el mio es del 91, los letreros son en francés y habla español. –eres mi colega, dice.
Una vez más, la escritura que desplaza la escritura. El gesto peligroso, temido, de comenzar a escribir, con la certeza de que eso que está siendo empujado hasta el fondo puede aparecer entre las líneas y transformar el texto. No hay inocencia, no hay una escritura simple y desinteresada cuando sabes que eso sigue ahí atrás, esperando. Ese es el secreto de la escritura, un desplazamiento, una deferencia que trae de nuevo eso que quería esconder. Selfwatcherfromtheoutside, vigía, crítico, destructor, aquí no te escapas de nadie, eres tú mismo quien escribe, quien lee y quien descubre. ¿Acaso tienes tanto que esconder? ¿Acaso no hay nada que puedas decir de frente?
Copio esto bajo el encanto del lector que por fin lee algo que ha querido escribir siempre.
Ese humilde monosílabo let [supongamos que] que precede a las conjeturas y demostraciones en la matemática pura, en la lógica formal, representa la licencia arbitraria y la ilimitación del pensamiento, del pensamiento que manipula los símbolos como el lenguaje manipula las palabras y la sintaxis.
Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento.
George Steiner
Get weak all the time, may just pass the time,
Me in my own world, yeah you there beside,
The gaps are enormous, we stare from each side,
We were strangers for way too long.
Hoy perdí 20 minutos. Por ahí. Eso no solía ocurrir. He olvidado cómo detenerme, he olvidado cómo pensar y cómo escribir. No puedo olvidar que siempre lo recordaba, pero no puedo recordarlo ahora. Ahora busco universales, razones suficientes y formas lógicas; determino el mundo desde mi centro. Había palabras que, de inmediato, se encadenaban y me llevaban a lugares más lejanos de lo que había imaginado. Al regresar, aún conservaba su sabor en la boca, recordaba. Sabía escribir, sabía dejarme llevar por una idea. ¡Vaya! si hasta tenía ideas sobre las ideas y sabía separarlas de mis propias ideas, que por básicas y sencillas quedaban de lado durante la escritura. He olvidado esa práctica, esa dedicación funcional del organismo para desgajarme sobre el teclado, descomponerme en cientos de partículas que se recomponían en la escritura (mi espacio de composibilidad). Ha sido un olvido activo, no decidido pero sé que ha ocurrido como efecto de otras prácticas, de la búsqueda de espacios diferentes, de conversaciones extendidas, de gestos que me han sido arrancados. Posibilidades suplantadas por posibilidades diferentes que no me llevan a otros lugares, que me han engañado. No por eso me he detenido. No por eso perdido el camino correcto, puesto que nunca lo conocí. No podría decir que lo encontraré, pero tampoco que no existe. No podría cambiar nada de lo que tengo por algo mejor, pero lo haría dada la oportunidad. Tampoco es seguro que pudiera reconocer esa oportunidad. No conozco tampoco el arrepentimiento sincero, no podría ignorar lo que tengo, ni podría preferirlo a lo que he perdido –puesto que he olvidado lo que tenía–. En cualquier caso, no soy tan diferente ahora. Estoy tan perdido como antes, quizás con ratas diferentes de producción/consumo, quizás ahora me atraviesan palabras a las que les tengo menos aprecio que antes y no me dejo arrastrar tan fácilmente. Quizás estoy viejo. De pronto se ha reemplazado en mi el arrojamiento por una lentitud anterior, quizás estoy aprendiendo todo de nuevo. Me sigo observando, desde el exterior, con ojos celosos, críticos e implacables. Siempre soy mi propia víctima. Sigo atravesándome en el camino de otros –que han cambiado–, sigo olvidándome de mi por otros –eso no ha cambiado–. Sí, sigo errando, y todo lo que he escrito al respecto no me ha ayudado –ni lo hará, lo sé– a encontrar esa otra ruta, al menos mientras la pretenda única, vertical, completamente diferenciada del resto. He perdido, he olvidado, he errado, no he hecho nada más que vivir. But most of all, I did it my way.
sonida: I remember nothing, Joy Division.
que se me escapa. No es una idea, es apenas un intento mínimo de escribir, de dejar ese rastro. Es rastro de algo, de algo que ya ha ocurrido, pero cuyo contenido, más allá de esa misma ocurrencia, ya no existe. Por eso, cuando intento escribirlo, caigo en cada lugar común, recorriendo con la torpeza de un principiante las agrupaciones más básicas de ideas y palabras, prediseñadas, de uso común, y no escribo nada. Puedo, al menos, detenerme a tiempo, puedo reconocer el barrizal que he creado y suprimirlo sin vergüenza. Vuelvo a empezar. No he escrito más de tres hojas en los últimos dos meses, un hecho que sólo para no avergonzarme de mí mismo justifico creyendo que es por las fiestas. Tiempo de ocio e incapacidad mental. Recuerdo, sin embargo, que precisamente en ésta época inmóvil comenzaba a escapar del tiempo encerrándome en un cuarto de la finca a escribir en la agenda que tuviera en ese momento. Recuerdo una negra, otra café. Nunca escribí más de 10 páginas de ninguna; me escondía. Un día, al entrar al Starbucks de Union Square, comprendí que escapo de la escritura como de mí mismo, que dispongo todos los obstáculos con premeditación para prolongar ese estado de ignorancia ante mí mismo, sabiendo que, una afuera, en la escritura, todo lo que no escriba serán mentiras para mí. Esta reflexión, por ejemplo, me ha acechado desde entonces. Uf, hay algo ahí. La escritura. Vuelve. Una vez más, no puedes esquivarla. Así escribía ese día. Ahora releo esa libreta negra, –que no se llena, que me evita–, y recibo de nuevo, desde esa tarde frente a un white chocolate mokaccino, un sentimiento pesado, sereno pero irrefrenable, que comenzaba a decir adiós. No dejé fechas ese día, fue la última semana, después de la tormenta y del puente, que permanecen ahí, que marcaron el libro de Serres. Fechas inútiles. Importa más el tono, esa segunda persona que sacaste quién sabe de dónde y que en la relectura cobra una fuerza insospechada, un peso terrible que se aprovecha de conocer esos lugares íntimos, toda una disposición que escapa de la escritura, que se constituye en ese escape, que fracasa, apresado, vacío, convertido en una trampa que explotará después. No releo con cuidado cuando escribo porque siempre creo que esta relectura posterior, tres o cuatro meses después, es más significativa [update: acabo de releer esta frase y encontré un error justo aquí. ¿qué puedo decir?]. En especial en esta clase de textos inútiles de autodescubrimiento. No puedo decir lo mismo que Anaïs, no me ha poseído suficiente la escritura como para vivir en virtud del diario. (No he sido tan sabio, quiero decir, de admitirlo; nunca un enfrentamiento tan directo).
Esto no es una idea nueva, pero ciertas reglas de ortografía y gramática me obligan a insertar un salto. La frase anterior me hizo detener –aunque la escritura no alcanza a trazar esos hiatos apropiadamente–, y ahora lucho por terminar esta entrada para que sea digna de publicarse. O no. Nunca ha habido criterios editoriales aquí, sólo exploraciones. Que todavía siga escribiendo –y evitando escribir–, significa que todo ha sido provechoso y al mismo tiempo infructuoso. Ya hice el primer cambio.
sonida: Seymour Stein, Belle & Sebastian
Comenzar es apenas demorarse más en terminar. No estoy más cerca, pero es un nuevo lugar.
Pronto más actualizaciones.
sonida: [sonó] alguno de los conciertos de Brandemburgo y tal vez la misa en F, Johann Sebastian Bach.
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“Sometimes the experience of the voices was ecstatic, sometimes so much so that it was almost too intense for me—as when you first bite into an apple or a confection that tastes so delicious and causes such a flood of oral juices that there is a moment of intense pain in your mouth and glands—particularly in the late afternoons of spring and summer, when the sunlight on sunny days achieved moments of immanence and became the color of beaten gold and was itself (the light, as if it were taste) so delicious that it was almost too much to stand, and I would lie on the pile of large pillows in our living room and roll back and forth in an agony of delight and tell my mother, who always read on the couch, that I felt so good and full and ecstatic that I could hardly bear it, and I remember her pursing her lips, trying not to laugh, and saying in the driest possible voice that she found it hard to feel too much sympathy or concern for this problem and was confident that I could survive this level of ecstasy, and that I probably didn’t need to be rushed to the emergency room, and at such moments my love and affection for my mother’s dry humor and love became, stacked atop the original ecstasy, so intense that I almost had to stifle a scream of pleasure as I rolled ecstatically between the pillows and the books on the floor.”
David Foster Wallace, New Yorker: http://www.newyorker.com/fiction/features/2009/12/14/091214fi_fiction_wallace?currentPage=3#ixzz0ZLVRryUY
sonida: weird fishes/arpeggi, Radiohead.
Corto, lento. No tan cercano. Inmenso. Lentamente, es decir, de tanto en tanto. Tres luces en fila, una superior definiendo la fachada del edificio, las inferiores ocultando más de lo que muestran. El cielo, nunca del mismo color, perfilando lo que falta del edificio. La ventana –quizás un laboratorio– que permanece con la luz encendida, incluso ahora, a la 1:07 a.m. Vive más que yo; cuando yo me vaya, seguirá ahí.
***
Siempre me ha costado comprender el papel que tienen los demás en mi vida, en mi pensamiento; los demás inmediatos, cercanos. Yo vivo, como alguien decía hoy del arte, de la decepción. Expectativas, planes perfectamente detallados que incluyen movimientos, focos de luz y una banda sonora que se comporta como alguien más, determinan a la perfección el recorrido de mis decepciones, acciones ligeras a mi alrededor que se empeñan en caer desordenadas por fuera de los límites que había previsto, con tal sevicia que imagino algún objetivo más importante que el de desilusionarme.
***
Y voy a tener que escribir un par de cosas más sólo para borrar el olor de lo anterior. ¿Qué, ahora? ¿Quizás escribir algo sobre cómo he dejado de comprender la música como algo que descansa en el tiempo para sentirla como una ocupación del espacio? –y sorprenderme por haber podido formular esto, finalmente–. Podría intentar perseguir esta idea por unas cuantas líneas. Giro espacial musical. (El minimalismo, por supuesto, está en casa aquí). Es prolífico, no hace muchas distinciones entre estilos, entre subjetividad y objetividad, percepción y posición. Incluso elimina la diferencia entre música grabada y música en vivo. La música ocupa el espacio, y depende del espacio, las vibraciones recorren los rincones y las reverberaciones, cada vez diferentes, realizan la música cada vez que se ejecuta una pieza. Armónicos, simpatía, distensión. También entendemos el espacio con sonidos –argumento deleuziano, también, o primero, ocurre en los animales–, y nos comportamos en el espacio según el sonido que lo sature. Bartók, densidades de saturación, ocupaciones. Y es que el tiempo es demasiado efímero, –muy metafísico– para soportar la música y soportar además una filosofía sobre la música. Ni siquiera soporta su propia filosofía. Vertical-horizontal, ascender-descender, el lenguaje descriptivo que usa el análisis tradicional está compuesto primero por metáforas hechas a la ligera, pero que responden a esa intuición inicial. Por supuesto, no son precisas: se refieren a la representación de los sonidos en el pentagrama, y el segundo par implica una idea de avance temporal. Representar, antes de oir. Un acorde no es vertical más que para quien lo deletrea, pero para todos los demás es –depende de cómo se toque–, una saturación uniforme del espacio, el sonido que se extiende uniforme en todas las direcciones, sin dejar agujeros. Una melodía, esta vez más cercano a su representación, es un movimiento dirigido. Las variaciones de ‘altura’ (y será necesario escribir esto en comillas para indicar que no corresponde a una referencia al espacio real sino al de su representación) hablan más de la densidad de ese movimiento que de su altura efectiva en el espacio. Así sería posible continuar describiendo cada comportamiento de la música y clasificar su espacialidad. Pero retornar al mapa será volver a introducir la representación. El mapa no equivale al territorio, la partitura no equivale a la ocupación que el sonido hace del espacio. Habría que inventar un metodo para medir la densidad del sonido en cada momento particular, calcular sus grados de libertad, especificar sus comportamientos. Por ahora esto es una intuición, y es mejor seguir escuchando.
sonida: Finale, Concierto para orquesta, Bela Bartók.
para que algo se detenga, tiene que existir un pasado, que resulte otro ahora. Para que yo pueda volver a escribir tengo que olvidar que me había olvidado de hacerlo. Tengo que pensar que no es lo mismo escribir que escribir. Tengo que dejarlo de lado, y escribir. No es cuestión de arrepentirse, la culpa es para los cristianos, sólo tengo que abrir una ventana nueva y tipear. Mi pantalón tiene manchas de aceite del pavo de hace una semana, aunque ya lo metí a la lavadora. El café está frío. Leo a DeLanda como si fuera un amigo, luego como si yo fuera otro y pudiera entenderlo, y luego me alegro de no creer en Deleuze, aunque no pueda pensar de otra forma. Tiendo mi cama, porque nadie me va a enseñar de qué se trata el drama, pero siempre lo he hecho. Y hoy es sábado y me despierto y leo en la cama los diarios de Anaïs Nin y luego hago lo que hay que hacer después de leerla y luego me siento a escribir, como si fuera normal, como si fuera lo de siempre. Como si mi cabeza estuviera despejada y todos los desórdenes de los que soy consciente a diario pudieran quedar de lado. Tengo hambre, pero eso también lo puedo solucionar esta mañana de sábado. Leer, como siempre lo he hecho, pero como si fuera nuevo. Poner cada disco, limpiarlo como si fuera la primera vez, oir cada nota y de repente hay que darle la vuelta y no me di cuenta cuándo pasó todo. Mi temporalidad se reduce a lapsos de tres minutos o menos, imposible concentrarme durante espacios más prolongados. Esos tres minutos duran, los habito y puedo discernir cada variación que hay en su interior. Cuando miro el reloj, no ha ocurrido nada. Como para el Perseguidor, no puedo creer que todo eso quepa sólo en tres minutos, de una estación a otra, de mirar el reloj a volverlo a mirar y ya he pasado cuatro páginas. Pero, tras dos horas, sólo he leído ocho. Porque no soy un místico, ni un sabio. Voy a tientas en el tiempo, dando tumbos y tropezando contra mis propias paredes. Tengo un reloj binario que utilizo para olvidarme de la idea de que el tiempo es un número o una manecilla que gira sobre un plano de una geometría que no comprendo. El reloj binario funciona con luces cuya combinación entre encendidas y apagadas expresan un instante que es particular. Tiempo discreto, de luces verdes. Quien me oyera tan deleuziano. He vuelto a escribir, y no he escrito nada todavía. Sólo es cuestión de abrir una nueva ventana.
sonida: Porcelina of the vast oceans, Smashing Pumpkins.