la pregunta nunca ha sido formulada. Pocas veces he pasado siquiera de enunciar uno o dos componentes. Me pierdo. A veces, al leer descubro que esa pregunta no es mía, aunque me concierte enteramente. Pero así como comparto mi pregunta, olvido mi inquietud. Se desdibuja en formulaciones más eruditas, que incluyen sistemas, etapas y esencias [...]
Más que un catálogo, una en específico, que estoy tratando de descubrir para mí mismo. (Desde aquí me toca dejar en claro que poco me agrada la palabra ‘escuchar’, tanto por el sonido de la ‘ch’, que se interpone cada vez en nuestro lenguaje, como por el uso popular; sin embargo, es la palabra que proviene de auscultare y se distingue claramente de oir, por lo tanto es insustituíble. Del último sentido sale esta reflexión). Escuchar, como en tensión, en actividad. Puedo decir que no fue –únicamente– la lectura de dos libros (Ecoute, de Szendy y A l’ecoute, de Nancy) lo que hizo que me arrojara a esa búsqueda de una forma diferente de escuchar. Quizás fue en el sótano del Knitting Factory, cuando descubrí que esa música que me hace trizas lleva el nombre –no sólo estilístico o genérico– de drone (que ahora resulta haber sido inventado por Robert Ashley). Ya estaba detrás del minimalismo, pero ese género inexistente tiene tantas formas de escucharse como de producirse, muchas asociadas a la escucha sistemática (el término es de Szendy) que se usa para la música europea tradicional. Se puede oir una pieza de Glass o Reich y buscar sus procesos, sus estructuras, su logos, como se oye una Sonata de Beethoven o la Misa de Bach, pero no se puede oir así a Feldman, Young, Palestine o Niblock. No es tampoco mística, a la manera de la Catedral de Rothko, o completamente casual, como el ambient de Eno. Tiene que ver más con un tipo de escucha atenta al detalle, a los matices innumerables que posee esa música estática que discutimos. La escucha que describe Ashley, sin embargo, tiene dos aspectos que no comparto y que me permiten precisar, por vía negativa, el tipo de escucha que persigo. La primera es la escucha mística o meditativa, que evoca estados de atemporalidad, autoconsciencia intensa etc. Segundo, dice que la música existe en un estado ‘objetivo’, independiente del escucha, quien se limita a observarla y apreciarla a voluntad. (El énfasis, por supuesto, es mío, y precisa el punto al que voy). Ya sea por el uso de metáforas muertas o por una sinestesia no diagnosticada en el lenguaje, la escucha no tiene un lenguaje ni una actitud (y aquí me debato entre escribir propia o no) que no esté explicada por algo diferente a ella misma. Me interesan tanto la escucha como acto, como el discurso sobre la escucha, sus metáforas, presuposiciones y disposiciones.
En casa, la noche. La escritura te espera. El disco, que sólo gira, conoce mil formas más de estar ahí, de no moverse y avanzar, de recorrer mil mundos. En casa mueles café mientras hierve el agua, preparas una taza más. Todas esas presencias que te hacen compañía en la noche, la música que ocupa el espacio, las sombras que definen cada sonido, y el olor del café al romper la taza, un instante de comunicación como el que no lograrás con nadie más. Accesorios que terminan por convertirse –para tormento de los profesores de filosofía del lenguaje– en sustantivos, en entes determinados idénticos a sí mismos, que ordenan las últimas horas del día, las horas inútiles, las horas certeras. Sólo tienen por función disuadir el tiempo, hacerlo invisible, inútil. No es sólo un problema de percepción, nada se intensifica, es una duración diferente, que comparte las inexistencias particulares de eso que te guía, olores, sonidos, sombras. Saturado el espacio con su presencia, tú no puedes más que romperte en mil pedazos con ellas, tras ellas, tal que, en todo caso, al final de la noche sea posible una recomposición que incluya la mayor parte de tí, aunque sea para irte a dormir sin frío. Qué ocurre durante esas horas, cómo te desenvuelves, qué es lo que permanece invariable y lo que se modifica sin cesar entre esos dos instantes –enmarcados por el acto preciso de prender y apagar la luz de la sala–, es algo que tal vez nadie, y mucho menos tú mismo, podrán comprender. Más certera es la matemática, su división infinita del tiempo y la simultánea desaparición y creación del mundo que esos procedimientos implican, según Bergson, más precisa para decir que no, que en tu cabeza no ha ocurrido nada. Ni siquiera has envejecido.
Una vez más, la escritura que desplaza la escritura. El gesto peligroso, temido, de comenzar a escribir, con la certeza de que eso que está siendo empujado hasta el fondo puede aparecer entre las líneas y transformar el texto. No hay inocencia, no hay una escritura simple y desinteresada cuando sabes que eso sigue ahí atrás, esperando. Ese es el secreto de la escritura, un desplazamiento, una deferencia que trae de nuevo eso que quería esconder. Selfwatcherfromtheoutside, vigía, crítico, destructor, aquí no te escapas de nadie, eres tú mismo quien escribe, quien lee y quien descubre. ¿Acaso tienes tanto que esconder? ¿Acaso no hay nada que puedas decir de frente?