describo algo que está frente a mí. Es un pocillo blanco. De porcelana tal vez; reposa en el escritorio, al lado de mi computador, en silencio. Un asa en forma de medio corazón y una decoración de motivos florales abstractos, en unos tonos de verde y morado poco comunes, le dan ese estilo art nouveau [...]
no sé cuando escribo. No sé qué pasa cuando escribo, y tampoco lo que hago cuando no escribo. Lo que escribí ayer, no lo recuerdo, y no puedo leerlo. Uno no lee lo que escribe. Escribo. Cada vez, y por la misma razón: estoy buscando. Escribir es buscar, es la persecución. Es el salto a la palabra siguiente, el salto nunca asegurado. Por eso se parece a la música, pero en eso se diferencia. En música sólo tienes que escoger entre 12 notas, y a menudo las escogen por tí. No hay riesgos. ¿Ahora? Ahora tratas de pensar en lo literario, en esa deriva del pensamiento que es la escritura, en esos eventos sorprendentes que ocurren cuando lees algo diferente de lo que está escrito, cuando escribes de manera que se pueda leer cancrizans y repetirlo varias veces produciendo nuevos contrapuntos cada vez, con el mismo sentido: todos los sentidos a la vez, literalmente.
Veo relojes y el sol en la ventana, veo palabras, veo las marcas de las letras, siempre en el mismo orden, silenciosas, retadoras. Veo cómo aparecen en la pantalla palabras que he pensado, que me han pensado, palabras con las que no tengo contacto, pero que regresan cada vez para sugerirme algo, para insinuar un nuevo tramo de la búsqueda: las palabras marcan su propio camino; no lo reciben de antemano, rompen cualquier clase de muro que se planta enfrente o se postran ante él. Sí, ante un muro. A veces extraño las palabras que nunca llegan. Es un bote salvavidas, con fugas.
Es raro, no sé para qué escribo esto.
Algo se olvida. Algo queda atrás.
Hay cosas que pasan.
sonida: Leaky lifeboat (for Gregory Corso), Sonic Youth.