mi yo autocrítico simplemente no puede comprender ni aceptar el carácter cíclico de mi yo productor. Largas etapas en las que ni una idea, ni un pensamiento llega a concretarse; las ideas vagan por mi cabeza sin alcanzar a desarrollarse, sin posarse en ningún lugar que les permita crecer. Y mi yo autocrítico se da [...]
“de la blanda substancia de insípido tufillo se ha filtrado ese algo como un vapor, un vaho… se está condensando… las gotitas de las palabras ascienden en fino chorro, empujándose unas a otras, y vuelven a caer. Ascienden otras y otras más… Ahora ha caído del todo el último chorro. Ya no queda nada.
Todo eso tiene que volver a empezar a toda costa. Dejarse hundir de nuevo… quedarse flotando… acurrucado, a merced del más leve oleaje… Esperar a que se esbocen en lo hondo del cieno ese ciego desenroscarse, ese replegarse hasta que de ahí se desprenda algo otra vez…
Ahí, le parece notar… parece que hay ahí como un latido, un pulso… Se detiene, se reanuda con mayor fuerza, vuelve a detenerse y vuelve a empezar… Es como el ruidito intermitente, obstinado, el rascar, el leve roer que revela al que lo escucha en tensión, en medio del silencio de la noche, la presencia de algo vivo…
Crece, se abre… Tiene el vigor, la intacta lozanía de los brotes jóvenes, de las primeras briznas de hierba, crece con la misma violencia contenida, propulsando palabras que lo van precediendo… Se atraen entre sí… Su delgado chorro se estira lentamente… El impulso se vuelve más fuerte de repente, es una breve erupción, las palabras ruedan cuesta abajo con impulso irresistible y luego todo se calma.
Ahora que ha cesado el tumulto, puede tomárselo con calma y mirar bien, observar atentamente esa forma fundida de una sola vez, erigida por las palabras.
Da la impresión de que por aquí algunas palabras desperdigadas en desorden la enturbian. Hay que cambiarlas de sitio… que permanezcan encerradas entre contornos completamente nítidos…
Si se las mira con despacio, recuerdan más bien conchas, piedrecitas muy lisas y redondas atravesadas por un hilo. Se las puede cambiar de sitio y mirar qué efecto causan. Pueden hallarse otras distintas de las que surgen espontáneamente. Otras que den a la forma que trazan mayor fuerza, mayor pureza. Otras que, se está seguro de ello, no es posible cambiar, por mucho que se indague no se puede encontrar ninguna capaz de ocupar su sitio.
Se despliegan, el hilo que las atraviesa se pone tirante, vibran… escucha cómo se expanden sus resonancias… Solo con ellas, totalmente enderezado a su vez, fuera de la substancia blanda e insípida en la que estaba sumergido, se deleita con sus movimientos, las pone y las quita para que formen arabescos perfilados con mayor arte. Su vibración se amplifica, es ahora una música, un canto, una marcha muy acompasada, los ritmos nacen unos de otros, acuden palabras de todas partes, como si algo las atrajera… fascinado, contempla sus movimientos, suben, bajan, vuelven a elevarse y caen de nuevo. Las guía con precaución. Ahora parece que ya se han acostumbrado y se doblegan solas a determinado ritmo… Se arriman unas a otras, se elevan… Espera el momento en que, al llegar a cierta altura, vuelvan a caer por su propio peso.
Las palabras ahora tienen un brillo mayor, no paran de llegar otras, más raras, más exquisitas, los juegos de sus matices, de sus destellos son más sutiles, su melodía más elaborada, cada vez se torna más potente, como si viniera de un concierto de instrumentos… Es el momento en que conviene pararse. Tomar algún descanso. Se ha llegado a un límite. Se puede, con esto que lo está esperando a uno, correr fuera, colmado de energía desaprovechada, derrochar alegremente parte de ella, retozar… saltos, brincos, cabriolas, risas contagiosas… juegos de niño protegido, despreocupado.
Entre la vida y la muerte, Nathalie Sarraute. p. 69-72
sonida: child psychology, Black Box Recorder.