las direcciones, los impulsos, las fuerzas, todo el movimiento hacia adelante -y hacia atrás-, son rectas que confluyen estúpidamente en el mismo punto. De repente el mundo es un cubo conformado por el movimiento, y yo me encuentro en uno de sus vértices, fin de todo movimiento. Puedo girar, puedo devolverme, puedo cambiar de dirección, [...]
y es que las marcas que la ciudad no alcanza a realizar físicamente sobre tí, las debes hacer por tí mismo, al menos ser su herramienta. La ciudad te marca con tu propia mano. ¿Y cuál es esa escritura de la que escapas continuamente? Es la misma que persigues, por supuesto, la misma que no olvidas y no te deja olvidar. Es la que llena las páginas del moleskine en el subway, es la que marca tu piel, es la que deja tu nombre en los bouchers de las tiendas, de los restaurantes, del alcohol y la música que sirven de combustible para este viaje errático. Y eso lo sabes: aunque se trate diariamente de un nuevo concierto, de una nueva forma de producir sonidos desde la computer o de experimentar cada vez el desmembramiento que la música de Palestine produce, ahora a través de tus audífonos verdes, aunque te refieras a las cosas en términos de frecuencia y velocity, estás aquí para escribir. Quizás llegues a casa y lances ese EP que planeas, o que hagas un concierto, un drone interminable o lo que sea, tu viaje no estará completo a menos que de él resulten unas cuantas palabras bien alineadas, a menos que te dejes alcanzar por la escritura que te persigue, a menos que hagas marcas tú también. Por ahora no debes preocuparte, aunque ya lleves la mitad del tiempo aquí. Si lo piensas, es bastante. Y sin embargo, encuentras intersticios como éste. Estás solo, vas a estarlo durante todo el día, pero sólo hasta ahora puedes derramarte, perder la compostura. (Es decir, sentir cómo el espacio dentro de tu cabeza se hace tan grande como el cuarto que la contiene, sentir cómo el cuerpo ya no necesita de sus partes.) Atento a los sonidos, atento a los cambios de temperatura, con ese sacrificio que haces al apagar el ruidoso a/c para oir las teclas, para oir cómo cruje la casa al calentarse en el verano. Lo único que esperas es que el cuerpo se desintegre. Necesitas un grito, necesitas que tus gafas exploten (o que se pierdan en Central Park, en honor al Titán), necesitas alguna técnica para fotografiar tu cuerpo mientras pierde toda consistencia, cuadro por cuadro. Es como si pretendieras salir ileso de ese enfrentamiento con Bacon, con Giotto y con Caravaggio, con Rembrandt aunque escaso, con toda la pintura del Renacimiento, con Aquelao en forma de toro; es como si, después de haber mirado a Sócrates a los ojos (cuencas vacías para piedras preciosas robadas hace mucho tiempo), después de haber visto a Aristóteles con sombrero italiano y de haber atravesado los grandes salones de tantas galerías donde se despliega el imperio Romano, quisieras pronunciar de nuevo tu nombre y sentirlo ligero, sentir su posibilidad. Pero bueno, cuatro horas dentro del Knitting Factory y su drone eterno, sus bandas acumulando decibeles ya hicieron lo suyo para sacar todo lo que había dentro de tí y dejarte hecho una costra, de nuevo.
sonida: bookmusic, Will Redman.
Siempre hallo resonancias de ciudades abiertas y en otros momentos, de un noise del hermetismo. Algo así como una toma de John Cage que el texto abduce.
Siempre.