hombre] el sujeto de un lenguaje que desde hace millares de años se ha formado sin él, cuyo sistema se el escapa, cuyo sentido duerme un sueño casi invencible en las palabras que hace centellear un instante por su discurso y en el interior del cual está constreñido, desde el principio del juego, a alojar su palabra y su pensamiento, como si éstos no hicieran más que animar por algún tiempo un segmento sobre esta trama de posibilidades innumerables? (314)
Las palabras y las cosas. Michel Foucault.
sonida: canción, autor.
October 3, 2009
Egg geography
he pasado la tarde fascinado con la fragilidad con la que la historia de The Great Gatsby reposa sobre la geografía en la que se desarrolla, según unas condiciones precisas en las que cualquier variación de espacio o tiempo romperían su realidad. Todo se centra en este fragmento, al final del libro:
And as I sat there, brooding on the old unknown world, I thought of Gatsby’s wonder when he first picked out the green light at the end of Daisy’s dock. He had come a long way to this blue lawn and his dream must have seemed so close that he could hardly fail to grasp it. He did not know that it was already behind him, somewhere back in that vast obscurity beyond the city, where the dark fields of the republic rolled under the night.
Una geografía que sustituye el nombre de dos lugares que efectivamente existen, dos extrañas penínsulas que deben ser una fuente de confusión perpetua para las gaviotas que las sobrevuelan. Huevos, una bahía en medio, que condensa ese instante en el que los sueños, a punto de ser atrapados, desaparecen en la oscuridad. Huevos cuyas realidades se extienden en direcciones contrarias, movidas por la fuerza de dineros por siempre diferentes, de deseos que nunca se podrán identificar. Una luz desde siempre fuera de su alcance.

Justo en ese punto en el que el Northern Boulevard gira hacia el este, el mundo se impone como lo que siempre ha sido y expresa su negativa a dejarse transformar por el deseo. El mundo y los hombres no siguen el mismo curso. Pero lo que me fascina no es sólo una disposición particular de tierra, sino los efectos que sobre ella tienen los nombres ficticios que les da Fitzgerald. Porque la historia de Gatsby ocurre en ese lugar efectivo, en el Long Island Sound (formación geológica cuya definición también me sorprende, acompañado del hecho de que no puedo encontrar una traducción precisa para Sound. De Wikipedia:
In geography a sound or seaway is a large sea or ocean inlet larger than a bay, deeper than a bight, wider than a fjord.
La capa que recubre este lugar, con el nombre de East y West Egg, crea el plano de consistencia que da a la historia su frágil intemporalidad. Toda la realidad permanece bajo esa capa, que conserva para cada lugar todas las connotaciones que sirven de base a la novela, la historia de la tierra, del dinero que la recubre, tierra y nobleza americana. Y todavía esa tierra permanece como entonces, quizás más enriquecida, aislada, envuelta en el aroma de su whiskey añejo, historia de su historia. Pero la historia de Gatsby ya no está ahí, ya no ocurre; el mismo lugar ya no es el mismo. No es el tiempo lo que ha cambiado, es el nombre. Porque todos los lugares de la historia permanecen: el puente de Queensboro todavía le da al visitante la mirada de la ciudad vista por primera vez, la primera promesa loca de todo el misterio y la belleza del mundo; Central Park todavía puede ser recorrido, a pie o en carruajes, pero ningún Tom se aparecerá por ahí con su peculiar manera de caminar (y por eso su culpa y su libertad permanecerán unidas para siempre). Los nombres de East y West Egg, sin embargo, nunca han existido más que como un recubrimiento, el disfraz que las palabras usan para preservar la identidad de los implicados, que los libra de una vergüenza temporal para exponerlos a la ignominia eterna de su pura exterioridad. La historia de Jay Gatsby no es universal, no ocurre nunca más que en ese preciso momento y en ese preciso lugar, aunque exponga al modelo americano del self-made man en su desnudez y su inutilidad efectiva, aunque su palacio y su jardín, donde la champaña es navegable, permanezcan en cada uno de los Estates de Kings Point y, aunque ahora haya una calle llamada Gatsby Ln. Y al final, el guía que nos ha llevado por cada uno de estos lugares sin memoria nos entrega un archivo más, que confirma cada palabra que hemos escrito:
Published: March 7, 2008
Homicide detectives are investigating the death of the owner of a fabled Gatsby-era estate on Long Island’s Gold Coast that has been the center of a decades-long family feud, the Nassau County police said on Thursday.
The owner, F. John Handler, 57, was found unresponsive on the grounds by his home in Kings Point on Wednesday night, the police said. He was taken to North Shore University Hospital in Manhasset, where he was pronounced dead.
Though Mr. Handler’s body showed visible injuries, investigators said, there was no immediate determination of whether they were a factor in the death, or whether they were accidental or intentional. They would not elaborate on the type of injuries. The Nassau medical examiner plans an autopsy. Mr. Handler had suffered health problems, including cancer and a nearly fatal episode of toxic sepsis last year.
His home is one of nine houses on the cliff-top estate called the Point, at the tip of Great Neck. The estate, thought by some to be an inspiration for the fictional home of “The Great Gatsby,” commands a panoramic vista of Long Island Sound and the distant New York City skyline.
For years, Mr. Handler and his relatives have fought over control of the 21-acre property. It was purchased in 1950 by a high-powered labor arbitrator named Herman Brickman, who organized it into a family cooperative with a greenhouse, formal gardens, a vineyard, stables, a tennis court, farm animals and a dock.
The squabbling began in the 1980s, after Mr. Brickman died. At first, his daughter, Marjorie Brickman Kern, sided with Mr. Handler, her son by a previous marriage. They won control of the Point over her two brothers and another son from the previous marriage, Russell H. Handler, 58.
But last year, Mrs. Kern had a falling out with John. She and Russell filed legal papers accusing John of tricking her out of her share of the property, worth millions of dollars. She complained that he had left her in the deteriorating mansion without funds.
John Handler adamantly denied the complaints from his mother and brother. In a telephone interview from his mother’s house on the estate on Thursday, Russell Handler said the litigation was still pending.
Russell Handler, who visits often from Maine to look after his 81-year-old mother, said he learned of his brother’s death when the police knocked on the door around midnight. Though Russell remains bitter about his brother’s actions, he said of the death: “It’s a terrible thing. I can’t imagine what happened.”
On Thursday, the compound, on a private road off Gatsby Lane, was filled with emergency vehicles, floodlights and police dogs, while police and news helicopters flew overhead. A visitor said the property resembled an armed camp.
sonida: Physical fascination, Roxette.