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enfrentarme de nuevo a la escritura, aunque no tengo ganas/razones para escribir. Enfrentarme por necesidad, por atracción incomprensible de las palabras, por enfocar los flujos en un polo al menos definido, al menos enmarcado dentro de una sola corriente aparente que les permita proyectarse, permanecer y romper algo. Romper. Una revisión rápida de textos pasados [...]

February 9, 2010

las horas certeras

En casa, la noche. La escritura te espera. El disco, que sólo gira, conoce mil formas más de estar ahí, de no moverse y avanzar, de recorrer mil mundos. En casa mueles café mientras hierve el agua, preparas una taza más. Todas esas presencias que te hacen compañía en la noche, la música que ocupa el espacio, las sombras que definen cada sonido, y el olor del café al romper la taza, un instante de comunicación como el que no lograrás con nadie más. Accesorios que terminan por convertirse –para tormento de los profesores de filosofía del lenguaje– en sustantivos, en entes determinados idénticos a sí mismos, que ordenan las últimas horas del día, las horas inútiles, las horas certeras. Sólo tienen por función disuadir el tiempo, hacerlo invisible, inútil. No es sólo un problema de percepción, nada se intensifica, es una duración diferente, que comparte las inexistencias particulares de eso que te guía, olores, sonidos, sombras. Saturado el espacio con su presencia, tú no puedes más que romperte en mil pedazos con ellas, tras ellas, tal que, en todo caso, al final de la noche sea posible una recomposición que incluya la mayor parte de tí, aunque sea para irte a dormir sin frío. Qué ocurre durante esas horas, cómo te desenvuelves, qué es lo que permanece invariable y lo que se modifica sin cesar entre esos dos instantes –enmarcados por el acto preciso de prender y apagar la luz de la sala–, es algo que tal vez nadie, y mucho menos tú mismo, podrán comprender. Más certera es la matemática, su división infinita del tiempo y la simultánea desaparición y creación del mundo que esos procedimientos implican, según Bergson, más precisa para decir que no, que en tu cabeza no ha ocurrido nada. Ni siquiera has envejecido.

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