no hay de qué preocuparse, no es como si todo dependiera de las palabras, no es como si vivieras bajo su dirección todo el tiempo. Sólo ignóralas, habla sin hablar, o calla, mirando al cielo, hasta que olvides lo que querías escribir. También puedes escribir listas, aunque las olvides, para mantener ocupado el lápiz que [...]
Comenzar es apenas demorarse más en terminar. No estoy más cerca, pero es un nuevo lugar.
Pronto más actualizaciones.
estas son las cosas que te obligan a escribir. Nada fuera de lo común, nada que sacuda tan radicalmente el espacio de tranquilidad en el que te escondes, pues ya no podrías decir nada –y no hay que especular sobre la posibilidad de que ocurra lo contrario, dado el agujero oscuro del que has salido hace no tanto como para mirarlo desde lejos–, nada que puedas simplemente describir y señalar, nada que no quede reducido a la tristeza de su insignificancia en cualquier intento leve, en cualquier frase breve, en cualquier acumulación sucesiva de palabras que se olvidan y se olvidan, porque sólo es necesario que haya un momento en el que todo esté moviéndose en todas direcciones y que tú –o algo en tí, alguien ahí, que escribe–, detengas todo un instante, que rompas ese tejido uniforme con un corte preciso –preciso como móvil, como distendido, como siempre en la posibilidad de ser otro o de nunca haber estado ahí en primer lugar–, un corte que puede hacerse entender en la pobreza del instante en el que, tras haberte esforzado por recolectar tantas letras, por componer con ellas una oración, organizando cada palabra de manera que la siguiente esté prefigurada y sin embargo su aparición nunca sea redundante, de tal manera que siempre haya espacio para una más, y obtener de todo eso una frase en la que esa tristeza alcanza a quedar insinuada, expresada, quizás no más que por la vía negativa de eso que nunca podrás decir del todo no porque no haya palabras sino porque puedes seguirlas encadenando una tras otra y así más y más perder lo que había al principio que era quizás más una mirada o un apretón en el hombro o el gesto rompemundos-congelainstantes de bajar la cabeza para evitar una palabra que pasa volando por tu lado se estrelle con to boca que está así mismo ocupada en construir y lanzar otras palabras, quizás con una densidad diferentes, que no harían daño si se estrellaran, si encontraran algo –alguien– en donde estrellarse, pero claro, eso es lo que falta, eso es lo que te movió a escribir en primer lugar. Ah.
sonida: ara, The sound of Lucrecia.
nada más que máquinas. Nada más que agotamiento, pérdida de productividad, insectos entre los engranajes. Tan máquina que el mundo sigue su curso. Tan automático que te descompones mientras todo lo demás continúa. Quizás alguna pieza se rompa por tu causa y así comiences o te introduzcas en una cadena, nada más que efectos mecánicos regulados, nada más que realidad. La escritura y el café, tus mecanismos. Maquinismos de microbios, minucias, maldiciones. Máquina sonora, de propagación de frecuencias, de organizaciones aleatorias y de pensamientos difusos, desordenados, sin meta, sin fin. Argumentaciones circulares, tipo vórtex, que abren nuevas dimensiones de pensamiento y luego van a la basura, bolas de papel. Ningún metalenguaje que supere tu propia reflexividad, tu propio embotamiento físico, observaciones absurdas sobre el presente, notas difusas en un cuadernillo que se olvida, que te olvida, que pierdes, que te disfraza en tu propia monotonía, recogiendo palabras, fragmentos de partes de ideas que pasan al vuelo, procesos maquínicos: a la caza del pensamiento. Pimienta. Gengibre. Café.
¿Y por qué todo eso? Tal vez olvidas salir, como de costumbre, a cazar colores. Tal vez pasas mucho tiempo con los ojos abiertos. O por alguna razón, siempre olvidadizo, confundes esa luz misteriosa del domingo a las 5 con el fin de tu vida y decides dejarlo todo, final final no va más, y luego te despiertas el lunes con resaca de pensamiento, la cruda, colgado: amaneces muerto. Cazar colores no es lo mismo que perseguir palabras. No. Eres diferente cada vez, eres nuevo cada vez, nombras las palabras cada vez: los colores siempre son los mismos. Cazar colores está más del lado de la permanencia, del orden del mundo, aunque siempre vayas por los mismos colores. O quizás por eso mismo. Y en el hastío que sientes luego, el mismo color, el mismo color, en esa saturación rígida de existencia comprimida, te descubres. Los colores no se aplican. Nada como un accidente o una idea de segundo grado o lo que afecta a lo que subyace, a lo idéntico a sí mismo. No, no son los colores ese otro, ese intento de devenir que pretenden pensar los aristotélicos. Si tu vas tras los colores es tras su permanencia, tras su primacía, como devenir, sí, pero en un nivel más originario. Tal vez los griegos todavía no veían a 64k. Así como Pedro y todos los nuevos nativos digitales, pronto aprenderás a referirte a los colores por su código hexadecimal, podrás componer procesos de desarrollo automatizados para tus colores y hacerlos variar en sincronía con tus procesos digestivos, tal vez. Y vuelves a ser máquina, sólo que conectado ahora con el resto del mundo, por los colores, y por lo que será tu gran descubrimiento, tu salto a la fama mundial, la codificación hexadecimal de los olores. Nunca más volverás a estar solo.
sonida: Mama lay softly on the riverbed, Morrissey.
huyes de la escritura de la misma manera en que te acercas a ella. Te refugias, te pierdes y te niegas a permanecer en su interior, pero tampoco es el afuera lo que te da tranquilidad. Y es que lo has experimentado miles de veces. Te atrae, te seduce, siempre com promesas, con posibilidades, miles de libros que se escriben línea por línea en tu mente antes de siquiera acercarte a la luminosa pantalla a dejar un par de marcas. Solucionas todos los problemas, operas tu lógica infalible, invocas ideas y referencias, citas y nombres, cuidadosamente seleccionados y organizados more geometrico. Todo esto ocurre entre las sábanas, en la ducha, en un instante eterno entre dos sorbos de café, mientras caminas extasiado por el centro; momentos de sentido. La escritura ya ha comenzado, ya te ha atrapado, luego te darás cuenta de su fragilidad. Nada tan volátil como una buena idea, nada tan peligroso. En cada palabra que escribes te implicas, te impones, padeces su peso infinito. Buscapalabras, olvidainstantes; tú y la escritura, como zonas que se mezclan y se anulan cada vez, se pierden y se confunden, se olvidan de sí mismos, tú olvidas la escritura, la escritura hace que te olvides de tí mismo, del mundo. Despensamiento, y luego una búsqueda loca por las palabras, una persecución desaforada, psicótica, que te lleva más allá de tí mismo: un retorno tan brusco que te rompes, conoces la escritura. Desearías que fuera al contrario. Lo que se esconde, lo que escondes, y también lo que sólo aparece, te toma por sorpresa, efectúa una disolución brutal en tu cerebro, liquidificación. Huyes de tantas palabras, las esquivas con tropos que luego explotan en tu cara, trampas para tí mismo, pantallas y máscaras, más palabras que odias, palabras que son mundos que son personas que son destrucción que son agujeros negros en donde te pierdes, disolución total, materia intensiva, el pensamiento como partículas subatómicas en el acelerador que es tu pobre y destrozada hypomnemata, abandonada por tí y por tus lectores, y por los otros que la leen, que la usan, que la padecen. Aunque eso es desear mucho: no pasa de ser un lugar de olvido. Si algo se acelera aquí es la desaparición. Puedes quejarte aún más, todavía hay sangre que corre dentro de tí, todavía se confunden tus fluidos, todavía saboreas la bilis negra que ha manchado tu camisa. Porque te enfrentas a tu cuerpo. Sabes que tu máquina no es tan sofisticada todavía como para formular preguntas, así que repites las que caen sobre tí. Sólo las repites porque tampoco puedes resolverlas. Así, tu cuerpo sólo pesa. Pesa, huele y duele: en una palabra, estorba. Y luego te odias, ¿de cuándo acá eres cristiano neoplatónico? De Agustín debías tomar otra cosa, algo más, el pensamiento, la vida, no sus taras religiosas, no su odio. Just hang on, suffer well. No, hoy no vas a escribir sobre música, no podrías. Vuelve al cuerpo, entiende el cuerpo. Entiende agenciamientos, entiende la relación que mantienes con la pantalla luminosa, con el suave teclado que anticipa tus letras, que dispone todo tu pensamiento. El teclado es el mapa de tu mundo, es el código más claro y más indescifrable que puedas encontrar: gastarás toda tu vida en resolverlo. Cada palabra que escribas es un intento más por comprender lo que ese orden fantástico esconde, no sólo es Q W E R T Y y la O al lado de la P pero lejos de la R, que está justo encima de la F, no sólo la Z X C juntas con la S encima, no sólo la O y la L tan cerca, no encontrarás palabras así, pero las reconocerás, las verás brillar también, iluminarse desde adentro, en resonancia con el mundo, comprendes el pensamiento. Navegarás en el Hudson algún día, permanecerás en el ala del avión mientras se hunde, como si caminaras sobre el agua, tus huesos se congelarán, tus heridas se convertirán en un pozo violeta y púrpura, black and blue, con toda la porquería de NY asentándose dentro de tí. If god has a masterplan that only he understands I hope it’s your eyes he sees through. Recuerda ahora esa terraza, cualquiera de ellas, pero todas con ella. Recuerda ahora, quizás estás viviendo los mejores años de tu vida. Recuérdalo. Esta tarde vas a tomar café, esta tarde vas a leer, y vas a olvidar, y quizás todo lo que escribiste va a volver esta noche (porque el olvido no es selectivo, ay Loriga). Quizás puedas escribir algo más.
sonida: Tokyo ya no nos quiere, Lori Meyers.
y llega esta hora de la noche , cuando me siento a escribir, y todo desaparece. El dolor de cabeza, el cansancio y la apatía surgen de nuevo; pesados, grises e inevitables giros que parecen ser cada vez más de base que todo lo demás. Así, todo ocurre entre los breves momentos de lucidez, cuando la bruma se despeja y es posible atrapar algo de tantas ideas que se ven pasar allá, a lo lejos. Es fácil romperse. Es fácil, también, encontrar algo que valga la pena, pero es más fácil olvidarlo. Todo es cuestión de saber en qué punto ubicar el “yo” y qué tanto alejarse de ese punto, rodearlo y actuar a su alrededor. Egoismo tangencial.
sonida: past in present, Feist.