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rompí todas mis expectativas, acabé con mis sueños, negué mis planes. Me rehusé sistemáticamente a establecer cualquier tipo de proyección, de pensar en términos de deseos y objetivos que enfocaran mis acciones hacia un fin idealizado, desarticulé paso por paso cualquier clase de plan a futuro, five-year plan, que pudiera plantearse y que me involucrara, por encima de mí mismo. Todo esto por medio de reflexión intensa, de racionalismo punto por punto, contemplando cada encadenamiento lógico y rompiéndolo con su negación aun más lógica; negué mi pasado, mi futuro, mis proyecciones, incluso me negué a consumir cualquier tipo de contenido en donde se privilegiara esta forma teleológica de pensamiento. Mi vida, es ahora, decía, y no lo que yo idealice de ella, no es ese plan inexistente que organiza toda mi experiencia actual como medios para un fin que no es más que una fantasía; no voy a gastar mis esfuerzos y energía en un relato del que no tengo la más mínima certeza y que puede convertirse en mi condena. Desde la tonalidad hasta la narración, desde la lógica formal hasta el materialismo histórico, rechacé todo lo que estableciera un recorrido predeterminado para mi vida, fuera yo el centro o no. Tanto me daba si tal o tal filosofía situaba mis desiciones por encima del mundo, organizando la historia desde mi perspectiva, como si negaba por completo mi capacidad de acción sumiéndome dentro de un proceso histórico en el que yo sólo sería producto, cualquier alusión a un encadenamiento lógico-causal en los acontecimientos de mi vida se me hacía repugnante y lo leía con desprecio, para refutarlo punto por punto, con indefectible furia, defendiendo el ahora, el acontecimiento puro, la aparición de la verdad, el ser. El deseo, afirmaba, no es de algo que carezco, es lo que me mueve y lo que me produce cada vez, es lo que hago en cada momento, no se trata de apropiación sino de producción, soy el deseo, deseo de deseo.
Ahora estoy aburrido. Estoy, podría decirse, alienado, en un mundo organizado exclusivamente con todos los sistemas que yo negué, sin posibilidad de comprender mi situación, mis recorridos y mis posibilidades. De mí se espera en el mundo que actúe según todo eso que he refutado, que tenga un plan, un ideal, deseos, sueños. Ahora no tengo nada de eso, me enfrento a cada situación con la expectativa de el instante, despreciando cualquier resultado o proyecto. Y todo está vacío. El mundo no funciona en presente, la realidad desnuda no tiene esa riqueza que esperaba descubrir al negar mis expectativas, cada lugar tiene menos realidad, cada vez menos significado, a medida que yo niego eso que comprendo como proyecciones. Ya puedo leer libros sin pensar en el final, pero entonces nada me sorprende, todo viene dado, el impacto de la sorpresa, de la causalidad, de la necesidad de los acontecimientos o de los argumentos que los autores se han esforzado por construir (de esa forma artificial y engañosa, diría antes), se me hace insignificante, pero descubro que no se han esforzado por llenar esos libros de la realidad que busco, y que de hecho no la han visto porque quizás no existe. El mundo es aburrido, los libros son aburridos, las imágenes, a menos que logre disociarlas por completo de mí mismo y perderme en ellas sin ningún pensamiento, son aburridas, pobres, sosas. Y es que me da lo mismo si gano o pierdo, si tengo o no tengo, si me llaman o no, si mencionan mi nombre. Todo es inmediatez, nada tiene efectos sobre el futuro y nada responde a ningún esfuerzo, luego no necesito hacer nada, el mundo no depende de mí, estoy disociado de él por completo. Del mundo no queda nada si yo decido no actuar sobre él, y lo decido porque sé que aunque actúe no habrá diferencia. Miro ahora la ventana a mi lado. La caída no es muy larga, pero si llevo hasta el extremo mis razonamientos, no hay relación entre la altura y una muerte posible, tanto da si me tiro o no. Y tanto da, si muero, quedo cuadrapléjico, o si salgo volando por la ventana, me elevo por encima de los edificios y recorro la ciudad desde el cielo, desde ese lugar privilegiado, donde todo es bello. Acercarse y alejarse, encontrar las diferencias, lo que se pierde en el acercamiento, lo que se pierde en la distancia, lo que se pierde al mirar y al dejar de hacerlo, todo lo significante es lo ausente, lo que me interesa es exclusivamente lo que se pierde, pero como se pierde no puedo tenerlo, no puedo verlo, no puedo disfrutarlo; me aburro.
sonida: canción, autor.
se llama nihilismo. todavía te falta mucho para comprenderlo. aquí va un poco:
Todo esforzarse y afanarse, todo emprender y actuar, todo estar en camino por parte de la vida, todo ir hacia adelante, todo «proceso», en resumen, todo «devenir», no llega a nada, no alcanza nada, nada en el sentido de una realización pura de aquellos fines incondicionados. Las expectativas en este sentido resultan decepcionadas; todo empeño aparece carente de valor. Surge la duda de si tiene alguna finalidad establecer en cada caso un «fin», buscar un «sentido» para el ente en su totalidad. ¿Qué pasaría si no sólo el esfuerzo por realizar un fin y llevar a cabo un sentido, sino quizás ya ese mismo buscar y poner un fin y un sentido fueran un engaño? De ese modo, el valor supremo mismo se tambalea, pierde su indubitable carácter de valor, «se desvaloriza». El «fin», aquello de lo que todo debe depender, aquello que vale incondicionadamente ante todo y para todo, el valor supremo, se vuelve caduco. La caducidad de los valores supremos penetra en la conciencia. En concordancia con esta nueva conciencia se altera la relación del hombre respecto del ente en su totalidad y respecto de sí mismo.
es Heidegger en “El nihilismo europeo”
http://www.heideggeriana.com.ar/textos/nihilismo_5.htm
¿ves?