sonida: dayvan cowboy, Boards of Canada.
y esas palabras, ¿están en tu cabeza? Palabras raras, palabras nuevas, desconocidas, abstrusas. ¿En qué parte de la cabeza? Desconocidas, escondidas, al acecho. Entorpecen la escritura, se imponen ahora entre las ideas, cambian su sentido, invaden el pensamiento. Metafísica. Entran palabras/salen palabras. No hay más procesos, su organización es automática. Los medios, medios son. Los hombres. Las palabras contienen su propio orden lógico, premisas de organización predeterminadas, es su comportamiento, su despliegue. (Por eso no puedes evitar que se fuguen una o dos, que manchan de teleología tu escritura). Salen/entran, ¿intercambio?, ¿Permutación? ¿Cuál es la relación dentro de tal comercio? ¿Se repiten o se anulan? Y así el caminar lento, así las poses, o la mirada distraída, nunca al frente, así el olvido y mirar hacia ambos lados antes de cruzar. La insignificancia del sonido, la materialidad de las ondas, la emotividad de la dominante. El aspecto de las palabras, la combinatoriedad, el peso del enunciado. Supercolisionadores y toneladas de sonido aplastantes, o leves aumentos en la densidad del ambiente, se necesita una onda de 20k a más de 200dB para apagar un pequeño fuego. Se necesita un disco de The Clash y una configuración social lo bastante inflamable para incendiar Londres; a control remoto. Se necesita una noche fría y un plato de ravioli para salir de nuevo a oir otro mundo. Tal vez no haya compañía esta vez.
sonida: Ascension, Glenn Branca.
la semana pasada leí extasiado doscientas páginas de La posibilidad de una isla de Houellebecq; leí en la hamaca, en la playa, mirando la linea infinita, la arena abandonada, cocinando con leña, en el futuro, en esa era medieval, en mi propia distensión. Estaba allá, todo eso ocurría (ocurrió) con la toda la naturalidad del caso: en vacaciones me voy para la playa. Como si nunca hiciera falta nada más; como si la playa existiera, como si hubiera una conexión de causalidad entre mi decisión de ir a la playa en vacaciones y tostarme la espalda leyendo a Houellebecq (y todo lo demás que ocurrió, que se seguía también con la misma naturalidad, ese orden perfecto, esa realidad, esas palabras que podrían nunca haber estado ahí [que nunca habrían podido estar ahí]). Una de esas vacaciones que planeas, enfrentando contratiempos, sorprendiéndote con las coincidencias que permiten que todo ocurra más fácil, registrándolo todo, tal y como debe ser; y terminaron, también, como era de esperarse: no quedamos atados en la repetición infinita de la marea, no morimos, no nos olvidamos; aquí sigo y las vacaciones se convirtieron en recuerdos, en un relato, cada vez más corto, para los que preguntan. Ahora acabo de abrir el libro y leo, es el primer párrafo, lo que seguía desde cuando cerré por última vez el libro en mis vacaciones a falta de luz:
Poco antes de llegar, la carretera seguía una playa de arena negra sembrada de pequeños guijarros blancos; tengo que reconocer que era extraño, por no decir perturbador. Al principio miré con atención, luego aparté la mirada; aquella inversión de los valores me trastornaba un poco. Si el mar hubiera sido rojo, seguramente habría sido capaz de aceptarlo; pero seguía siendo tan desesperadamente azul como siempre.
De haberlo leído allá, ¿habría visto yo el mar rojo? ¿Hubiera cambiado algo? ¿He vuelto otro? Tal vez todo seguiría siendo tan desesperadamente azul como siempre; no lo hubiera notado siquiera. Luego, la literatura, y veo hacia atrás, ahora el escorzo; todo explota en colores, esa palabra que estuve buscando todo el tiempo, que podría haber sido arena (sin colores, sin atributos, sólo en el aturdimiento de su presencia), ahora abandona su necesidad: todo es tan desesperadamente azul, como el mar. No lo hubiera notado, no escribiría. ¿A dónde se ha ido la escritura? escribía hoy mismo. Se había quedado en la playa, esperando la arena, que dejó de venir. La literatura la ha traído de vuelta y ahora escribo.
***
Todos. Toda la gente que has conocido en los últimos 3 años, como si fuera la última escena de tu vida. Unos saludan, efusivos, con un abrazo; otros se alejan; otros más, inesperados, te preguntan en palabras certeras por tu vida, sonríes sorprendido, recorres el lugar atestado de gente; desconocidos, pero todos como especialmente seleccionados para estar ahí esa noche, para que nada pasara desapercibido: no tenías nada que hacer ahí, sin embargo, todos han venido. Es tu despedida. Como si algo así fuera a hacer cambiar algo de repente, como si mañana pudieras efectivamente abandonarlo todo e irte a meditar en una montaña de Laos. Como si esperar una despedida no fuera demasiado. Y sin embargo, todos desfilan, casi, haciéndose notar, otros obligándote a atravesar el lugar para decir dos o tres palabras en un tono que sólo la muerte podría cambiar. Pero un vacío. Más palabras o menos palabras, alguien que se daba la vuelta, alguien que te prometía: saturación.
sonida: A Sweet Quasimodo Between Black Vampire Butterflies For Maybeck, Charlemagne Palestine.
siempre hay caos en el comienzo, siempre hay un burbujeante destello del absoluto en el origen, ursprung y sólo intentas llevarlo un poco más adelante, limitando las negaciones que constituye cada determinación, cada tag que escribes, intentando permanecer en lo indeterminado, sin convertirte en un idealista, no; siempre atado, atado a lo que sea, atado al silencio.
sonida: Ashes on the ground, Yo la Tengo.