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que se me escapa. No es una idea, es apenas un intento mínimo de escribir, de dejar ese rastro. Es rastro de algo, de algo que ya ha ocurrido, pero cuyo contenido, más allá de esa misma ocurrencia, ya no existe. Por eso, cuando intento escribirlo, caigo en cada lugar común, recorriendo con la torpeza [...]

March 8, 2010

más mañanas

Esto de luchar todos los días con los días, para que empiecen o terminen, para que adquieran eso que intentas llamar su consistencia, para que cada vez se conviertan en algo, para que, de un momento a otro, se transformen. Esa espera que es su comienzo, esa mirada vacía que recibe la pantalla de la computer, ese avance lento que se cuenta en emails y tweets, en las páginas del periódico, en jarras de café. Y es que has construido tu vida en torno a las mañanas. Mañanas lentas y de productividad variable, mañanas que resumen y consumen tu soledad –que también ellas producen, nadie vendrá–. Esas mañanas, esa taza de café que promete solucionarlo todo, ese olor que define cada hora, ese pasar de páginas, ese silencio, ese silencio. Esta es la hora en la que no buscas desesperado, esta es la hora en la que no hay miradas, esta es la hora, en fin, en la que todo se expande, con la música, para llenar el cuarto que huele a café, para sincronizarse con la campana del horno que hace las tostadas. Esto de venir a escribir, por fin, tras varias semanas de silencio, de escapes, de giros en redondo. ¿Que habrá en las mañanas para que sean como monocromos? Una temperatura estable, puesto que el sol todavía no entra, un sabor estable, de café bien hecho. Pero no son sólo consideraciones formales, y hasta ahí llega la comparación. La consistencia de una mañana está dada por la aglomeración al infinito de promesas y posibilidades, la de un monocromo lo está por su reducción. Esa consistencia, esa densidad dada por las posibilidades infinitas, que parecen entrar por la ventana o hervir dentro de la cafetera, rompen cualquier parecido que las mañanas puedan tener con algo diferente. Nada posee esa potencialidad, nada está tan saturado de vacío –puesto que las promesas no son otra cosa que formas vacías–, nada se dirige tan inexorablemente hacia su final. Klangfarbenmelodie, mañanas que cambian sin cambiar, que avanzan y ocurren sin grandes cambios estructurales, su continuidad, su peso, su textura, dadas por variaciones infinitesimales entre la temperatura de dos tragos continuos de café. O tal vez una mañana no es más que su escucha, una sesión de escucha, que acoge al día, y no se compone de promesas sino de la escucha de esas promesas, para ponerlas en juego, para hacerlas cumplir lo que prometen, al menos para hacer-las promesas.

February 14, 2010

Formas de escuchar.

Más que un catálogo, una en específico, que estoy tratando de descubrir para mí mismo. (Desde aquí me toca dejar en claro que poco me agrada la palabra ‘escuchar’, tanto por el sonido de la ‘ch’, que se interpone cada vez en nuestro lenguaje, como por el uso popular; sin embargo, es la palabra que proviene de auscultare y se distingue claramente de oir, por lo tanto es insustituíble. Del último sentido sale esta reflexión). Escuchar, como en tensión, en actividad. Puedo decir que no fue –únicamente– la lectura de dos libros (Ecoute, de Szendy y A l’ecoute, de Nancy) lo que hizo que me arrojara a esa búsqueda de una forma diferente de escuchar. Quizás fue en el sótano del Knitting Factory, cuando descubrí que esa música que me hace trizas lleva el nombre –no sólo estilístico o genérico– de drone (que ahora resulta haber sido inventado por Robert Ashley). Ya estaba detrás del minimalismo, pero ese género inexistente tiene tantas formas de escucharse como de producirse, muchas asociadas a la escucha sistemática (el término es de Szendy) que se usa para la música europea tradicional. Se puede oir una pieza de Glass o Reich y buscar sus procesos, sus estructuras, su logos, como se oye una Sonata de Beethoven o la Misa de Bach, pero no se puede oir así a Feldman, Young, Palestine o Niblock. No es tampoco mística, a la manera de la Catedral de Rothko, o completamente casual, como el ambient de Eno. Tiene que ver más con un tipo de escucha atenta al detalle, a los matices innumerables que posee esa música estática que discutimos. La escucha que describe Ashley, sin embargo, tiene dos aspectos que no comparto y que me permiten precisar, por vía negativa, el tipo de escucha que persigo. La primera es la escucha mística o meditativa, que evoca estados de atemporalidad, autoconsciencia intensa etc. Segundo, dice que la música existe en un estado ‘objetivo’, independiente del escucha, quien se limita a observarla y apreciarla a voluntad. (El énfasis, por supuesto, es mío, y precisa el punto al que voy). Ya sea por el uso de metáforas muertas o por una sinestesia no diagnosticada en el lenguaje, la escucha no tiene un lenguaje ni una actitud (y aquí me debato entre escribir propia o no) que no esté explicada por algo diferente a ella misma. Me interesan tanto la escucha como acto, como el discurso sobre la escucha, sus metáforas, presuposiciones y disposiciones.

en: escritura, escucha, mnmlst, musical(es) — pin2 @ 9:44 pm
February 9, 2010

las horas certeras

En casa, la noche. La escritura te espera. El disco, que sólo gira, conoce mil formas más de estar ahí, de no moverse y avanzar, de recorrer mil mundos. En casa mueles café mientras hierve el agua, preparas una taza más. Todas esas presencias que te hacen compañía en la noche, la música que ocupa el espacio, las sombras que definen cada sonido, y el olor del café al romper la taza, un instante de comunicación como el que no lograrás con nadie más. Accesorios que terminan por convertirse –para tormento de los profesores de filosofía del lenguaje– en sustantivos, en entes determinados idénticos a sí mismos, que ordenan las últimas horas del día, las horas inútiles, las horas certeras. Sólo tienen por función disuadir el tiempo, hacerlo invisible, inútil. No es sólo un problema de percepción, nada se intensifica, es una duración diferente, que comparte las inexistencias particulares de eso que te guía, olores, sonidos, sombras. Saturado el espacio con su presencia, tú no puedes más que romperte en mil pedazos con ellas, tras ellas, tal que, en todo caso, al final de la noche sea posible una recomposición que incluya la mayor parte de tí, aunque sea para irte a dormir sin frío. Qué ocurre durante esas horas, cómo te desenvuelves, qué es lo que permanece invariable y lo que se modifica sin cesar entre esos dos instantes –enmarcados por el acto preciso de prender y apagar la luz de la sala–, es algo que tal vez nadie, y mucho menos tú mismo, podrán comprender. Más certera es la matemática, su división infinita del tiempo y la simultánea desaparición y creación del mundo que esos procedimientos implican, según Bergson, más precisa para decir que no, que en tu cabeza no ha ocurrido nada. Ni siquiera has envejecido.

February 4, 2010

a cubierto de una indeterminación reglada

Una vez más, la escritura que desplaza la escritura. El gesto peligroso, temido, de comenzar a escribir, con la certeza de que eso que está siendo empujado hasta el fondo puede aparecer entre las líneas y transformar el texto. No hay inocencia, no hay una escritura simple y desinteresada cuando sabes que eso sigue ahí atrás, esperando. Ese es el secreto de la escritura, un desplazamiento, una deferencia que trae de nuevo eso que quería esconder. Selfwatcherfromtheoutside, vigía, crítico, destructor, aquí no te escapas de nadie, eres tú mismo quien escribe, quien lee y quien descubre. ¿Acaso tienes tanto que esconder? ¿Acaso no hay nada que puedas decir de frente?

January 29, 2010

(función cuaderno de notas)

Copio esto bajo el encanto del lector que por fin lee algo que ha querido escribir siempre.

Ese humilde monosílabo let [supongamos que] que precede a las conjeturas y demostraciones en la matemática pura, en la lógica formal, representa la licencia arbitraria y la ilimitación del pensamiento, del pensamiento que manipula los símbolos como el lenguaje manipula las palabras y la sintaxis.

Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento.
George Steiner

en: infinito, m'skine, outsiders, palabras, piensa, recherche, sofa — pin2 @ 7:28 pm
January 22, 2010

com-posibilidad (olvido)

Get weak all the time, may just pass the time,
Me in my own world, yeah you there beside,
The gaps are enormous, we stare from each side,
We were strangers for way too long.

Hoy perdí 20 minutos. Por ahí. Eso no solía ocurrir. He olvidado cómo detenerme, he olvidado cómo pensar y cómo escribir. No puedo olvidar que siempre lo recordaba, pero no puedo recordarlo ahora. Ahora busco universales, razones suficientes y formas lógicas; determino el mundo desde mi centro. Había palabras que, de inmediato, se encadenaban y me llevaban a lugares más lejanos de lo que había imaginado. Al regresar, aún conservaba su sabor en la boca, recordaba. Sabía escribir, sabía dejarme llevar por una idea. ¡Vaya! si hasta tenía ideas sobre las ideas y sabía separarlas de mis propias ideas, que por básicas y sencillas quedaban de lado durante la escritura. He olvidado esa práctica, esa dedicación funcional del organismo para desgajarme sobre el teclado, descomponerme en cientos de partículas que se recomponían en la escritura (mi espacio de composibilidad). Ha sido un olvido activo, no decidido pero sé que ha ocurrido como efecto de otras prácticas, de la búsqueda de espacios diferentes, de conversaciones extendidas, de gestos que me han sido arrancados. Posibilidades suplantadas por posibilidades diferentes que no me llevan a otros lugares, que me han engañado. No por eso me he detenido. No por eso perdido el camino correcto, puesto que nunca lo conocí. No podría decir que lo encontraré, pero tampoco que no existe. No podría cambiar nada de lo que tengo por algo mejor, pero lo haría dada la oportunidad. Tampoco es seguro que pudiera reconocer esa oportunidad. No conozco tampoco el arrepentimiento sincero, no podría ignorar lo que tengo, ni podría preferirlo a lo que he perdido –puesto que he olvidado lo que tenía–. En cualquier caso, no soy tan diferente ahora. Estoy tan perdido como antes, quizás con ratas diferentes de producción/consumo, quizás ahora me atraviesan palabras a las que les tengo menos aprecio que antes y no me dejo arrastrar tan fácilmente. Quizás estoy viejo. De pronto se ha reemplazado en mi el arrojamiento por una lentitud anterior, quizás estoy aprendiendo todo de nuevo. Me sigo observando, desde el exterior, con ojos celosos, críticos e implacables. Siempre soy mi propia víctima. Sigo atravesándome en el camino de otros –que han cambiado–, sigo olvidándome de mi por otros –eso no ha cambiado–. Sí, sigo errando, y todo lo que he escrito al respecto no me ha ayudado –ni lo hará, lo sé– a encontrar esa otra ruta, al menos mientras la pretenda única, vertical, completamente diferenciada del resto. He perdido, he olvidado, he errado, no he hecho nada más que vivir. But most of all, I did it my way.

sonida: I remember nothing, Joy Division.

January 19, 2010

hay algo

que se me escapa. No es una idea, es apenas un intento mínimo de escribir, de dejar ese rastro. Es rastro de algo, de algo que ya ha ocurrido, pero cuyo contenido, más allá de esa misma ocurrencia, ya no existe. Por eso, cuando intento escribirlo, caigo en cada lugar común, recorriendo con la torpeza de un principiante las agrupaciones más básicas de ideas y palabras, prediseñadas, de uso común, y no escribo nada. Puedo, al menos, detenerme a tiempo, puedo reconocer el barrizal que he creado y suprimirlo sin vergüenza. Vuelvo a empezar. No he escrito más de tres hojas en los últimos dos meses, un hecho que sólo para no avergonzarme de mí mismo justifico creyendo que es por las fiestas. Tiempo de ocio e incapacidad mental. Recuerdo, sin embargo, que precisamente en ésta época inmóvil comenzaba a escapar del tiempo encerrándome en un cuarto de la finca a escribir en la agenda que tuviera en ese momento. Recuerdo una negra, otra café. Nunca escribí más de 10 páginas de ninguna; me escondía. Un día, al entrar al Starbucks de Union Square, comprendí que escapo de la escritura como de mí mismo, que dispongo todos los obstáculos con premeditación para prolongar ese estado de ignorancia ante mí mismo, sabiendo que, una afuera, en la escritura, todo lo que no escriba serán mentiras para mí. Esta reflexión, por ejemplo, me ha acechado desde entonces. Uf, hay algo ahí. La escritura. Vuelve. Una vez más, no puedes esquivarla. Así escribía ese día. Ahora releo esa libreta negra, –que no se llena, que me evita–, y recibo de nuevo, desde esa tarde frente a un white chocolate mokaccino, un sentimiento pesado, sereno pero irrefrenable, que comenzaba a decir adiós. No dejé fechas ese día, fue la última semana, después de la tormenta y del puente, que permanecen ahí, que marcaron el libro de Serres. Fechas inútiles. Importa más el tono, esa segunda persona que sacaste quién sabe de dónde y que en la relectura cobra una fuerza insospechada, un peso terrible que se aprovecha de conocer esos lugares íntimos, toda una disposición que escapa de la escritura, que se constituye en ese escape, que fracasa, apresado, vacío, convertido en una trampa que explotará después. No releo con cuidado cuando escribo porque siempre creo que esta relectura posterior, tres o cuatro meses después, es más significativa [update: acabo de releer esta frase y encontré un error justo aquí. ¿qué puedo decir?]. En especial en esta clase de textos inútiles de autodescubrimiento. No puedo decir lo mismo que Anaïs, no me ha poseído suficiente la escritura como para vivir en virtud del diario. (No he sido tan sabio, quiero decir, de admitirlo; nunca un enfrentamiento tan directo).

Esto no es una idea nueva, pero ciertas reglas de ortografía y gramática me obligan a insertar un salto. La frase anterior me hizo detener –aunque la escritura no alcanza a trazar esos hiatos apropiadamente–, y ahora lucho por terminar esta entrada para que sea digna de publicarse. O no. Nunca ha habido criterios editoriales aquí, sólo exploraciones. Que todavía siga escribiendo –y evitando escribir–, significa que todo ha sido provechoso y al mismo tiempo infructuoso. Ya hice el primer cambio.

sonida: Seymour Stein, Belle & Sebastian

January 16, 2010

empezar

Comenzar es apenas demorarse más en terminar. No estoy más cerca, pero es un nuevo lugar.

Pronto más actualizaciones.

en: agotamiento, lookingback, repetición — pin2 @ 4:57 am
December 24, 2009

bitácora

  1. no hay nostalgias, no hay distancia. No hay nada que como recuerdo se presente para representar algo que difiere del presente. No hay otro. No hay olvido, porque nada ha pasado, porque nada contiene una diferencia mínima que permita siquiera pensarlo como lo mismo. Hay una permanencia, indescriptible, indisoluble, que no cesa pero que tampoco puede ubicarse. Lo que empieza, en parte, es que ha sido analizada, desde todas las dimensiones que permiten sus variables, hasta expresar su insignificancia, la ausencia total de sentido que la activa.
  2. No hay hacia, no hay adelante, no hay nada que aún no sea y que se pueda definir, como idealizando, de manera tal que cada variable se conforme a una regla. No hay un espacio indefinido pero maleable, completo pero vacío, absolutamente femenino (si, la chora, o kora en “español”, deseo frustrado) que pueda absorber y dar forma a la realidad a partir de lo que ahora se proyecta.
  3. ¿Y entonces?
  4. Esta tarde encontré un libro que se llama Gödel, Escher, Bach. Todavía no logro comprender de qué se trata. Nunca lo voy a poder leer. [ahora en wikipedia veo que en inglés se llama Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid, tal parece que hay un problema con la traducción que no alcanza al título; uno de los capítulos que leí es sobre las traducciones del Jabberwocky]. Podría decir al respecto que:
  • Se me olvidó lo que le dijo Aquiles a la tortuga.
  • No me importa lo que le dijo Aquiles a la tortuga.
  • Es obvio que le dijo Aquiles a la tortuga es falso.
  • Si lo que le dijo Aquiles a la tortuga es falso, es obvio que nada es verdadero.
  • Si es obvio que nada es verdadero, lo que le dijo Aquiles a la tortuga es falso.
  • Me perdí.
Así, tras haber tomado dos martini y dos cervezas en JSB, escribo esto y me voy a dormir. Estos son los días de navidad de comienzos de siglo, extraños, sospechosamente felices, marcados por la ausencia

sonida: [sonó] alguno de los conciertos de Brandemburgo y tal vez la misa en F, Johann Sebastian Bach.

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December 11, 2009

the voices

“Sometimes the experience of the voices was ecstatic, sometimes so much so that it was almost too intense for me—as when you first bite into an apple or a confection that tastes so delicious and causes such a flood of oral juices that there is a moment of intense pain in your mouth and glands—particularly in the late afternoons of spring and summer, when the sunlight on sunny days achieved moments of immanence and became the color of beaten gold and was itself (the light, as if it were taste) so delicious that it was almost too much to stand, and I would lie on the pile of large pillows in our living room and roll back and forth in an agony of delight and tell my mother, who always read on the couch, that I felt so good and full and ecstatic that I could hardly bear it, and I remember her pursing her lips, trying not to laugh, and saying in the driest possible voice that she found it hard to feel too much sympathy or concern for this problem and was confident that I could survive this level of ecstasy, and that I probably didn’t need to be rushed to the emergency room, and at such moments my love and affection for my mother’s dry humor and love became, stacked atop the original ecstasy, so intense that I almost had to stifle a scream of pleasure as I rolled ecstatically between the pillows and the books on the floor.”

David Foster Wallace, New Yorker: http://www.newyorker.com/fiction/features/2009/12/14/091214fi_fiction_wallace?currentPage=3#ixzz0ZLVRryUY

sonida: weird fishes/arpeggi, Radiohead.

en: outsiders — pin2 @ 12:07 am
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