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	<title>caminando sobre brasas ardientes &#187; científico</title>
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	<description>silencio y algunas palabras que lo enmarcan.</description>
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		<title>y luego escribes en la noche</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Feb 2009 01:24:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[es algo entre los amigos. Fotos, o saberlos tan olvidadizos y arrojados como tú. El perdón al que estás obligado porque sabes que hubieras hecho lo mismo. O el perdón que les das ahora, aún sabiendo que nunca lo leerán aquí, o tu pena inmensa por haber arruinado esa noche. Llegas a escribir, después de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;"><span style="font-style: italic;font-size:180%;" >e</span>s algo entre los amigos. Fotos, o saberlos tan olvidadizos y arrojados como tú. El perdón al que estás obligado porque sabes que hubieras hecho lo mismo. O el perdón que les das ahora, aún sabiendo que nunca lo leerán aquí, o tu pena inmensa por haber arruinado esa noche. Llegas a escribir, después de haberlo olvidado. ¡Olvidaste escribir! Bueno, todo depende de eso, todo reposa sobre las letras, esas mismas que te repulsan, a las que tratas de acercarte siempre por los lados, siempre en la transversalidad indetectable, tal vez para que te acepten una vez estés adentro, tal vez para hacerla volar en mil pedazos (y a ti mismo con ella, porque no eres más que letras). Como el olor a espárragos que ahora está en todo tu apartamento, como la ventana al frente, como el escritorio amplio y despejado, los libros al frente, el café caliente, la noche fría y la cara un poco quemada por el sol de la tarde. Sí, ha sido un buen día. Un domingo. Un buen domingo. Un buen domingo significa: hice cosas agradables, tranquilas, divertidas y especiales durante el día, suficientes para que ahora, a las 8:00, no tengo remordimientos y puedo sentarme en mi escritorio ordenado, en mi cuarto limpio, en mi apartamento agradable, a escribir unas notas, trabajar e irme a dormir. Veo la noche nueva con mis nuevas gafas, veo otras cosas. El domingo pasa desapercibido, el sol ayuda, el sol que nunca es idéntico a sí mismo, el sol que te dirige, el sol que coordinas. O que te controla. En realidad, todo es idéntico a sí mismo menos tú, sólo tú eres el que hace y percibe cambios en un mundo que es el mismo siempre. Tú eres devenir. Ya casi es marzo, la primavera. Aquí siempre es otoño, tu chaqueta nueva, tu bufanda, botas y sombrilla lo atestiguan. Los domingos de sol, vino y lectura en el jardín sólo significan que nada está bajo tu control, que pase lo que pase, estarás arrojado a los días. Vamos por una ontología, una teleología, que nunca es la que esperabas. Vamos por lo mismo, sujetos, causas y fines, sustancias y accidentes, la potencia de lo virtual, symbebekos e hypokeimenon, (vov), y todo lo demás. Todo para entender algo. Sin figuras retóricas, pura escritura, pura realidad. [Y las palabras, que nunca se controlan, que escapan de tu boca, la coprolalia, vergüenza pura, arrojado]</p>
<p style="color: rgb(153, 0, 0);">sonida:<span style="color: rgb(0, 0, 0);"> <span style="font-style: italic;">L&#8217;apologie</span><span style="font-style: italic;">,</span> Benjamin Biolay &amp; Chiara Mastroiani.</span></p>
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		<pubDate>Mon, 16 Feb 2009 19:18:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[nada más que máquinas. Nada más que agotamiento, pérdida de productividad,  insectos entre los engranajes. Tan máquina que el mundo sigue su curso. Tan automático que te descompones mientras todo lo demás continúa. Quizás alguna pieza se rompa por tu causa y así  comiences o te introduzcas en una cadena, nada más que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;"><span style="font-style: italic;font-size:180%;" >n</span>ada más que máquinas. Nada más que agotamiento, pérdida de productividad,  insectos entre los engranajes. Tan máquina que el mundo sigue su curso. Tan automático que te descompones mientras todo lo demás continúa. Quizás alguna pieza se rompa por tu causa y así  comiences o te introduzcas en una cadena, nada más que efectos mecánicos regulados, nada más que realidad. La escritura y el café, tus mecanismos. Maquinismos de microbios, minucias, maldiciones. Máquina sonora, de propagación de frecuencias, de organizaciones aleatorias y de pensamientos difusos, desordenados, sin meta, sin fin. Argumentaciones circulares, tipo vórtex, que abren nuevas dimensiones de pensamiento y luego van a la basura, bolas de papel. Ningún metalenguaje que supere tu propia reflexividad, tu propio embotamiento físico, observaciones absurdas sobre el presente, notas difusas en un cuadernillo que se olvida, que te olvida, que pierdes, que te disfraza en tu propia monotonía, recogiendo palabras, fragmentos de partes de ideas que pasan al vuelo, procesos maquínicos: a la caza del pensamiento. Pimienta. Gengibre. Café.</p>
<p style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;">¿Y por qué todo eso? Tal vez olvidas salir, como de costumbre, a cazar colores. Tal vez pasas mucho tiempo con los ojos abiertos. O por alguna razón, siempre olvidadizo, confundes esa luz misteriosa del domingo a las 5 con el fin de tu vida y decides dejarlo todo, final final no va más, y luego te despiertas el lunes con resaca de pensamiento, la cruda, colgado: amaneces muerto. Cazar colores no es lo mismo que perseguir palabras. No. Eres diferente cada vez, eres nuevo cada vez, nombras las palabras cada vez: los colores siempre son los mismos. Cazar colores está más del lado de la permanencia, del orden del mundo, aunque siempre vayas por los mismos colores. O quizás por eso mismo. Y en el hastío que sientes luego, el mismo color, el mismo color, en esa saturación rígida de existencia comprimida, te descubres. Los colores no se aplican. Nada como un accidente o una idea de segundo grado o lo que afecta a lo que subyace, a lo idéntico a sí mismo. No, no son los colores ese otro, ese intento de devenir que pretenden pensar los aristotélicos. Si tu vas tras los colores es tras su permanencia, tras su primacía, como devenir, sí, pero en un nivel más originario. Tal vez los griegos todavía no veían a 64k. Así como Pedro y todos los nuevos nativos digitales, pronto aprenderás a referirte a los colores por su código hexadecimal, podrás componer procesos de desarrollo automatizados para tus colores y hacerlos variar en sincronía con tus procesos digestivos, tal vez. Y vuelves a ser máquina, sólo que conectado ahora con el resto del mundo, por los colores, y por lo que será tu gran descubrimiento, tu salto a la fama mundial, la codificación hexadecimal de los olores. Nunca más volverás a estar solo.</p>
<p style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;"></p>
<p style="color: rgb(153, 0, 0);">sonida:<span style="color: rgb(0, 0, 0);"> <span style="font-style: italic;">Mama lay softly on the riverbed</span><span style="font-style: italic;">,</span> Morrissey.</span></p>
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		<pubDate>Mon, 14 Jul 2008 02:04:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[fig 1. mapa del cerebro literario

Olvidé la frase que había pensado para escribir esto, y era lo único que tenía claro desde el principio, iba a dejar que el resto me encontrara. Así surge la mayoría de cosas que escribo aquí, con una frase que me lleva y me descubre las cosas que antes había [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: center;"><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_UsAsgNIV19g/SHq61X7MmgI/AAAAAAAAAYE/IHSVQTWW6iI/s1600-h/cerebro.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_UsAsgNIV19g/SHq61X7MmgI/AAAAAAAAAYE/IHSVQTWW6iI/s400/cerebro.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222692144007649794" border="0" /></a><span style="font-style: italic;font-size:180%;" ><span style="font-size:78%;">fig 1. mapa del cerebro literario</span></span></p>
</div>
<p><span style="font-style: italic;font-size:180%;" >O</span>lvidé la frase que había pensado para escribir esto, y era lo único que tenía claro desde el principio, iba a dejar que el resto me encontrara. Así surge la mayoría de cosas que escribo aquí, con una frase que me lleva y me descubre las cosas que antes había pensado en la parte de atrás del cerebro. Hice, después de escribir la frase anterior, el mapa del cerebro que abre esta entrada, en un intento por comprender su oscura forma de operar. El proceso es complejo, pero de alguna manera hay relaciones a altísimas velocidades en la parte trasera del cerebro, es decir, la <span style="font-style: italic;">central de procesamiento complejo</span> y la <span style="font-style: italic;">producción de mundos</span> que operan material captado por el <span style="font-style: italic;">faro</span> y transformado para el trabajo cerebral por el <span style="font-style: italic;">catalizador</span>. El cerebro no es  una máquina perfecta ni mucho menos, está lleno de áreas que, vistas desde una perspectiva funcionalista, entorpecen el funcionamiento normal del mismo. No faltan los literarios pensadores que salgan aquí a defender las grandes ventajas del diseño intrincado del <span style="font-style: italic;">área de decantación</span>, en donde continuamente desaparece material únicamente para volver a surgir en un lado completamente diferente del cerebro o de la extrema fertilidad que producen las pútridas aguas del <span style="font-style: italic;">pantano de los temores</span> o de la inconmensurable biodiversidad del <span style="font-style: italic;">pozo del olvido</span>, plagado de criaturas que se alimentan de los desechos cerebrales, produciendo espesas corrientes que se mezclan con los flujos así llamados normales. Todos los procesos ocurren sin que el <span style="font-style: italic;">departamento de relaciones exteriores</span> o el área de <span style="font-style: italic;">verbalización</span> se enteren, es más, estas áreas permanecen casi en estado de reposo, o realizando procesos de inoperatividad para evitar su oxidación. Mientras la parte trasera del cerebro es recorrida por los flujos, miles de operaciones se llevan a cabo transformándolos incesantemente, ideas que surgen y se desvanecen en instantes, recuerdos analizados, transformados y desechados tras la interacción de sus elementos con los diferentes tipos de material que permanecen en circulación constante dentro del cerebro. Imposible compararla con una máquina fordiana y sus líneas de producción perfectamente optimizadas, en el cerebro los flujos carecen de origen o destino, apenas tienen direcciones vectorizadas que responden a variables intrazables. Hay zonas que se asemejan más al laboratorio de un científico, donde se realizan mezclas de sustancias desconocidas con propósitos aún más desconocidos, que los más tienden a llamar locos . Otras, rescatando el espíritu de los primeros alquimistas, se dedican a conjurar sobre algunos materiales sagrados el poder antiguo de los planetas, a la vez que ilustran tomos y tomos con complejos procedimientos para que sus discípulos puedan comprender más adelante los lenguajes ocultos. Estos tomos, sin embargo, se almacenan tan cerca del<span style="font-style: italic;"> pozo del pantano de los temores</span> que sus páginas se humedecen a los pocos días, toda la información que se guarda en ellos se transforma inevitablemente a los pocos días de ser almacenada, pero la velocidad a la que opera el cerebro hace imposible cualquier proceso de chequeo o correción, así que es en realidad una fuente de ideas de la que se aprovechan muy bien atrás en la central de procesamiento complejo. Esa área trasera, por cierto, se encuentra en unas condiciones de oscuridad extrema, las operaciones que allí se realizan, además de desconocidas e incomprendidas por los científicos, ocurren en un plano alinguístico que únicamente es comprensible por el pensamiento normal tras varios procesos de transducción, transcodificación y traducción operados por el <span style="font-style: italic;">departamento de relaciones exteriores</span> y el <span style="font-style: italic;">verbalizador</span>; así, aunque todo lo que ocurre en nosotros es producto de esos procesos, no los conocemos en lo más mínimo. El mundo comienza y termina varias veces ahí. Pero lejos de ser como un edificio burocrático lleno de departamentos organizados aunque incomprensibles, el cerebro es en realidad lo que podría denominarse una multiplicidad de dimensiones en infinitos planos ontológicos. Aunque se influencian entre sí y comparten material, son tantos los niveles y sus interacciones que trazar recorridos, procesos o protocolos definidos es simplemente imposible. Sólo podemos captar los flujos que, casi por azar, alcanzan a ser verbalizados y por lo tanto perceptibles para lo que llamamos conciencia, tanto es el material que se queda en los inconmensurables universos del cerebro.
<p style="color: rgb(153, 0, 0);">sonida:<span style="color: rgb(0, 0, 0);"> <span style="font-style: italic;">night majestic,</span> Au Revoir Simone.</span></p>
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