-Gulp -dijeron la sopa y Manuel en estrecha alianza, rota instantáneamente por un ataque de tos que los proyectó en direcciones opuestas.
Julio Cortázar, Libro de Manuel
Esta frase me parece simplemente genial. No es una parte importante en la historia, no se desarrolla después, es sólo un detallito brillante en medio del resto, igual [...]
para que algo se detenga, tiene que existir un pasado, que resulte otro ahora. Para que yo pueda volver a escribir tengo que olvidar que me había olvidado de hacerlo. Tengo que pensar que no es lo mismo escribir que escribir. Tengo que dejarlo de lado, y escribir. No es cuestión de arrepentirse, la culpa es para los cristianos, sólo tengo que abrir una ventana nueva y tipear. Mi pantalón tiene manchas de aceite del pavo de hace una semana, aunque ya lo metí a la lavadora. El café está frío. Leo a DeLanda como si fuera un amigo, luego como si yo fuera otro y pudiera entenderlo, y luego me alegro de no creer en Deleuze, aunque no pueda pensar de otra forma. Tiendo mi cama, porque nadie me va a enseñar de qué se trata el drama, pero siempre lo he hecho. Y hoy es sábado y me despierto y leo en la cama los diarios de Anaïs Nin y luego hago lo que hay que hacer después de leerla y luego me siento a escribir, como si fuera normal, como si fuera lo de siempre. Como si mi cabeza estuviera despejada y todos los desórdenes de los que soy consciente a diario pudieran quedar de lado. Tengo hambre, pero eso también lo puedo solucionar esta mañana de sábado. Leer, como siempre lo he hecho, pero como si fuera nuevo. Poner cada disco, limpiarlo como si fuera la primera vez, oir cada nota y de repente hay que darle la vuelta y no me di cuenta cuándo pasó todo. Mi temporalidad se reduce a lapsos de tres minutos o menos, imposible concentrarme durante espacios más prolongados. Esos tres minutos duran, los habito y puedo discernir cada variación que hay en su interior. Cuando miro el reloj, no ha ocurrido nada. Como para el Perseguidor, no puedo creer que todo eso quepa sólo en tres minutos, de una estación a otra, de mirar el reloj a volverlo a mirar y ya he pasado cuatro páginas. Pero, tras dos horas, sólo he leído ocho. Porque no soy un místico, ni un sabio. Voy a tientas en el tiempo, dando tumbos y tropezando contra mis propias paredes. Tengo un reloj binario que utilizo para olvidarme de la idea de que el tiempo es un número o una manecilla que gira sobre un plano de una geometría que no comprendo. El reloj binario funciona con luces cuya combinación entre encendidas y apagadas expresan un instante que es particular. Tiempo discreto, de luces verdes. Quien me oyera tan deleuziano. He vuelto a escribir, y no he escrito nada todavía. Sólo es cuestión de abrir una nueva ventana.
sonida: Porcelina of the vast oceans, Smashing Pumpkins.