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las lecturas que tiene esta obra son infinitas. Cuando la vi me recordó una instalación de Fernando Uhía en la Galería Santafé, llamada “Masa Crítica”, en donde reproduce con muchas grabadoras sonidos de películas de guerra. Cada grabadora tiene poco volumen pero en conjunto crean un ambiente que aturde al espectador. De la misma manera [...]

November 8, 2011

el frío de nuevo.

[edit: hace tres años también escribía sobre la escritura siguiendo a Wim Wenders]

ln the deep of the night, spring will begin today.
Other wings will grow in place of the old ones.
Wings that will at last astound me.
lt must finally become serious.
l’ve often been alone, but l”ve never lived alone.
When l was with someone l was often happy…
but at the same time it all seemed a coincidence.

 

Si me había alejado de la escritura, de la escritura que suelo practicar aquí, si me había dedicado únicamente a leer y a escribir lo necesario sobre los asuntos pertintentes de lo que cada vez toma más la forma de una carrera—o eso temo, o quisiera temer—, si cada vez que me he volcado sobre una libreta, un cuaderno o un teclado suele haber sido para organizar ideas sobre ideas, para debatirme ante posiciones y autores o apenas para consignar una conclusión o una pregunta que pretenda capturar mi enfrentamiento con un texto ajeno, práctica además cada vez más infrecuente, no ha sido porque ya no tengo nada que decir sobre mí, no ha sido tampoco porque ese otro tipo de escritura me quita el tiempo o la disposición para dedicarme a la hypomnemata, y no ha sido tampoco, sobra decirlo, por aburrimiento. Más bien ha sido  una transición, un periodo de hibernación—digamos una distancia de mí, acompañada de una gran cercanía con otros; siempre tiene que ver con la soledad—una temporalidad distinta que anticipaba y acompañaba este otro gran cambio, no sólo de domicilio, es decir, no sólo el venir a vivir a otra ciudad sino volver, cotidianamente, a habitar la música.

l’ve never been lonely, neither alone, nor with someone else.
But l would have liked to be lonely.
Loneliness means: l am whole at last.

Podría ser crítico y escribir: habitar entre músicos, pues la música estaría tan presente ahora como ausente estuvo antes, es decir, ni más ni menos. Pero es un cambio. El cambio de domicilio también indica que ahora habito otro idioma, un idioma que siempre consideré más cercano de lo que ahora lo siento (nada diferente a lo que se debe sentir cuando alguien se muda permanentemente al que fuera su lugar de vacaciones). Volver, partir: por supuesto estas palabras, los procesos que denotan, funcionan de otra manera. Ahora los habito los dos, no me atrevo a abandonar ninguno. Mis vacaciones ahora son en francés. Sueño en alemán. También he entrado en el ciclo inexorable de las estaciones, tiempo circular, cósmico. Pero, una vez más, a la deriva: anticipo más de lo que habito cada estación. El invierno, por ejemplo, no llegará hasta dentro de un mes y medio, pero yo ya me veo caminando por los andenes entre parches de nieve, exhalando vapor y maldiciendo el frío.

Cuando me senté a escribir no esperaba relatar todo el tiempo que ha pasado, quería en lugar de eso capturar algo que, después de un día lento, lleno de molestas nimiedades que amenazaban con producir una de esas espirales descendientes, ocurrió como una variación palpable, como la modulación definitiva en la consistencia no sólo de la tarde sino de mi estado de ánimo, más aún, de mi disposición anímica general, todo esto tras ver Der Himmel über Berlin y escuchar un disco más Nick Cave—para prolongar el efecto de la película, para llevar toda la modulación a un punto de consistencia nuevo—. «Me sacudí esa alegría que llevaba encima. Ya me quedaba pequeña», triné. Erguido, cocinando un plato de mole poblano, comencé a palpar ese nuevo temple anímico. ¡Con razón me he sentido fuera-de-casa últimamente, he estado demasiado alegre! Hay que ser cuidadosos al escribir esto, pues debe diferenciarse notablemente de eso que se ha venido llamando emo. En efecto, me deshice de un excedente de alegría, que me estaba llevando a tropezones por esta nueva ciudad. Siempre una sonrisa para todos, siempre un sí complaciente, siempre la mirada permanece atada a los otros un poco más de la cuenta. Esta economía, por supuesto, es insostenible: por eso los momentos de tristeza me han tomado por sorpresa. Aquella alegría excesiva resulta en un déficit, no por falta de energía o vitalidad, sino porque no todo puede ser canalizado en ese sentido. Eso siempre lo he sabido. Por eso ahora la encuentro demasiado pequeña. Por eso, al sacudírmela, me encontré más a gusto; esa es la contextura de la que hablo: no estoy más o menos triste, pero al menos espero no volver a sentir esa sonrisa torpe en mi rostro de nuevo—alegría, no felicidad.

When the child was a child
It walked with its arms swinging,
wanted the brook to be a river,
the river to be a torrent,
and this puddle to be the sea.

Comencé a ver la película de Wim Wenders pensando en la escritura. Pensaba en eso que he perdido, o de lo que me ha apartado. Pensaba, digo, en esa manera de escribir aquí que solía practicar, volcado por completo sobre la manera en la que un mundo cada vez más extenso dejaba sus marcas sobre la opacidad de mi consciencia. Escribía leyéndome, con una prosa que, al invocar al mundo, me permitía no sentir mis palabras como las de un diario. A medida que escribía con más seriedad, esa opacidad de mi consciencia debía desaparecer, ocultarse tras cuestiones más objetivas y más serias—que permitieron además la emergencia de eso que llamé alegría.

l’ve never played with anyone and yet…
l never opened my eyes and thought: Now it”s serious.
At last it”s becoming serious.
So l”ve grown older.
Was l the only one who wasn”t serious?
ls it our times that are not serious?

No era entonces una inocencia la que me permitía escribir-me, una etapa infantil que estaría abandonando y sin la cual toda mi escritura sería cada vez más seria, más profunda. Porque esa seriedad, esa profundidad, se me aparecía igual de lejana. No podría dedicar este lugar a discutir, con toda la seriedad y profundidad del caso, los problemas políticos, sociales o incluso “musicológicos” con los que empiezo a tener que medirme. Hay algo aquí que quiere seguir siendo niño, que quiere conservar su paso. ¿No es Der Himmel acaso un poco sobre los niños? ¿Sobre esas miradas curiosas y ligeras que dejan sobre los ángeles, esas miradas de las que los adultos ya no son capaces? ¿Y acaso ese ángel que carga una armadura y que pregunta los nombres de los colores no camina también batiendo los brazos?

And it’s only there that my country, the country of the tale, begins.
Why doesn”t everyone see from childhood on…
the passes, doors and crevices…
on the ground and above in the sky.
lf everyone saw them, there would be history without murder or war.

Me sacudí la alegría como quien cambia una chaqueta apretada y colorida por un abrigo como el de los ángeles, que cae amplio, largo y sobrio—mucho más pesado y ajado que el que usa Nicholas Cage en el remake—. Así encontré de nuevo la escritura, así quiero buscarla ahora, adjuntármela, no en el rechazo o en el regreso, tampoco como algo más maduro. Es una cuestión de consistencia, de corte, una manera de andar. Tiene que ver también con la soledad, y con estar completo. En todo caso tiene que ver con sentirme a gusto en la consistencia del tiempo, de la escritura, de la realidad. Seriedad, o al menos una disposición ante las palabras, la poesía, ante la música, qué es más seria y a la vez de niño. En los dos extremos, es una apropiación. Como niño, quiero creer que cada charco es el mar; pero también entiendo la eternidad en el mar; veo a Moby Dick como monstruo y como monstruosidad.

Me arriesgo al querer describir por completo lo que apenas está terminando de tomar forma. Lo escribo, como siempre, para poder volver a leerlo mucho tiempo después y poder trazar mis recorridos.

en: americana,escritura,palabras,soultripping — pin2 @ 1:28 am
June 25, 2011

Music and hypnosis

Mesmerism – R is learning it from a brochure, to cure me.
@CosimaWagner

 

«… In this connection we find great interest in an article in the Medical News, July 28, 1894, by Dr. Alfred Warthin, of Ann Arbor, Mich., in which he describes the effects of music upon hypnotic subjects. While in Vienna he took occasion to observe closely the enthusiastic musical devotees as they sat in the audience at the performance of one of Wagner’s operas. He believed they were in a condition of self-induced hypnotism, in which their subjective faculties were so exalted as to supersede their objective perceptions. Music was no longer to them a succession of pleasing sounds, but the embodiment of a drama in which they became so wrapped up that they forgot all about the mechanical and external features of the music and lived completely in a fairy world of dream.

This observation suggested to him an interesting series of experiments. His first subject was easily hypnotized, and of an emotional nature. Wagner’s “Ride of Walkure” was played from the piano score. The pulse of the subject became more rapid and at first of higher tension, increasing from a normal rate of 60 beats a minute to 120. Then, as the music progressed, the tension diminished. The respiration increased from 18 to 30 per minute. Great excitement in the subject was evident. His whole body was thrown into motion, his legs were drawn up, his arms tossed into the air, and a profuse sweat appeared. When the subject had been awakened, he said that he did not remember the music as music, but had an impression of intense, excitement, brought on by “riding furiously through the air.” The state of mind brought up before him in the most realistic and vivid manner possible the picture of the ride of Tam O’Shanter, which he had seen years before. The picture soon became real to him, and he found himself taking part in a wild chase, not as witch, devil, or Tam even; but in some way his consciousness was spread through every part of the scene, being of it, and yet playing the part of spectator, as is often the case in dreams.

Dr. Warthin tried the same experiment again, this time on a young man who was not so emotional, and was hypnotized with much more difficulty. This subject did not pass into such a deep state of hypnotism, but the result was practically the same. The pulse rate rose from 70 to 120. The sensation remembered was that of riding furiously through the air.

The experiment was repeated on other subjects, in all cases with the same result. Only one knew that the music was the “Ride of Walkure.” “To him it always expressed the pictured wild ride of the daughters of Wotan, the subject taking part in the ride.” It was noticeable in each case that the same music played to them in the waking state produced no special impression. Here is incontestable evidence that in the hypnotic state the perception of the special senses is enormously heightened.

A slow movement was tried (the Valhalla motif). At first it seemed to produce the opposite effect, for the pulse was lowered. Later it rose to a rate double the normal, and the tension was diminished. The impression described by the subject afterward was a feeling of “lofty grandeur and calmness.” A mountain climbing experience of years before was recalled, and the subject seemed to contemplate a landscape of “lofty grandeur.” A different sort of music was played (the intense and ghastly scene in which Brunhilde appears to summon Sigmund to Valhalla). Immediately a marked change took place in the pulse. It became slow and irregular, and very small. The respiration decreased almost to gasping, the face grew pale, and a cold perspiration broke out.

Readers who are especially interested in this subject will find descriptions of many other interesting experiments in the same article.»

A. Alpheus, Complete Hypnotism, Mesmerism, Mind-Reading. p. 36.

June 11, 2011

Resulta que sí, mi trabajo consiste en escribir lo que pienso mientras escucho música. No se trata de poner en palabras lo que pienso de la música sino lo que pienso de la escucha. Se trata de una estética, una aisthesis, referida a lo que ocurre en mí como audiencia, se trata de pensar la música referida a su escucha. Pero también se trata de hacer de eso una poética, de insistir en la poiesis, porque al comenzar a enfatizar en la actividad de la escucha, al referir siempre la obra a sus condiciones y modos de escucha, se niega toda una comprensión de la música como autónoma, como significante en y por sí misma, y se pone al escucha como lugar de actualización de la obra, se le hace productivo. Pero este poner al escucha como productor de la obra va acompañado de una comprensión de la música en la que la indeterminabilidad del sentido, la irrepresentabilidad, el exceso, desbordan cualquier actualización parcial, desbordan por lo tanto cualquier juicio de gusto, cualquier comprensión o regulación subjetivista de la música, cualquier determinación total del sentido dada por un escucha particular. La música tiene lugar en el escucha sin que éste pueda presuponerse, sin que pueda componer o conformar la obra según su voluntad absoluta y arbitraria; para escuchar es necesario abandonarse, eliminar las determinaciones parciales para que el cuerpo pueda aparecer como lugar de producción, como chora dispuesta para la recepción y producción conjunta del evento musical.

en: escritura,escucha — pin2 @ 8:35 pm

parairavolar

June 1, 2011

Notas para una fisiología de la escucha ii.

Mientras que el tacto implica parches locales activados o creados por contacto y acercados en un fragmento ocelado, y patina en las dimensiones aplanadas de parches de forma irregular, el sonido, por otro lado, ocupa el volumen y se expande en lo global, exigiendo del escucha una dimensión más… Del tacto a la escucha, del mapa al paisaje. El laberinto eleva sus muros, cava sus túneles, dispone sus corredores. Como la caja negra, la escucha, por su propia naturaleza, es la multiplicación de las cajas. Pero antes de eso, todo el cuerpo o el organismo eleva una escultura tensa o estatua de piel, que vibra con el sonido voluminoso, abierto-cerrado como un tambor cilíndrico, atrapando lo que lo atrapa.

Escuchamos a través de nuestros pies y piel. Escuchamos a través de nuestro cráneo, abdomen y tórax. Escuchamos a través de nuestros músculos, nervios y tendones. Nuestro cuerpo-caja, bien tensado, está cubierto de la cabeza a los pies por un tímpano. Vivimos tanto en ruidos y gritos, en ondas sonoras, como en espacios, el organismo se erige, se ancla en el espacio, un amplio pliegue, un largo tejido, una caja medio llena y medio vacía que les hace eco. Zambullido, ahogado, sumergido, sacudido, perdido en infinitas repercusiones y reverberaciones que hacen sentido a través del cuerpo. A veces disonante, a menudo consonante, molesto o armonioso. Resonando en nuestro interior: una columna de aire y agua y sólidos, espacio tri-dimensional, tejido y piel, muros y parches amplios y largos, y cableado, que los recorre; amarres receptivos para las bajas frecuencias, como si nuestros cuerpos fueran la unión de oído y orquesta, transmisión y recepción. Soy el hogar y corazón del sonido, escucha y voz a la vez, caja negra y eco, martillo y yunque, cámara de eco, cassette musical, pabellón, signo de interrogación a la deriva en el espacio de mensajes significantes o insignificantes, que emergen de mi propia concha o se ahogan en las ondas sonoras, no soy nada sino espacio vacío y una nota musical, soy espacio vacío y nota combinados. La estatua móvil encuentra su balance en la barahúnda como lo hace el pez en el agua. El cuerpo recuerda su vida previa, acuática, guiándose a través de las ondas sonoras por instinto y fuerza de voluntad. La humanidad en cardumen nada en estas aguas.

La gran caja, disonante y consonante, que atrapa mensajes a través de la postura, gesto, danza, orientación y movimiento –pero a su vez atrapada por esos mensajes, que la balancean y desbalancean por turnos– ahora les da audiencia en y a través de una segunda caja, sobre una pared de la primera y conectada de su porción petrosa… En esta nueva trampa, lo duro se hace suave: sorda ante lo que está más allá de su rango, la caja está protegida; la membrana del tímpano da piel al mundo exterior, mucosa al interior, la piel más dura, la mucosa más suave, se mantienen separadas dentro de la mucosa misma por una armadura más resistente; la onda sonora producida por un choque físico se transforma en una señal química que lleva información eléctrica hacia el centro. ¿Cuál centro? ¿La caja, recibe o emite? Escuchar es vibrar, pero vibrar es emitir. Despliega la cóclea, por ejemplo, y verás un piano invertido con niveles de notas altas y bajas que la recorren de izquierda a derecha. Pero un piano produce sonido, no oye. La misma lógica nos ata: el oído requiere un oído más central para oír lo que los otros tres le transmiten, interior, medio y exterior, los cuales se oyen a su vez, por turnos. El centro de audición. ¿Cuál centro? Desplaza la partición. Partición tras partición, caja negra tras caja negra– es una proyección del receptor abstracto.

Michel Serres

Los Cinco Sentidos: Ciencia Poesia y Filosofia del Cuerpo

 

en: científico,escucha,musical(es),outsiders — pin2 @ 8:11 pm
May 22, 2011

Notas para una fisiología de la escucha

«Y me pregunto, pues: ¿qué es lo que quiere propiamente todo mi cuerpo de la música en general? Porque no hay alma… Creo que su esparcimiento: como si todas las funciones animales tuvieran que ser aceleradas mediante ritmos ligeros, atrevidos, desenvueltos y seguros de sí: como si esta vida férrea y plomiza tuviese que perder su pesadez por medio de melodías doradas y suaves como el aceite. Mi melancolía quiere reposar en los escondrijos y abismos de la perfección: para ello necesito la música.»

F. Nietzsche, Nietzsche contra Wagner

en: escucha,musical(es),outsiders — pin2 @ 1:53 pm
May 10, 2011

en respuesta a rain, que mueve (a) la escritura [o del rapto]

rain pregunta por mi escritura. Cuándo volverá. Tendría que responder que algo ha pasado. La relación con mi soledad, cómo decirlo, ya no es la misma. Ya no habla, o ya no piensa. O tal vez sólo no se deja decir. Una relación que ya no habla. Mi soledad no cambia, o nunca ha cesado de cambiar, por lo tanto no tiene nada que ver con aquello que ha pasado o que ha dejado de pasar. Lo que haya pasado, lo que haya sido, al lado o antes o después de la escritura, tiene y no tiene que ver con la soledad. Porque la escritura algo tiene que ver con la soledad. También el silencio, y también una cierta confianza en el significado. O en la magia o el performativo. O lo que sea que nos atrae a las palabras. Aunque tal vez siempre fue ya desconfianza. En todo caso, en todos los casos, era algo que unía la soledad y las palabras, en una relación. Esa relación ha cambiado, ya no se deja decir, no como antes. Puede ser que espere algo, puede ser que ya no hay nada qué esperar. Puede ser también que haya reconocido la ingenuidad de la idea de conocerse a sí mismo a través de la escritura, puede ser que he pasado a cierta profesionalización, cierto nuevo campo en el que para conocerse a sí mismo hay que pasar por conocer el universo en sistemas completos, ontologías necesarias y legítimas, saberse parte del orden de las razones, del sistema de causas y efectos, de los juegos de lenguaje, verdad y poder, saberse una partícula, un efecto de fuerzas, en todo caso saberse insignificante, tener el sí mismo por insignificante frente al infinito de lo sensible y comprender así que el conocimiento de sí depende del conocimiento del mundo. Puede ser que ahora, en lugar de textos deformes y divagantes, encuentre el sentido de las palabras en conjuntos de 140 caracteres (o menos) (o más) en todo caso en pequeños dardos que no hacen daño pero envían el pensamiento, esos pensamientos, esas dificultades, esas intranquilidades que suelen mover a la escritura, que empujan la escritura. Tal vez ahora leo más. La escritura y la lectura, paradoja a priori, se presuponen, se excluyen, se limitan, se canibalizan. [No sorpresivamente dejé esto a medio escribir. Aquí trato de continuar esta idea y seguir, porque he seguido; es inusual, este no es en realidad un espacio de retomar ideas sino de abandonarlas. No habría que sorprenderse (de nuevo) ante un cambio de estilo, de idea, de discontinuidad, aún cuando han sido sólo dos semanas, no, casi un mes, desde que lo dejé incompleto. No ha cambiado, sin embargo, el problema: aún no escribo.] Tendría que preguntar –alguien podría decir, como método– qué me hacía escribir antes. Podría responder que nada, o que todo, podría hablar del placer, de la necesidad, de esa conciencia de la educación, tomar mi existencia en mis propias manos, en la escritura, reproducir esa idea vaga que hace cuatro o cinco años estaría contemplando en este espacio acerca de la maleabilidad de las palabras, esa misma época en la que lidiaba con la música, con –seguro es posible encontrar rastros– alguna incomodidad que tendría con la distancia que crecía entre ella y yo. Intento vano y vago este: no sé por qué escribía, ni por qué intento recuperarlo ahora; nada en mis acciones puede dar razón de sus causas. Podría retomar esa idea que me hizo retomar hoy este texto, esa nostalgia que depronto vi surgir esta tarde, ante la adolescencia, (por eso intentaba explicar por qué escribía antes, pero sólo ahora encuentro la conexión), ante esa relación tan adolescente, tan inmadura, que –quiero hablar de esto en plural, tal vez para no sentirme demasiado solo– teníamos en la adolescencia con ciertas canciones, con ciertos discos, con sus cajas brillantes, con los audífonos que nos hacían mayores que el mundo, con los afiches y los nombres escritos en los pupitres del colegio. Rapto, infatuación adolescente, que nunca fue mayor ni más gratificante. Que, todo indica, no volverá a ser así. Ahora, estudiantes profesionales, nos tomamos la música en serio, nos tomamos la escritura en serio. Nadie quisiera enfrentarse, desde los lugares en los que nos habitamos hoy, a esos comportamientos adolescentes, inmaduros, que hoy llamaríamos simplemente emo. Hoy entonces intentaba pensar en una forma de hablar de la música, de hablar de su seducción, del placer, del rapto, de la infatuación, de los verdaderos valores de la música, y encontré ese en deseo una inquietante nostalgia. ¿Acaso la gran revolución en la ciencia consiste en retornar a esas figuras adolescentes? Holden Caulfield como personaje conceptual, recorriendo NY con un vinilo en la mano para regalárselo a su hermana. Nadie podrá negar que hay una cierta transvaloración en todo eso. Quizá ese malestar, ese asomo de burla, corresponda en efecto a una represión en curso. Producida por el filósofo que soy. El filósofo en que me he convertido. El filósofo que la filosofía ha hecho de mí. A costa de mi escritura, de la música, de mi adolescencia. Escribo, ahora al menos, para denunciar mi desacuerdo, mi inconformidad con mi propia represión. Para afirmar mi neurosis. Podría salir a las calles a luchar por mi derecho al placer. Que yo mismo me he negado. (Bello, Irigaray habla conmigo/por mí en mi escribir con/como ella; ¿alguien puede escucharla/me?). Y es que, ¿qué placer defiendo ahora como mío, más que rascarme la barba? Persigo raptos musicales con más insistencia con la que persigo a mujeres, pero mientras ahora sólo tengo palabras guarras para ellas, no hay más que cursilerías cuando trato de escribir sobre aquéllos. O lenguaje científico. Deleuziano, cuanto más. Lo que ha hecho la filosofía de mí, un neurótico, apático, asocial, cuyo placer mayor consiste en delinear cada ramificación de sus procesos secundarios como en un libro de colorear. Y pensar que hasta ahora conocí las drogas. Sigo esperando la gran revelación. No que la busque con insistencia. Algunos raptos musicales, Tristán e Isolda, Blind, de Hércules and Love Affaire & Anthony, Visiting Friends, Do You Believe in Rapture? He olvidado, abandonado, esa escritura. Esa que había en The Kiln, esa que me acompañó durante esos días. Esa escritura entró conmigo a la filosofía; ninguno salió. No alcanzo a entender claramente el registro, ni hablar de la tonalidad, de esa nostalgia. En todo caso es el tipo de nostalgia que hace que expresiones como yo es otro sean tan superfluas. ¿En dónde encontraré esa gran teoría que me muestra cómo la nostalgia regresa otra, de un otro que estaba descubriendo entonces, para hacerme devenir otro hoy? (Aquí habría que hacer un gesto, abrir los ojos, levantar la voz hasta un cierto registro, como ella): ¡Y lo que viene qué, esto no es nada! Vaya si viene un gran viaje. Vaya si lo que soy se aproxima a su final, tan rápido como pasan los días, más rápido en tanto más lo anticipo. (Se aproxima la represión, ay, mis procesos secundarios). ¿Qué puedo decir de lo que sé de mí hoy, a manera de registro? Camino las calles de esta ciudad como si fueran la última y la primera vez. Persigo esas conversaciones como si cada momento en el que no las tengo significara palabras para siempre perdidas. Respuestas a la vida. ¿De cuándo acá soy un filósofo? No puedo pensar de otra manera, no tengo ya otras estrategias retóricas, intelectuales, productivas, más que las filosóficas. Escribo ahora, como siempre, para mirarme desde afuera, y para producir algún pensamiento, no, para producir las condiciones en las que un pensamiento llegue, de ninguna parte, y me posea. Mi deseso es ser poseído, por la música, por las mujeres, por las ideas, por la escritura. Deseo, por supuesto, en el que soy objeto de mi deseo, en el que una entidad cuya posibilidad de ser deseante todavía no es clara. ¿Qué tipo de devenir es éste? ¿Qué deseo de mi deseo en este deseo del rapto? ¿Deseo poder hacer que mi deseo devenga el deseo de algo indeseante y hacerme su objeto de deseo? ¿Reconducir mi deseo de nuevo hacia mí a través de esas in-entidades no-deseantes? ¿Se llama eso narcisismo? Do I believe in rapture?

[Completo esto con un draft abandonado, que va de lo mismo. Ponerlo como apéndice es la única forma de salvarlo].

de vuelta a la escritura. Tratar de pensar un problema, cuando el problema es tratar de pensar. ¿Qué pasa con estos juegos de palabras? Sólo aparecen, sólo ocurren y te sientes feliz al encontrarlos, un hallazgo. De alguna manera muestran el problema, el poder del aforismo, pero permanecen en peligro, se vuelven lugares comunes tan pronto que el problema de nuevo escapa, ese brillo que te atrajo te conduce a un pantano de ideas estancadas, otro diría estratificadas, y te undes sin remedio. Quicksand. ¡Cuidado con las palabras! ¡Persigue las palabras! ¡No escribas eso!

En realidad, sólo puedes escribir eso porque estás poniendo palabras, porque las traes desde el mundo real y apenas las dejas pasar por la escritura, para soltarlas de nuevo. Creas lugares comunes. Claro, encontrarás un problema como este cada vez que intentes articular un sonido, cada vez que dos letras juntas parezcan decirte algo sobre el mundo. ¿Dónde están las palabras? Algo traicionas dentro de ti cuando afirmas que entre las palabras y las cosas hay una diferencia ontológica. Culpa a Platón o a Descartes, todo es lo mismo. Perseguirás las palabras, perseguirás las cosas; algún sacrificio, algún gambito será necesario para que puedas dar un paso adelante. O traicionas la inmanencia, o traicionas las palabras. Otra traición: siempre vuelves a la filosofía, nunca has sido poeta. ¿A quién pertenece esa tarea? Acumulación de problemas, sedimentación del pensamiento: buscas ese afuera donde sólo hay lenguaje, donde sólo permanece el pensamiento. Pero sigue siendo idealista, dos mil años de pensamiento neoplatónico te persiguen, ¿qué puedes hacer tu frente al problema eterno del mundo? Busca las palabras. Quizás te traicionas, pero llegas a tales platonismos por otro camino. No estaría mal un esfuerzo para rastrear el recorrido una vez más, dejarlo escrito, alguna vez.

La relación entre palabras y cosas no es la de nombre-que-corresponde-a-un-objeto, pero tampoco es la de eternidad-devenir. No preguntas por un origen ontológico, no importa cuál va primero. Como un mundo de objetos por el que se pasea Adán desnudo, nombrando a voluntad. El nombre apropiado para cada cosa, el primer nombre, el origen del tiempo. No sería siquiera poeta este Adán, ebrio de creatividad. Nombraría, tal vez, pero al nombrar desde el mundo estaría aún dentro de sus propios comportamientos. El mundo sin nombres, ante Adán, no se vería como el nuestro. Ninguna proposición permitiría separar la vela de la mesa sobre la que reposa, ni reunir la parte clara con la parte oscura que no recibe luz. Quizás un lenguaje como el de Funes, cada minuto nombrado, cada aspecto de cada objeto diferenciado. La permanencia, para Adán, no es de los objetos o de sus nombres sino del tiempo, la percepción pura del devenir. Pero Adán inventa nombres para huir de ese devenir, y deviene platónico. ¿Por qué habría que huir de todo esto?

Pero ahora, ¿cómo evitar que esa fábula adánico-platónica se imponga sobre tu reflexión? Por improbable, primero, y por infructuosa también. Simplemente no alcanza a dar cuenta de tus problemas. Y con Borges, quedó bien explorada como posibilidad literaria.

 

Se trata tal vez de un escape: no hay palabras para esta cosa. No hay una cosa que sea esta palabra, sin ser su representación. De lo concreto a la literalidad, de lo abstracto a lo imposible. Es la total alteridad.

 

sonida: Raise Me Up, Hercules and Love Affaire

November 28, 2010

November 24, 2010

October 27, 2010

XI.11 La actividad de la música

«Podríamos decir, y sería algo más que un juego de palabras, que la escucha musical tradicional era la escucha de lo sonoro de los objetos musicales estereotipados, mientras que la escucha música (del músico) sería la escucha musical de nuevos objetos sonoros propuestos para el empleo musical.

Es un nuevo objeto de actividad, no ya una intención, sino una invención con el sesgo de la escucha reducida, aplicada al objeto sonoro. Lo único que el homo faber puede hacer por nosotros es ofrecernos objetos no demasiado exorbitantes que se presten a ese difícil ejercicio y que sean a la vez lo suficientemente chocantes y limpios como para despertar este nuevo oído. Estos objetos convenientes representarán una actividad doblemente creadora. Con la invención música heredada de las formas de hacer ancestrales nos las ingeniaremos para crear objetos sonoros que se presten a una renovación musical. Y una vez obtenidos, nos las arreglaremos también con una escucha musical descontextualizada para escucharlos como portadores de elementos inteligibles en nuevos sistemas por descifrar.

Se trata, pues, de una actividad original cuyas estructuras de percepción se elaboran poco a poco a medida de las circunstancias y el entrenamiento. Las intenciones de als que hablamos tienen que ver con la invención música (del músico) y musical. Son estructuras de acción: preparación de las fuentes para crear objetos y preparación de los vínculos para crear estructuras. Se trata de todo el trabajo contra cultura y contra natura que, viniendo de las profundidades, volveremos a encontrar invirtiendo el sentido tradicional de lo sonoro a lo musical, y ya no de lo musical a lo sonoro.»

Pierre Schaeffer, Tratado de los objetos musicales

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